Bienvenidos a la sección de Blog Squad en Español, una colección de artículos de opinión, de periodistas, artistas y especialistas en básquetbol alrededor del mundo, quienes han querido compartir sus pensamientos acerca de la NBA. Aquí podrás consultar las columnas de opinión de cada uno de nuestros invitados especiales.

Los puntos de vista expresados en Blog Squad en Español representan únicamente la visión de quienes escriben en ella. No representan la posición de la NBA.com/español, de la NBA o de alguno de los equipos de la liga.

Alex Oller
PERIODISTA INDEPENDIENTE
Trabajó en Barcelona en WWW.BASKETV.COM de 2000 a 2002 antes de partir a Estados Unidos, donde colaboró con los periódicos españoles (AVUI, LA VANGUARDIA, El PERIÓDICO DE CATALUNYA y EL MUNDO DEL SIGLO XXI) y enroló en RUMBO de San Antonio para cubrir a los Spurs hasta 2007. De vuelta a Barcelona ingresó en ADN.ES y actualmente ejerce de free-lance, preparando una ruta de siete meses por Latinoamérica para 2010.


Nada es fácil en Big Easy
Publicado por Publicado por Alex Oller. Noviembre 15 del 2009

Chris Paul
Mala señal cuando el principal argumento del jugador franquicia para mantener al técnico es de carácter personal, como fue el caso de Paul con Scott.
NBAE/Getty Images

A mi nunca me acabó de convencer Byron Scott como técnico. Y, ya puestos, tampoco me emocionaba demasiado como jugador.

En los Lakers fue pieza clave escoltando a Magic Johnson en los 80, pero la imagen que perdura en mi impresionable disco duro es la de un tirador de muñeca temblorosa en las Finales de 1991 frente a los Bulls de Michael Jordan. Y, si había algún defensor lo suficientemente atlético en el conjunto californiano como para intentar seguirle el rastro a Air, ese era el número cuatro. Pero las extremidades superiores no eran las únicas que le fallaban entonces a Scott: las piernas, y es de suponer que hasta el corazón, andaban hechas un flan.

Esa falta de coraje en corto parece que la intentó paliar luego vestido de largo en los banquillos de Nueva Jersey y, hasta el pasado jueves, Nueva Orleans. El nativo de Utah llegó a alcanzar dos Finales consecutivas con los Nets en 2002 y 2003 y apuntó destellos estratégicos en ocasiones; o por lo menos de hombre comprometido con la causa. Pero al final, en su última aventura con los inestables Hornets, Scott se hundió víctima de su propia imagen: relajado a la par que distante y algo tozudo en sus planteamientos, a la hora de la verdad no le bastaron sus intentos de acercamiento a una plantilla sin duda cualificada para dar el siguiente paso y probablemente más necesitada de estimulo estratégico que paternales palmaditas en el dorsal.

Estrepitosamente eliminados la pasada campaña en primera ronda de Playoffs con una históricamente embarazosa derrota de 58 puntos de por medio, a Chris Paul y compañía les urgía un mariscal con mapa y actitud. El carácter de su ya ex técnico siempre fue, a mi modesto entender, cuestionable; y el rumbo hace tiempo que lo perdió por las turbias marismas del Bayou.

No significa esto que Scott esté, ni mucho menos, acabado como entrenador. Muchas de sus buenas cualidades serán seguramente valoradas por otros equipos en el futuro; y es probable que aprenda de sus errores y acabe floreciendo como estratega en alguno de ellos. Dedicación y ambición no le faltan, pero muy probablemente le falle el discurso. Un problema subsanable, desde luego… al contrario de los dos anteriores.

Peco quizás de excesivo recelo cuando atisbo la perturbadora etiqueta de ’Player’s coach’ que tantas veces ha sido asociada a la figura del ex Laker. ¿Qué significa exactamente? ¿Qué el entrenador es de los jugadores? ¿No queda difuminada, con ese acercamiento, la esencial barrera entre el capitán y la tripulación, el jefe y el subordinado, el maestro y el alumno? No recuerdo, en la escuela, que nadie me hubiera asignado alguna vez un profesor. De haberlo hecho, a saber de que manera hubiese dispuesto de él. Se me ocurren algunas, pocas de ellas educativas a largo plazo.

Las primeras alarmas saltaron en la pasada postemporada en Nueva Orleans con el descalabro frente a los Nuggets ante su propia afición e incrementaron resonancia en la presente al acumularse resultados en contra por dobles dígitos de diferencia. Había que hacer algo, y los jugadores han sido los primeros en reconocerlo.

Mala señal, sin duda, cuando la mitad mira hacia otro lado el día del despido y el principal argumento del jugador franquicia para mantener al técnico es de carácter personal. Esa misma proximidad que unió a Scott y Chris Paul y el resto de jugadores fue la que les impidió trabajar juntos y rendir al máximo de sus posibilidades en los últimos tiempos. Que el ex Laker y la directiva no compartieran la misma filosofía a la hora de trabajar con los más jóvenes no hizo más que incrementar el problema. Al final, como bien reconoció Paul una vez avisado del cambio, de lo que se trata es de cumplir con las expectativas creadas. Es decir, ganar.

“Creo que tenemos que ser receptivos“, opinó el capitán. “Quizás el sistema cambie, pero sigue tratándose de baloncesto. Yo voy a salir a trabajar lo más duro que pueda cada partido, y sé que el equipo hará lo mismo”.

No espero menos. Al fin y al cabo, nadie dijo que fuera a ser fácil en Big Easy.

Empieza una nueva era
Publicado por Publicado por Alex Oller. Octubre 25 del 2009

Chris Paul
Tras rozar el MVP en varias ocasiones, Chris Paul se ha convertido en uno de los grandes embajadores de la NBA.
NBAE/Getty Images

  En el calendario tendrán bien marcada desde hace tiempo los buenos aficionados al baloncesto la fecha de este próximo 27 de octubre, y es que se trata precisamente del día en que se dará el pistoletazo de salida a esta nueva y excitante temporada de la NBA.

Lógica ansiedad pues, la que nos consume en esta última cuenta atrás de cara a retomar el contacto con la liga, disfrutar de esa primera semana de sorpresas, rachas inesperadas, tropiezos llamativos, puesta de largo de los rookies y, también, alguna que otra variedad en el look y los uniformes.

Pero más allá de la renovación de nuestra ilusión anual por el baloncesto high definition, suma también, en esta ocasión, la sensación de encontrarse ante un significativo punto de inflexión en la historia de la NBA. Se trata, al fin y al cabo, de una liga que siempre se ha movido entorno a eras muy marcadas: desde el oscurantismo de los años 60 bajo el dominio de los Celtics de Bill Russell, a la crisis existencialista de los 70 con la fusión de la folclórica ABA y primeros atisbos de superstars transgresores como el Doctor J. O la revolución televisiva de los ochenta liderada por Larry Bird, Magic Johnson y mercantilizada al máximo en los noventa gracias a Michael Jordan y el Dream Team. Y, finalmente, el énfasis en la globalización sin límite con la consolidación de jugadores como Yao Ming, Dirk Nowitzki, Tony Parker, Manu Ginbili o Pau Gasol tras el cambio de milenio.

