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| Andrés Nocioni de los Chicago Bulls Mitchell Layton/NBAE/Getty Images |
Encima, al ver el pobre nivel de las estrellas estadounidenses en Mundiales y Juegos Olímpicos y al notar el éxito de Manu, creyó que la mejor liga del mundo no era nada del otro mundo. Más aún si tenemos en cuenta que Andrés, un hombre de mucha convicción y fe en su juego, venía de ser el mejor jugador de la Liga ACB, la mejor fuera de la NBA. "Yo me conozco, sé qué puedo dar. Voy a conseguir minutos, espero adaptarme lo antes posible", comentaba pocos días antes de su debut.
Pero Chapu no esperaba que la adaptación fuera tan complicada. Y más cuando todo empezó de maravillas. El santafesino impresionó a todos con su estilo físico y agresivo, de nunca darse por vencido. Tomó la pretemporada como si fuera por los puntos y la rompió. El envión le duró hasta mitad de noviembre. Pero luego, cuando el resto se puso en forma, llegaron los problemas. Sus porcentajes bajaron mucho, llegaron las pérdidas y los foules se multiplicaron --muchos por el derecho de piso que tiene que pagar todo rookie ante los árbitros--. Su garra estaba ahí, pero sus decisiones comenzaban a ser cuestionadas. Quería hacer demasiado, forzaba tiros y cometía errores en un equipo que no se encontraba como tal y dejaba expuestas sus limitaciones.
Perdió la titularidad, cayó su confianza y, cada vez que entraba, lo hacía acelerado y esa ansiedad por demostrar lo perjudicaba tanto como al equipo. Estaba frustrado, mal por su bajo nivel y confundido por las decisiones del técnico --contra San Antonio, por caso, jugó sólo 12 minutos pese a que venía de 16 puntos y nueve rebotes ante Washington--. Encima estaba muy solo (su esposa e hijo recién nacido todavía no podían viajar a Chicago) y el equipo perdía casi todas las noches. Todo mal.
Hasta que Scott Skiles habló con él. Y le hizo entender que tiene mucho que aprender, que por ahora el conjunto no necesita tanto de sus puntos, que debe concentrarse en ser un jugador de rol que aportara con 0defensa, rebotes y los intangibles que Chapu suma a partir de su entrega y carácter volcánico. También le explicó que su irregularidad era normal, que es un mal que aqueja a todos los rookies, por más que Andrés no se sintiera novato, realmente lo era porque no conocía la liga, los compañeros, los rivales, los árbitros, las reglas... Todo en realidad. Y que para su primera temporada necesitaban ayuda de obrero.
Y Chapu, que es básicamente un jugador de equipo --más allá de que a veces se apure y parezca individualista-- y un guerrero con buen corazón, lo aceptó. Se dio cuenta de que Dwyane Wade, Carmelo Anthony, LeBron James o Richard Jefferson, quienes en Atenas parecían figuras infladas, son verdaderas superestrellas de la NBA... "Uno hace un pase y aparece alguien volando y te la roba. O penetrás, dejás una bandeja y alguien de 2m20 surge y te la tapa. En España no pasa. Y uno tiene que hacer los ajustes", cuenta ahora. Ya se avivó que allá son más fuerte, rápidos y atléticos que en Europa... Chapu se desayunó de muchas cosas en estos meses y ahora sabe que sus metas más ambiciosas deberán esperar. "Pensé que iba a jugar más, tener mayor protagonismo, pero hoy me doy cuenta de que recién me estoy preparando para eso. La próxima temporada será otra cosa...", analizó con razón.
Chapu aceptó su nuevo rol y cambió el chip en su cabeza. Ya no se presiona tanto, está más relajado y mejoró dentro de un equipo que encontró su identidad (defiende más y ataque con mayor orden) y subió la confianza hasta las nubes. Andrés ya sabe que lo principal, en su caso, será la paciencia. El talento y, sobre todo, su carácter avasallante lo harán triunfar en la NBA. Pero hay que esperar. No todo es tan fácil y rápido. Menos en la mejor liga del mundo. Chapu ya tomó nota.
*Julián Mozo es especialista en la NBA, redactor del Diario Deportivo Olé de Buenos Aires (Argentina) desde 1997. Antes lo hizo en la revista Sólo Básquet.
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