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NBAE/Getty Images

Pregunten a cualquier fanático de la NBA y le dirán. Seguro recuerdan el momento exacto cuando se enteraron de la trágica noticia. Cuando el 7 de junio de 1993, un brumoso día de verano, nos llegó la noticia de que Drazen Petrovic había muerto a los 28 años en un accidente automovilístico en la Autobahn en Alemania, nos quedamos tristes, sin palabras, preguntándonos una y otra vez por qué.

El legado que Petrovic nos dejó es inmenso. No sólo fue uno de los mejores y más completos jugadores de básquet sino que también uno de los tiradores más sobresalientes de la NBA, aún con sólo cuatro temporadas y 290 partidos en la liga. Y a todo eso hay que sumarle su calidad de pionero en la NBA. Si bien otros jugadores internacionales durante los años 80 y 90, tales como Hakeem Olajuwon, Detlef Schrempf y Rik Smits disfrutaron todos de distintos niveles de éxito en la NBA, sus respectivos juegos fueron perfeccionados previamente en universidades de EE.UU. Petrovic fue el primer jugador internacional que llegó directamente del extranjero y logró un impacto considerable en la NBA; jugadores de todo el mundo lo consideran un ejemplo a seguir.

Su grandeza no sorprende a quienes ya le habían visto jugar en Croacia, su país de origen, cuando en una ocasión anotó 114 puntos en un partido donde convirtió 40 de 60 tiros o cuando lideró al equipo olímpico de Yugoslavia en su conquista de la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de 1988.

“Drazaen fue uno de los mejores jugadores de la historia”, comentó Rasho Nesterovic, nacido en Eslovenia y miembro de los San Antonio Spurs. “En nuestro país, el 90 por ciento de los niños quería ser como él. Su trabajo y dedicación inspiró a muchísimos niños.”

Petrovic promedió 37,7 puntos en cuatro temporadas con el Cibona Zagreb y fue distinguido como el Jugador del Año en Croacia cuatro veces, además de consagrarse como el Jugador más Valioso en los campeonatos europeos de 1989. Fue seleccionado por los Portland Trail Blazers en la tercera ronda del Draft de la NBA de 1986 (60mo en la selección general) e ingresó en la NBA para la temporada 1989-1990.

Cuando se incorporó a los Trail Blazers, campeones de la Conferencia Oeste en 1989 y que contaban con el eterno base miembro del Equipo de las Estrellas Clyde Drexler, Petrovic tuvo que adaptarse a su nueva función con un promedio de sólo 12,5 minutos en cancha y 7,6 puntos por partido.

NBAE/Getty Images

Las dificultades y ajustes dentro y fuera de la cancha en sus intentos de triunfar en un país nuevo las compartió con otro jugador internacional de gran perfil que fuera seleccionado por Los Angeles Lakers en el puesto 26 de la ronda general en el Draft de 1989.

“Llegamos a la NBA el mismo año y hablábamos por teléfono casi todos los días, tratando de alentarnos mutuamente y tratando de sobrevivir”, comentó Vlade Divac. “Fue duro para él. Sabía que podía jugar, pero no tuvo la oportunidad de demostrar lo que podía hacer.”

Dejando de lado las estadísticas, la dedicación que evidenciaba Petrovic en las prácticas le valió el respeto de sus entrenadores y compañeros de equipo. Cuando los Blazers acordaron la transferencia del base de 1,96 m a los New Jersey Nets en enero de 1991, Drexler predijo grandes cosas para el nativo de Croacia.

“Les repito, en dos años, este chico va a estar en el equipo de las Estrellas del Este,” declaró Drexler. “Se los aseguro. Nunca antes había visto a alguien tirar como él lo hace, o trabajar tan duro.”

Drexler tenía razón. Si bien Petrovic finalmente no fue tenido en cuenta para tales honores, aceptó con gusto este nuevo comienzo con los Nets y estaba decidido a demostrar al público de Estados Unidos lo que sus seguidores en su país natal estaban extrañando. Su manera obsesiva de practicar se incrementó aún más y su objetivo de fortalecerse se tradujo en 9 kilos de músculos adicionales.

Los beneficios no tardaron en aparecer. En la primera temporada completa con los Nets, el promedio de Petrovic se disparó a 20,6 puntos por partido con un porcentaje de tiro de 50,8 en casi 37 minutos por juego. Y ya nunca abandonó su protagonismo. En la cancha el miedo no existía para Petrovic, pues enfrentaba a sus oponentes sin importar si su apellido era Jordan o Miller. La palabra intimidación no existía en su vocabulario, ni en inglés ni en croata.

“Drazen tuvo que esperar para triunfar, pero lo logró,” comentó el también Croata Dina Radja, quien jugara cuatro temporadas con los Boston Celtics a mediados de los años 90. “Estuvo dos años en el banco de suplentes de los Portland, pero luego vino a New Jersey y se transformó en una estrella."

El éxito no hizo más que despertar el apetito de Petrovic, sentando las bases para su mejor temporada en la NBA, cuando promedió 22,3 puntos con un 51,8 por ciento de eficacia en sus tiros, incluyendo un 44,9 desde la línea de tres puntos, donde se destacaron sus habituales tiros en arco desde bien afuera de la línea de tres puntos.

Petrovic había triunfado. Si bien tendría que haber formado parte del Equipo de las Estrellas de esa temporada, la prensa no dejó pasar sus logros y votó para incluirlo en el Tercer Equipo de Estrellas de la NBA. Justo cuando su carrera en la NBA comenzaba a tomar vuelo, llegó la tragedia. Transcurridas menos de dos semanas luego de ser reconocido como uno de los 15 mejores jugadores en la NBA, Petrovic falleció.

“En ese momento todos nosotros sentimos una muy honda tristeza, los jugadores del seleccionado nacional [de Croacia] nos considerábamos como parte de una familia,” declaró Toni Kukoc, veterano de la NBA, nacido en Split, Croacia, y quien jugara junto a Petrovic en los Juegos Olímpicos del 88 y del 92 cuando obtuvieran la medalla de plata para Yugoslavia. “Compartimos juntos muchos veranos, siempre tenemos el Campeonato Europeo, o el Campeonato Mundial, o los Juegos Olímpicos. Pasábamos así juntos tres o cuatro meses, día tras día. Para nosotros era como una familia. Es por eso que cuando se pierde a alguien como Drazen, resulta todo muy difícil.”

Si bien su vida y su carrera finalizaron prematuramente, su impacto y su lugar en la historia del básquet continuarán vivos para las próximas generaciones. No sólo oficialmente en el Salón de la Fama del Básquet, donde fuera consagrado en el 2002, sino también en los corazones y en el recuerdo de quienes tuvieron la suerte de verlo jugar.