A punto pues de cerrarse la década la gran expansión y pese a la crisis económica mundial que nos azota, puede decirse que la NBA encara con sobrada ilusión y confianza el último reto de solidificar y potenciar su presencia en Internet; la que debe posibilitar que un mayor número de seguidores sigan las evoluciones de sus equipos sin apenas límites de tiempo y distancia. Ver los partidos mediante un portátil y aumentar la participación, abrir la liga al mundo, dar el gran salto, en definitiva, es el siguiente objetivo. El comisionado, David Stern, bien lo sabe y así lo desea, confiado como está en sus posibilidades; seguramente porque sabe ya que la primera batalla la tiene ganada de antemano. Y es que el producto bien vale la pena.

Y no hablamos aquí de lo obvio: ese marco abrillantado y pulido hasta el destello desde que iniciara su andadura al frente de la liga en 1984. No.

Me refiero al producto. Los jugadores y los equipos. Los protagonistas. Un cartel que pinta de lujo. Y no sólo para la campaña 2009-2010.

Stern sabe que la liga dispone de jugones, por usar ese brillante término que acuñó el tristemente desaparecido Andrés Montes, suficientes para garantizar un guión que enganche a las siguientes generaciones y mantenga en vilo a las precedentes. Suficientemente buenos y suficientemente jóvenes como para garantizar la calidad de la superproducción durante una década más. Y, también, suficientemente variados.

Ya hemos gozado del juego de la mayoría de ellos estas últimas temporadas, aunque se nos cuele también algún que otro rookie en el reparto que debe mantenernos enganchados durante los años venideros. En un primer listado, por posición, de jugadores jóvenes cuyo máximo potencial no ha sido alcanzado todavía, contaríamos a los bases Derrick Rose, Deron Williams, Chris Paul, Rajon Rondo, Russell Westbrook y Devin Harris; los escoltas Kevin Durant, Brandon Roy, Monta Ellis, Kevin Martin, Eric Gordon y Rudy Gay; aleros como LeBron James, Luol Deng, Josh Smith y Andrea Bargnani; ala-pívots de la talla de Chris Bosh, Al Jefferson, Blake Griffin o Al Horford; y, finalmente, postes llamados Brook López, David Lee, Joakim Noah o Dwight Howard.

Y algunos otros que seguramente me abre olvidado de un grupo que no supera los 26 años de edad y que, salvo sorpresas, debería figurar en un 90% en más de un partido de All Star y, consecuentemente, liderar la nueva travesía de la NBA hacía el ciberespacio… Y más allá.

Dicho queda. Abróchense los cinturones. Despegamos en breve: 10, 9, 8, 7, 6, 5...

D’Antoni, Año II
Publicado por Publicado por Alex Oller. Octubre 08 del 2009

Mike D'Antoni
Mike D'Antoni descartó Chicago por la pasión del Madison Square Garden
NBAE/Getty Images

Start spreading the news…

Así empieza la mítica canción del gran Frank Sinatra, inigualable oda a la majestuosa Ciudad de Nueva York e himno no oficial de la Gran Manzana. La casa de un equipo también histórico del mundo del deporte: los Knickerbockers.

…I wanna wake up in a city, that doesn’t sleep And find I’m king of the hill - top of the heap…

Continúa la letra del ya eterno New York New York, ignoro si inspirada durante un paseo de Sinatra por los aledaños del Madison Square Garden, el autoproclamado “pabellón más famoso del mundo” que siguen regentado los Knicks, actualmente capitaneados también por otro reconocido italo-americano.

Se llama Mike D’Antoni y, como a Sinatra, le gusta el swing, el éxito de la harmonía coral y la narración de un buen relato. Y en su punto final, el aplauso y el reconocimiento al trabajo bien hecho. Cuanto mayor el escenario, mejor.

…These little town blues, are melting away I’ll make a brand new start of it - in old new York…

Llegado hace ahora un año de Phoenix, de donde salió por la puerta de atrás después de cinco meritorias temporadas en que llevó a los Suns a las puertas de las Finales de la NBA con un record global de 253-136 y porcentaje victorioso de .650, D’Antoni afronta ahora su segunda campaña en La Ciudad que Nunca Duerme tras completar un balance de 32-50 con los Knicks en el curso 2008-2009.

Pocos esperaban una revolución instantánea en el Garden con su fichaje, pero sí el asentamiento de las bases de un ilusionante proyecto a medio plazo fundamentado en aquel dinámico baloncesto ofensivo que creo escuela en Arizona. La cuestión es sí, privado de jugadores de la calidad de Steve Nash, Amare Stoudemire, Joe Johnson o Shawn Marion, el también ex integrante del cuerpo técnico de la selección estadounidense será capaz de lograr una similar metamorfosis en Nueva York con una plantilla de marcado potencial, pero evidente falta de rodaje y cultura ganadora.

…And if I can make it there, I’m gonna make it Anywhere…

Se trata pues, del gran reto de D’Antoni y el segundo paso natural en el escalafón de la que, hasta ahora, es considerada una brillante carrera. Justo es recordar que la temporada inaugural del técnico en Phoenix fue 11 victorias más pobre que su primera en el Garden; y que, con esos 32 triunfos el año pasado, los Knicks ya presentaron un notable margen de mejora sobre la desquiciante etapa anterior de Isiah Thomas. ¿Será el Año II un punto de inflexión para la franquicia neoyorquina y su flamante entrenador? …It’s up to you - new york new York…


Los grandes también lloran
Publicado por Publicado por Alex Oller. Septiembre 20 del 2009

Gasol y Ricky
'Air' dominó en la cancha gracias a un espíritu competitivo implacable carenete de piedad.
NBAE/Getty Images

  Tengo que admitir que me sorprendió.

No esperaba, en absoluto, ver lágrimas deslizarse por las mejillas de Michael Jordan el día de su discurso de aceptación al Salón de la Fama del Baloncesto. De hecho, era lo último que hubiera imaginado.

Y no es que no le hubiera visto llorar antes. Todos recordamos como se abrazó, hecho un flan, y por vez primera, al trofeo Larry O’Brien en 1991 en el vestuario del viejo Forum de Inglewood, mientras le consolaba su estimado padre, James. Pero eso fue distinto: se trataba del bravo y joven guerrero, por fin coronado tras su larga y tortuosa travesía deportiva con los Bulls. El premio. La catarsis. Y tampoco olvidamos como, cinco años más tarde, ya en el moderno United Center, se desplomó sobre el parqué, agarrado al balón de su cuarto campeonato y a su compañero Randy Brown, súbitamente sacudido por un tsunami de emociones en el mismísimo Día del Padre. El del añorado James, fallecido en oscuras circunstancias tras la conquista de su tercer título en 1993. Lágrimas mezcla de tristeza, alegría, alivio y vacío. Sentimientos encontrados.

Pero lo del otro día fue distinto.

Jordan, el mas grande de todos los tiempos, en gran parte por culpa de ese espíritu mega competitivo y esa fortaleza psicológica que amilanaba a cualquier rival, se derrumbó como un chiquillo en el podio de Springfield cuando el acto en sí mismo, su esperada inducción en el olimpo del baloncesto, rodeado por los suyos y sin más oposición que la de sus fantasmas, se antojaba una vía libre y ancha al homenaje sentido y merecido. Lo equivalente a un mate de fast break sin adversarios de por medio. La ansiada entrega total al ídolo de varias generaciones y, puede decirse incluso, salvador de una liga de entredicho futuro hace dos décadas.

Y cuando todos nos relamíamos ya con disfrutar de una última machacada de cara a la galería, un gesto magno, Air nos dejó estupefactos con una simple bandeja, y apurada. Inaudito. No deja de sorprendernos el deporte con momentos como ese, en que un Jordan harto de superar situaciones de máxima presión, adversidades miles en la cancha y curtido hasta la saciedad frente a los micrófonos, se viene abajo al llegar el momento de la rendición total a su obra maestra. Una prueba más de que cada persona, cada atleta, obedece a un determinado motor interno que, probablemente, jamás descifraremos más allá de algunos tópicos aquí mismo expuestos.

Y no me olvido, tampoco, de las recientes y reveladoras lágrimas de otro grande con reputación de villano. El tantas veces catalogado como insensible Allen Iverson lloró a moco tendido el otro día al presentar una beca destinada a estudiantes en Virginia y patrocinada por él mismo. Lo nunca visto.

Insistiendo en que nunca los entenderemos del todo, me atrevo con la teoría de que Jordan nunca supo encajar tan bien los agradecimientos como los desplantes. Y el efecto reto sigue vigente con él aún ahora, como demostró recientemente con este uno contra uno ante el jugador de Slamball Chris Yong y su última amenaza al cerrar su discurso: “No descartéis verme de nuevo jugando con 50 años”. En cuanto a Iverson, quizás haya llegado el momento de reconocer que The Answer tiene más cosas a enseñarnos a estas alturas que nosotros a él.

En ambos casos, optaremos por seguir admirando su grandeza sin mayores pretensiones que las del disfrute. Y mal les pese a MJ y AI, con un único mensaje entre ceja y ceja: gracias.

  Artest, mejor en tu esquina
Publicado por Publicado por Alex Oller. Julio 30 del 2009

Gasol y Ricky
PNadie les puso las cosas más difíciles a Kobe y los Lakers que Artest en los pasados Playoffs.
NBAE/Getty Images

Hay dos nociones bien extendidas en el mundo del deporte profesional y, concretamente, la NBA. Una es la que dice que “lo que funciona, no se toca”, y la otra es que los jugadores proclives a la polémica pocas veces, por no decir nunca, logran cambiar.

Pues ha sido enterarme de del sorprendente fichaje del controvertido Ron Artest por los campeones Lakers y lanzar ambos conceptos por la borda.

A mí, el fichaje del ‘Tru Warrier’ por el conjunto de Phil Jackson me encanta. Y por motivos varios.

El primero es que garantiza que el equipo más exitoso de la pasada temporada se convierta automáticamente en el más entretenido de la siguiente. Teníamos a Kobe Bryant, a mi juicio, el más estético de los grandes anotadores de la liga, Pau Gasol, el esperado escudero con mejor lectura del juego y entorno, y Jackson… ¿qué decir a estas alturas del ’Zen Master’? Y ahora se les une ‘Ron-Ron’, el inimitable Demonio de Tasmania de la NBA. Y no lo digo, conste, por la nauseabunda tangana del Palace de hace unos años, sino por la desbordante intensidad con que llena cada rincón de la pista a cada segundo. Y que traslada, claro está, hasta el vestuario y los micrófonos de los periodistas.

La segunda razón es ver cómo reacciona Jackson, a dos estornudos de la retirada, a este último gran reto de su gloriosa carrera. Un golpe de guión que, de acabar con final feliz, recordara su tutela del excéntrico Dennis Rodman en Chicago junto a Michael Jordan y Scottie Pippen en los años 90; otro malabar imposible de egos en busca del gran premio común. Apasionante, el ‘remake’ con el jugador que precisamente más batalla les libró a Bryant y compañía en la consecución del anillo, al arrastrar a los maltrechos Rockets hasta los siete partidos de su serie contra Los Angeles.

Parece más que probable que los Lakers puedan perder a Lamar Odom próximamente, pero con la incorporación del nativo de Queens, el conjunto de Jackson no sólo sustituye sus prestaciones, sino que las supera ampliamente. No me malinterpreten, soy un reconocido admirador del alargado alero multiusos, pero mucho más ferviente seguidor de Artest, un obrero que puede colaborar en las mismas facetas del juego y destacar en el apartado que tantas veces acaba marcando las diferencias: el hambre por ganar. Cada noche.

Es esa hambre, por vencer y sobrevivir, lo que separa a los grandes combatientes de los que suelen quedarse por el camino. Y como los púgiles que tanto admira, Artest se considera, ante todo, un ‘peleador’; el Jake LaMotta del baloncesto, capaz de encajar un golpe tras otro y seguir regresando al centro del cuadrilátero para lanzar el gancho definitivo. Y no hablo, otra vez, de ‘lo’ del Palace. Allí el ex de los Pacers perdió la cabeza y repartió de lo lindo, pero no se equivoquen: al final el que más castigo recibió fue él.

Este, su reciente fichaje por la histórica franquicia californiana, es su particular regreso; y seguramente el definitivo en términos de legado deportivo. En caso de triunfar con los Lakers, quizás acabemos recordándole ante todo como ese insaciable competidor y talentoso todoterreno a ambos lados de la cancha que Jerry Krause reclutó para los Bulls en aquel lejano Draft de 1999.

Yo, por lo menos, como fan incondicional de Artest, así lo espero. Y también los Lakers, conscientes de que resulta mucho mejor tener al ‘Tru Warrier’ en tu esquina que en la de enfrente.

De Pau a Ricky, Ítaca
Publicado por Publicado por Alex Oller. Junio 24 del 2009

Gasol y Ricky
Parecía ayer cuando Pau Gasol estrechó por primera vez la mano de David Stern en el Madison Square Garden de Nueva York.
NBAE/Getty Images

El tiempo vuela… o eso nos repetimos los nostálgicos. Parecía ayer cuando Pau Gasol subió por primera vez al estrado del Madison Square Garden y estrechó la mano del comisionado David Stern en lo que significó su ingreso formal en la mejor liga del mundo.

Han pasado ocho años desde entonces hasta que el catalán, ahora con casi 29, volviera a intercambiar un cordial saludo con el mandamás de la NBA, esta vez previo al efusivo abrazo del trofeo Larry O’Brien. Si contáramos en años NBA, probablemente le parecieran bastantes más.

Repito también aquí, junto al popular dicho, un famoso poema del griego Constantino Cavafis referente a La Odisea de Ulises, y de título Ítaca: “Cuando empieces tu ida hacia Ítaca, desea que el camino sea largo, lleno de peripecias, lleno de conocimientos…

…Siempre en tu mente ten a Ítaca. La llegada a allí es tu destino. Pero no precipites el viaje en absoluto. Es mejor que muchos años dure. Y que, ya anciano, arribes a la isla, rico con cuanto obtuviste en el camino, sin esperar que riquezas te dé Ítaca.

Ítaca te dio el hermoso viaje. Sin ella no hubieras emprendido el camino. No puede darte nada más.” Y me vienen a la cabeza estas estrofas por dos cuestiones.

La primera, en lo referente a las numerosas reivindicaciones que, desde varios foros, se han hecho sobre la validez de Gasol como competidor. Objeto de todo tipo de críticas desde que empezara a despuntar con los Grizzlies en 2001, el catalán se ha visto siempre forzado a navegar contra marea en la liga estadounidense, algo proclive a los estereotipos con los jugadores europeos. Ocurre que, en las Finales del año pasado contra los Celtics, las quejas sobre su supuesto juego blando alcanzaron el máximo estado de aspereza, más que nada, creo yo, porque algunos intuyeron que el ansiado plazo para la conquista de un campeonato con Kobe Bryant amenazaba con cerrarse pronto.

Para regocijo de los que no parecieron caer en la cuenta en su apasionada defensa del internacional español, Gasol logró en las siguientes Finales el deseado título gracias a una impresionante demostración de fuerza, talento, inteligencia, sacrificio y tenacidad. En base a ello, me atrevería a decir, el MVP bien podría haber sido suyo.

El primer sorprendido de su rendimiento fue su entrenador, Phil Jackson, y el segundo quizás el propio protagonista, que apuntó a la mejora de los puntos flacos anteriormente expuestos como la principal razón del éxito individual ante el temido Dwight Howard y, eventualmente, el triunfo colectivo de los Lakers.

Supongo que reconocer que el principal problema de Gasol no eran solamente la falta de balones en ataque es demasiado pedir, pero podemos reconfortarnos en el hecho de que, lejos de cerrársele las oportunidades de lucir anillo de campeón, al de Sant Boi se le acaba de abrir una nueva etapa gloriosa que, quien sabe, podría desembocar en nuevos campeonatos con el dorsal 16 de eventual número uno. Pero mejor no adelantar acontecimientos. No precipitar el viaje.

Gasol ya sabe lo que se necesita para ganar, y esa es siempre una lección de valor incalculable. Aunque tardía en su caso por distintos motivos, es de esperar que un jugador de su inteligencia emocional sepa gestionar, más que el éxito final, la sabiduría recién adquirida.

El efecto Ítaca al que me refiero viene también a colación por el caso Ricky Rubio, la última promesa española en dar el salto a la NBA con la intención de recalar, tras el Draft de este próximo jueves, entre los tres primeros elegidos.

Rubio, a sus 18 años, no tiene nada que envidar a Gasol en cuanto a talento y, tras tres temporadas en la Liga ACB, parece incluso más preparado que su compañero de selección, que cruzó el charco sin haber completado casi un solo curso en la primera plantilla del FC Barcelona.

Pero, pese al desbordante talento del base del Joventut, no hay que olvidar las lecciones sufridas por el pívot en su larga travesía por Memphis antes de besar la gloria con los Lakers. Como Gasol antes, Rubio ingresará seguramente en un equipo en fase de reconstrucción como los Grizzlies, Clippers o Thunder. El primer año será de alabanzas desmesuradas, el segundo de evaluación del progreso y el tercero, de consenso sobre el acierto, o no, de su elección. Así son las cosas en la mejor liga del mundo y para ello debe prepararse un jugador que se intuye mentalmente equipado, a pesar de su reciente litigió con el club verdinegro, que se resiste a renunciar a sus derechos. De entrada, peripecias.

Pese al revuelo, lo más probable es que Ricky, como antes Pau, estreche la mano de un sonriente Stern este jueves en Nueva York. Empezará con el gesto su largo y fascinante viaje a Ítaca. Preparémonos también nosotros para gozarlo y sufrirlo junto a él.

‘Hedo be do be do’
Publicado por Publicado por Alex Oller. Junio 09 del 2009

Turkoglu
Turkoglu posee una cualidad que, sencillamente, se tiene o no se tiene: el 'swing'.
NBAE/Getty Images

Tuve el afortunado placer de pasar mis últimas vacaciones veraniegas en Turquía, ese gran país que ha unido desde Antes de Cristo a los continentes de África, Europa y Asia por el concurrido estrecho del Bósforo que al mismo tiempo divide la histórica ciudad de Estambul, antigua Constantinopla.

Lo hice en contra de los apresurados consejos de un conocido, que resumió las infinitas cualidades del fascinante territorio en “un lugar insoportablemente caluroso, de gente con muy mala baba y peor prensa desde el estreno de la película ‘El Expreso de Medianoche’”. Y concluyó tajantemente: “Es el último país al que iría de vacaciones. Ni regalado”. Toma cita.

Me acuerdo de la sentencia en estos días previos a la planeación veraniega, sin destino claro aún, y sobretodo de madrugada, cuando disfruto sobremanera de las Finales de la NBA y ese juego atípico, estéticamente cuestionable pero siempre fascinante, del alero de los Magic Hedo Turkoglu.

Con la nacionalidad tatuada en el apellido, el nativo de Estambul ejerce de firme representante de un país muy a menudo ninguneado en el plano geopolítico a pesar de, precisamente, su importancia geopolítica. Como su adorada, Turquía, Turkoglu ha sido muchas veces dejado a un lado por técnicos, periodistas y aficionados, más ansiosos por resaltar sus contados defectos que numerosas virtudes. O, simplemente, por considerarle demasiado feo.

En la era de la imagen en detrimento de la sustancia, al seguidor ‘mainstream’ de la NBA todavía le seduce más, probablemente, la elegancia en movimiento de Tracy McGrady o la muy visible garra de Allen Iverson. Poco importa que por motivos distintos, aunque en cierto modo conectados, ambos hayan visto los Playoffs (sí es que lo han hecho) desde el sofá de su casa. Siempre tendrán más votos para jugar el All Star que nuestro querido amigo Hedo.

Mientras, Turkoglu, el patito feo, anda jugando las Finales contra los Lakers. Y, ¡a que nivel!

¿Quién nos iba a decir que el ex de los Kings y Spurs iba a erigirse en el momento de la verdad en el referente de un equipo que cuenta en sus filas con un candidato a MVP de la temporada regular en Dwight Howard?

Ocurre que el joven pívot, pese a sus innegable cualidades, anda todavía muy lejos del nivel exigido para decantar por su cuenta una serie final ante Kobe y compañía y, a la hora de guisarse las habas, Stan Van Gundy prefiere la cocción lenta y refinada de Turkoglu a los salvajes fogonazos de Howard.

Y, como buen sazonador de especies, Turkoglu ha respondido con temple firme, refinado olfato y maestría organizativa, ofreciendo lo mejor de un repertorio que incluye esa privilegiada lectura del juego que desespera a técnicos rivales, por no decir a sus marcadores, o hasta los árbitros.

Y siempre a pesar de las citas, las sentencias preconcebidas: “Es lento. Salta poco. Defiende mal. Le falta intensidad”.

Paparruchas.

Hay jugadores que juegan de cara a la galería y otros que lo hacen de cara a la victoria final. Turkoglu pertenece a esta última estirpe.

También, es cierto, se cuenta entre aquellos que hacen parecer fácil lo difícil, y cuyos andares casuales camuflan un tanto el latente ardor competitivo. Y es con esa aparente lentitud de movimientos físicos con la que desarman a diario rivales de silueta más apolínea pero pensamientos más toscos.

Veo al turco ejecutar con reducida velocidad jugadas a las que sus defensores creen haberse anticipado, sólo para evidenciarse superados en el quinto movimiento, vislumbrado cuatro atrás por este singular ‘playmaker’, y recuerdo a otros cracks de la cámara lenta como Paul Pierce, de los Celtics, John Salmons, de los Bulls, Mike Miller de los Timberwolves o el retirado Toni Kukoc, otro de los que tuvo que ganarse el respeto a base de tumbar un prejuicio tras otro.

Todos ellos reúnen características distintas pero se identifican con un singular modo de entender el baloncesto más allá del músculo, la agilidad aérea o la mera estética. Se llama ‘swing’, une en armonía jazzística el movimiento físico con el mental y, sencillamente, o se tiene o no se tiene.

A mí entender, lo puede lucir un baloncestista como Turgkoglu, un músico como Jimi Hendrix, un periodista como Enric González. O un país, como Turquía.

Y si de de citas categóricas va la cosa, permítanme acabar con un triplete de altura, cortesía del magneto que un día mi querida esposa colocó sobre nuestro tupido refrigerador:

“To do is to be” – Friedrich Nietzche

“To be is to do” – Immanuel Kant

“Do be do be do” – Frank Sinatra

Y añadir, acaso, la siguiente para lo que nos queda de Finales: “Hedo be do be do”.

Bynum, ser o no ser
Publicado por Publicado por Alex Oller. Mayo 29 del 2009

 Rick Adelman
¿Porqué siempre ese ‘pero’ con Bynum? ¿Y porqué, encima, a costa de terceros?.
NBAE/Getty Images

Se ha hablado mucho a lo largo del último mes, y sobretodo en las recientes semanas, sobre las limitadas aptitudes del pívot de los Lakers, Andrew Bynum.

Y con un perverso guiño, más que al análisis imparcial del joven jugador, a glosar las virtudes, muchas de ellas innegables, de nuestro estimado Pau Gasol.

Críticas respetables aparte, el tic me parece de muy mal gusto.

¿Qué culpa tiene Bynum de que a Gasol no le lleguen, según la mayoría, suficientes balones de ataque? ¿Es tan lesiva su falta de experiencia en segundas fases para los Lakers como el flagrante desinterés de tantos otros en la plantilla angelina? ¿Realmente resulta tan ‘blanda’ su aportación defensiva como dicen algunos cuando promedia tapón y medio por 20 minutos de partido?¿ Y es lícito usar esos argumentos para resaltar las facultades de Gasol que, recordémoslo, recibe a menudo esas mismas críticas desde foros supuestamente pro-estadounidenses?

Yo creo, sinceramente, que no. Y, ni mucho menos, necesario.

Pau no requiere cabezas de turco. Sí le urgen compañeros de cierta calidad si quiere ganar el anillo algún día. Y Bynum bien podría ser uno de ellos.

Leí recientemente un estupendo artículo del ex jugador del Espanyol, Joan Golobart, en La Vanguardia, en que denunciaba un pecado del que demasiadas veces, lo reconozco, he abusado yo mismo: la insistencia en indagar en los valores negativos de un deportista sobre los positivos.

Esa manía nuestra tan pretenciosa nos aleja, demasiado a menudo, de la que debería ser siempre nuestra máxima prioridad: gozar del espectáculo que nos libran los protagonistas, ya sean futbolistas, baloncestistas, o corredores de fondo. ¿Porqué siempre ese ‘pero’? ¿Y porqué, encima, a costa de terceros?

Parece que el mayor problema de Bynum, más allá de que gusten o no sus formas sobre el parqué, sea el desproporcionado peso emocional que muchos seguidores de los Lakers han depositado sobre sus anchas espaldas. Resulta que el 17 de los dorados, tras ingresar en la liga directamente desde el instituto hace cuatro temporadas y padecer los lógicos altibajos de un rookie tan precoz, empezó a apuntar maneras a mediados de la pasada campaña, hasta el punto de que muchos comenzaron a ilusionarse con una hipotética dupla demoledora en la pintura, formada por él mismo y Gasol.

Pero ocurre que el mundo del deporte depara, como la vida misma, incontables imprevistos, y lo que debía convertirse en el curso de consolidación de Bynum, el nuevo príncipe, derivó en una frustrante campaña individual para el poste, que vio como una lesión le apartaba de la línea ascendente del colectivo, con aspiraciones de repetir Finales y, esta vez, ganarlas.

Por la labor están actualmente los Lakers y, con ellos, un Bynum que se ha recuperado a marchas forzadas para el tramo decisivo. Allí anda en pleno fregado contra los duros Nuggets y la inclemente crítica de la mayoría de partidarios de Gasol, que no le perdonan una.

Y, previsiblemente, el pipiolo suma un fallo tras otro.

No corre. No rebotea. No pasa. No defiende. Es blando.

Eso es lo que alegan, al menos, sus detractores. ¿Les suena? Lo mismo decían otros de Gasol.

No pretendo, ni mucho menos, que el estadounidense iguale o supere algún día en prestaciones al catalán, aunque tampoco lo descarto. Bien es sabido que los hombres altos suelen tardar su tiempo en desarrollar sus facultades baloncestísticas. Es difícil pronosticar su techo, pero le veo, desde luego, siendo un jugador muy válido para los Lakers en el futuro. Y más, con Gasol de compañero.

Y sin embargo, ese se me antoja el mayor problema de Bynum, que ha pasado en apenas 50 meses de brillante promesa a amarga decepción, luego a valor en alza y, en este preciso momento, a ser el mayor enigma del conjunto de Phil Jackson. Las expectativas de todos nosotros, a quienes nos ciega tan a menudo ese crónico negativismo del ‘sí, pero’, sobretodo a la hora de ensalzar a nuestros predilectos por comparación, se anteponen a las del propio jugador, que anda actualmente más perdido en las Finales de Conferencia que un pingüino en un desierto.

O que otro príncipe, famoso y antiguo. Danés de nacionalidad, de nombre Hamlet y problemas algo más trascendentales pero la misma cuestión: ¿Ser o no ser?

De momento, que juegue. Y paciencia.

Respetos a Houston
Publicado por Publicado por Alex Oller. Mayo 18 del 2009

 Rick Adelman
Como ya hiciera años atrás en Sacramento, Rick Adelman ha logrado formar un equipo coral en Houston.
NBAE/Getty Images

Sin Tracy McGrady. Sin Dikembe Mutombo.

Los Houston Rockets ganaron a Portland en la primera ronda de Playoffs.

Sin Yao Ming.

El equipo texano forzó un séptimo partido en Semifinales de Conferencia contra los Lakers.

Con Ron Artest. Con Shane Battier. Con Luis Scola. Los inquilinos del Toyota Center sentaron las bases para el futuro de una franquicia que, tras años y años de sinsabores, puede mirarse al espejo con el orgullo propio de los ganadores. Al final perdieron contra el vigente subcampeón, sí, pero dieron la cara como no lo hacían desde hace mucho tiempo. Quizás aquel lejano año de 1995 en que levantaron su último trofeo Larry O’Brien de la mano de Hakeem Olajuwon y bajo la dirección de Rudy Tomjanovich.

Bien haría el agónico clasificado en tomar nota del equipo eliminado. A Phil Jackson y los suyos les espera un duro reto ahora frente a los Nuggets, y quizás una página del libreto del staff técnico de Houston no les vendría nada mal a los californianos.

Con Rick Adelman.

E aquí la clave, sin afán de desmerecer a los jugadores, del auténtico resurgir espiritual de una franquicia que no levantaba cabeza desde que los Mavericks de Mark Cuban coparan el protagonismo en el estado de la estrella solitaria junto a San Antonio. Y vaya manera de uno y otro equipo de despedirse de la temporada, por mucho que los de rojo sufrieran ese doloroso y definitivo revés, 70-89, en el Staples Center.

Dieron la cara hasta el final los mermados Rockets, huérfanos de superestrellas pero no de líderes como Battier, el ex capitán de Duke entregado ahora labores de intendencia por el bien común, Scola, ese fajador argentino no exento de talento y experiencia en mil batallas, o incluso el vilipendiado Artest, tipo del que se pueden cuestionar muchas cosas, pero jamás la entrega ni el espíritu guerrero sobre la cancha.

Claro que el ‘Warrior’ sacó nuevamente lo mejor de sí mismo bajo la sabia batuta de Adelman, como ya hiciera años atrás en Sacramento. Y no es coincidencia si el espíritu coral de este equipo recuerda a algunos al de aquel colectivo de los Kings del cambio de década. La mano del técnico se nota y debería ser la máxima esperanza de cara al futuro de una franquicia que, en apenas ocho meses, ha recuperado gran parte del crédito perdido en el último lustro.

Por el momento, mis respetos.

El sueño de Chuck
Publicado por Publicado por Alex Oller. Mayo 12 del 2009

Manu Ginóbili
Daly forjó las polémicas 'Jordan Rules' y un equipo bicampeón en Detroit.
NBAE/Getty Images

El glamour se lo llevó, y justificadamente, Pat Riley en la década de los ochenta; y el metal, también muy merecidamente, Phil Jackson en los 90 y más allá.

Pero entre ambos mitos del banquillo, emparedado por esas dos leyendas del baloncesto, sentó cátedra un técnico de menor lustre, que no trascendencia. Tan transgresor como el ‘Zen Master’ y ‘Mr. Gomina’, si no más, fue el recientemente fallecido Charles Jerome Daly, ex de los Cavaliers, Nets, Magic y sobretodo Pistons, a quienes lideró en la conquista de dos campeonatos consecutivos antes de que les destronaran los Bulls de Michael Jordan y, justamente, Jackson.

Más conocido como ‘Chuck’, el nativo de Pennsylvania pasará también a la historia como el entrenador que conjuntó y capitaneó el espectacular ‘Dream Team’ de los Juegos Olímpicos de Barcelona’92. Aquel ‘Equipo de Ensueño’ marcó un antes y un después en el desarrollo del baloncesto global y, si bien todos nos acordamos de los malabares de Jordan, Magic Johnson, Larry Bird y compañía, pocas veces mencionamos como artífice a Daly, el hombre que supo aderezar con singular sazón la ensalada de egos antes de levantar el champán y hacer realidad el sueño de todos los aficionados.

Si los mejores jugadores del planeta se reunieron en 1992 para formar el mejor equipo de la historia en la cita olímpica, lo más lógico era que les dirigiera el mejor técnico del momento. Un estratega también de ensueño, como Daly.

Se había labrado a pulso el camino, desde luego, ganándose la confianza de los cracks con un duradero despliegue de sabiduría y mano firme al frente de aquellos aguerridos Pistons de finales de los 80. Odiados hasta la saciedad por el resto de la NBA, los ‘Bad Boys’ de Detroit ganaron dos campeonatos exentos de maquillaje pero sobrados de músculo y actitud, un estilo muy acorde a lo que fue en su día la Motown. Y el verdadero ideólogo no fue otro que el ex de Boston College.

Capaz de unir en una causa común a gente tan dispar como Isiah Thomas, Joe Dumars, Bill Laimbeer, John Salley, Mark Aguirre o Dennis Rodman, Daly consiguió barrer del camino a los mejores Celtics de Bird antes de destronar a los Lakers de Magic en 1989 y defender con éxito la corona al año siguiente frente a unos Portland TrailBlazers con bastante más talento pero muchas menos ideas.

En el intento, realizó también uno de los regalos más desapercibidos al deporte de la canasta: al barrar el paso tres años consecutivos a los Bulls de Jordan, no sólo brindó a la NBA una de sus mejores rivalidades, sino que ayudó a forjar al simultáneamente el mejor jugador de la historia. ‘Air’, con todas sus aptitudes individuales, no alcanzó su grandeza absoluta hasta encontrar el modo de involucrar a sus compañeros para batir a Detroit. Sus repetidos fracasos ante el equipo que ejecutó de maravilla las célebres ‘Jordan Rules’ diseñadas por Daly alimentaron su legendario espíritu competitivo y le forzaron a superarse a sí mismo hasta lograr desbancar al odiado rival en 1991.

Cabe subrayar pues que Daly fue el último técnico capaz de encontrar un antídoto a Jordan y, al mismo tiempo, mantener intacta su imagen ante el rencoroso número 23, que celebró gustosamente con él el oro olímpico sólo un año después.

Admirado por todos, aunque pocas veces se reconociera públicamente su labor, como cuando resucitó a la moribunda franquicia de los Nets a mediados de los 90, el apodado ‘Daddy Rich’ mantuvo siempre la elegancia por encima del ardor competitivo y el aprecio de la familia baloncestística, como reconoció un Rodman que, una vez separado de Daly en los Pistons, se derrumbó anímicamente como Mike Tyson tras la muerte de Cus D’Amato.

No todos entendimos entonces la dramática reacción emocional del ‘Gusano’ a la marcha de su mentor. Quizás lo comprendamos un poco mejor hoy tras la sentida desaparición de una figura tan eclipsada como prontamente añorada. Es lo que tienen los sueños.

Bendito insomnio
Publicado por Publicado por Alex Oller. Mayo 8 del 2009

Manu Ginóbili
¿Cómo perderse a Joakim Noah machacando sobre Paul Pierce y luego celebrando como un poseso? Inconcebible.
NBAE/Getty Images

Hace apenas dos semanas que empezaron los Playoffs de la NBA y parece toda una vida. Y cuando digo parece, me refiere tanto a lo intangible como lo palpable: servidor está convencido de que 15 días atrás presentaba un aspecto de lo más aseado y saludable. Y no la desaliñada, desvelada y estresada facha de las últimas jornadas.

¿Y la culpa? De esta trepidante postemporada… o al menos esa es la excusa que les vendo a mis alegados.

Lo suscribía hace unos días la compañera Isabel Tabernero en este mismo Blogsquad (lo de la falta de sueño, no de estética personal, obviamente), y es que los partidos de la NBA a seis horas de diferencia tienen estas cosas. Internet y las plataformas digitales han supuesto un mastodóntico avance en cuanto al seguimiento transoceánico del mejor baloncesto del planeta pero, a menos que uno resida en zona horaria estadounidense, toca tirar de café, despertadores y, visto lo visto en las últimas madrugadas, quizás algún que otro trago no apto para menores.

Y vivir los partidos en diferido, sencillamente, no es una opción. Al menos en Playoffs.

¿Cómo postergar para el día siguiente el séptimo partido, por decir uno, de la maravillosa serie entre Chicago y Boston?

¿Cómo renunciar, después de cuatro prórrogas, una de ellas doble y la otra triple, y otro choque decidido prácticamente sobre la bocina, a ver el desenlace del mejor emparejamiento de primera ronda jamás vivido?

Los que hayan gozado estas dos semanas de las espectaculares penetraciones de Derrick Rose, las vertiginosas transiciones de Rajon Rondo, las desmelenadas galopadas de Joakim Noah, las mil caras de enfado de Kendrick Perkins, el concurso de tiradores entre Ben Gordon y Ray Allen y el duelo de anotadores entre Paul Pierce y John Salmons no tendrán reparo alguno, creo yo, en otorgar ese primer lugar en el ránking de mejor serie de primera ronda de la historia. Y podríamos debatir lo de primera ronda, desde luego.

Se acabó al fin, para desconsuelo de unos jóvenes Bulls que dieron mucho más de sí de lo que nadie esperaba y alivio de los reinantes campeones, que sacaron lo mejor de su arsenal cuando muchos les dimos por muertos tras la lesión de Kevin Garnett. Y se pasó página también para descanso de los sufridos analistas, que agotaron los adjetivos hace días para describir lo vivido en el United Center de Chicago y el TD BankNorth Garden de Boston. Aunque ganas de seguir disfrutando no faltaron.

El aplauso se lo merecen ambos equipos por el grandioso espectáculo ofrecido y la oportunidad que han brindado al eventual aficionado descarriado de reencontrarse consigo mismo y su original atracción a este maravilloso deporte, aunque fuera a horas intempestivas.

Con partidos así, bendito sea el insomnio, carajo.

Sin Manu no hay paraíso
Publicado por Publicado por Alex Oller. Abril 28 del 2009

Manu Ginóbili
Ginóbili, de largo en el banquillo, es la imagen menos deseada por la afición negroplata.
NBAE/Getty Images

San Antonio…
Manu Ginóbili…

Ambos nombres evocan máximo respeto en la NBA. El primero, a los equipos que tienen que enfrentarse a los Spurs, y más en su ruidoso pabellón del AT&T Center. El segundo no requiere siquiera de apellido y causa directamente pavor entre las máximas estrellas de perímetro de la Liga: desde LeBron James a Kobe Bryant, pasando por Dwayne Wade y Paul Pierce, cualquier candidato al MVP preferiría seguramente encargarse de la lavandería del equipo antes de enfrentarse al jugador que Brent Barry acertadamente bautizó un día como El Colision. Ginóbili es mucho Manu y San Antonio es mucho Spurs, en efecto.

Y, previsiblemente, la resta de uno de los factores sí altera el producto.

Ni los cuatro veces campeones de la NBA son los mismos sin el internacional argentino en sus filas ni el escolta comanda equiparable consideración lejos de Texas y, concretamente, del escaparate de los Playoffs, ese tortuoso terreno abonado para el jugador de raza.

Aclaremos: igualmente de válidos, sino más, son los méritos de Ginóbili con Argentina en el plano FIBA u olímpico. Su entrega y espíritu cuando salta a una cancha de baloncesto son los mismos sea cual sea la zamarra que envuelva ese corazón espartano. Pero el crack de Bahía Blanca, precisamente por su estilo de juego polifacético, altamente intuitivo, de alto voltaje siempre, resultará invariablemente más imprescindible para un equipo que, como los Spurs, se mida a una serie al mejor de siete contra, por ejemplo, Dallas. Significativamente más, creo, que para un conjunto que se juegue el todo o nada en 40 minutos. Su concurso resultaría probablemente decisivo, obvio, pero no tanto como en una serie donde prevalecen los ajustes sobre la inspiración, la lectura sobre la improvisación. Y el admirado Manu, por mucho que destaque sobremanera en los cuatro apartados, donde marca las diferencias reales es en lo cognitivo.

Igual que los Spurs.

Cuentan en San Antonio desde hace años con una franquicia modélica en cuanto a gestión y comportamiento, que no relaciones públicas. Guiado por la sabía mano del general manager RC Buford y arropado por el régimen castrense del técnico Gregg Popovich, el equipo se ha movido siempre con destreza en los despachos, como demuestra la selección de Ginóbili con el número 57 del Draft de 2009, y también sobre el parqué, donde históricamente ha superado a rivales mejor equipados a base de trabajo, disciplina y mucho, mucho colmillo.

La lástima para los texanos, si podemos realmente compadecer una plantilla que cuenta en sus filas con los estupendos Tim Duncan y Tony Parker, es que buena parte del mordiente pierde fuerza en cuanto el número 20 desaparece del quinteto. Sin Manu en el equipo, el cuadro de Popovich sigue siendo temible, merecedor de cautela, pero no del pánico que provoca su jugador bandera. No fue casualidad que el mejor Ginóbili, en aquella imborrable temporada de All Star, se erigiera en el artífice del tercer título negroplata frente a los duros Pistons en 2005. Justo merecedor del MVP entonces, finalmente otorgado a Duncan, sufrió en la siguiente campaña dolencias físicas que le impidieron dar lo mejor de sí ante los Mavericks; y a los Spurs, consecuentemente, repetir título.

Recuperado para la 2006-2007 pese a perderse medio curso por dolencias varias, apareció nuevamente en la postemporada para frenar a LeBron James y los Cavaliers en apenas cuatro partidos y en el Alamo se abrió el paraíso por cuarta vez en nueve años. En la pasada, otra vez vuelta a la enfermería y, casualidad de casualidades, al vacío deportivo a orillas del Riverwalk, donde hoy camina cabizbaja la hinchada por el espectro del argentino, nuevamente vestido de largo en el banquillo en esta complicada ronda ante Dallas. ¿A alguien le sorprende, a estas alturas, el adverso marcador?

Aplaudamos, pese a todo, a estos Spurs con raza de campeón. Eso sí, muy conscientes de que sin Manu, no hay paraíso.

Primera sorpresa
Publicado por Publicado por Alex Oller. Abril 20 del 2009 a las 10:29 PM

Rajon Rondo y Derrick Rose
Derrick Rose deslumbró en su primer partido de Playoffs, aunque Rajon Rondo tampoco se quedó corto en Boston.
NBAE/Getty Images

36 puntos, cuatro rebotes y 11 asistencias. No puedo decir que esa línea estadística de Derrick Rose, visto lo visto en su primera temporada en la NBA, me sorprenda demasiado.

Celtics 103 - Bulls 105. Ese marcador ya es otra cosa.

Recién estrenados los Playoffs, el triunfo de Chicago en casa de los campeones, con o sin la participación de Kevin Garnett, representa un sonoro toque de corneta ante todos aquellos que pronosticaban una postemporada tediosa y previsible que ejerciera de mera alfombra roja para unas eventuales Finales entre Lakers y Cavaliers, los dos mejores equipos del curso. La primera pues, en la frente.

O la segunda, en el caso de los fieles de los Celtics que, tras ver frustrada su esperanza de recuperar al Big Ticket de cara a la defensa del título entre semana, vieron como el sábado el joven equipo de Vinny Del Negro tomaba sin complejos el TD BankNorth Garden tras un vibrante partido con prórroga incluida en la que Paul Pierce, el MVP de las pasadas Finales, falló un tiro libre clave. Raro, ¿o no?

La bandera de los Bulls la plantó el veinteañero Rose, digno heredero de un tal Michael Jordan 23 años después de que Larry Bird le describiera como “Dios disfrazado de jugador de baloncesto” en el viejo Garden. Sus 63 puntos entonces fueron toda una revelación de cara a la gloriosa carrera que culminaría después, pero Air no logró en su primer partido de Playoffs en Boston lo que el último número uno del Draft: la victoria.

Lo de Rose el sábado fue, sencillamente, sensacional ante la que podríamos considerar la mejor defensa de toda la Liga. Con limitado apoyo en el juego interior, sin la colaboración del lesionado Luol Deng y menos aportación de lo habitual por parte de un mermado John Salmons, el ex base de la universidad de Memphis se las ingenió una y otra vez para romper la moral del equipo de Doc Rivers. No fueron sólo las espectaculares penetraciones, mortíferas suspensiones y deliciosas asistencias. Fueron ese singular sentido del timing, andares confiados que no sobrados y la innata capacidad de liderazgo lo que le separaron del resto. Una actuación antológica, desde luego.

Mención especial mereció también su directo rival en pista, Rajon Rondo, firmante de 29 puntos, nueve rebotes y siete asistencias frente a la defensa del novato -menos mal por el bien del espectáculo que aún le queda margen de mejora al bueno de Pooh-. En otro giro imprevisible de los acontecimientos, el base de los Celtics se erigió como la mejor respuesta local a la estampida de Rose y los Bulls. Otra bonita sorpresa para la jornada inaugural. Y eso que esto no ha hecho más que empezar.

¿Cómo era ese slogan? Ah sí… NBA ¿Dónde ocurrirá lo asombroso este año?

De primeras, Boston.

Lágrimas rojas
Publicado por Publicado por Alex Oller. Marzo 10 del 2009 a las 10:59 AM

Kerr y Van Lier
Kerr y Van Lier marcaron el sello de los Bulls en la era pre-Jordan.
NBAE/Getty Images

Nunca hablé personalmente con Johnny Red Kerr. Jamás tuve el particular placer, aunque sí gocé de sus transmisiones en directo y de la ocasión de contemplar de cerca su profesionalidad, buenas maneras, entusiasmo y elegancia.

El ex jugador, entrenador y comentarista televisivo de los partidos de los Chicago Bulls nos dejó el pasado 27 de febrero y con él se fue no sólo la voz de un equipo glorioso, el que Michael Jordan llevó a ganar seis campeonatos en la década de los 90; desapareció también una imagen y un emblema, no sólo de la franquicia roja, sino también de la NBA y la historia del baloncesto.

Kerr era, como lo es aún el octogenario ayudante de los Lakers, Tex Winter, un auténtico Mr. Basketball en el sentido en que había mamado el juego desde sus inicios, sufrido sus años de penuria y gozado luego de su explosión en el último cuarto del Siglo XX. Aún en el XXI, y mermado por una cruel enfermedad, siguió haciendo gala de sus encomiables conocimientos adobados por una pasión contagiosa y respeto ejemplar por el entorno baloncestístico, desde al más brillante de sus protagonistas al anónimo espectador. A pesar de los últimos sinsabores del equipo de sus amores, jamás tuvo un mal gesto, un comentario fuera de tono o un despiste de envergadura. Red no estaba allí para eso.

Verle desenvolverse por la cancha antes y después de los partidos era un placer para los amantes del buen gusto y mejores maneras. Algo parecido a la admiración que despierta estos días Clint Eastwood en la pantalla grande, Kerr no sólo irradiaba, sino que impregnaba personalidad al marco que ocupaba sin descuidar la crítica. Con muletas o sin ellas.

Su fallecimiento fue muy sentido en la Ciudad del Viento, sobretodo al encadenarse a la del también querido Norm Van Lier apenas unas horas antes. Otro grande que se ganó con creces, aunque de forma bien distinta, el aprecio de la gente. Base de carácter intenso y juego dinámico, Van Lier formó con Jerry Sloan uno de los backcourts más combativos de los años 70 antes de recalar, como Kerr, en la cabina de retransmisiones.

De ambos nos quedan sus partidos, de corto o de traje, da igual. Sus historias y su estilo, clásico y elegante cual Gran Torino. Y las lágrimas, rojo brillante.

El ‘K&P Special’
Publicado por Publicado por Alex Oller. Febrero 6 del 2009 a las 10:59 AM

Gasol & Bryant
Gasol y Bryant, ¿tras los pasos de Kareem y Magic?
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Pau&Kobe, Kobe&Pau, Gasol y Bryant, Bryant y Gasol…

Son los dos nombres más repetidos últimamente, no ya en los resúmenes de los partidos de los Lakers, sino en los ‘highlights’ de todos los programas deportivos. Y merecidamente.

Ahora que se cuecen los puestos de cabecera antes del ‘All Star Break’, con el español consolidado entre la élite y el norteamericano en pleno y ansiado vuelo hacia su primer título sin Shaquille O’Neal al lado, el dúo estelar del Staples Center se está ganado a pulso un galardón compartido de doble MVP del primer tramo de la temporada. Olvídense de LeBron.

Fueron primero los 61 puntos de Bryant en el Madison Square Garden, magno escenario donde los haya, los que sirvieron de toque de corneta para el ‘Laker revival’ que amenaza con desmoralizar al resto de pretendientes. Justo cuando la competencia se relamía por la ausencia del lesionado Andrew Bynum, oliendo sangre en un posible descalabro de los californianos, ambos cracks han respondido a la adversidad dando su mejor versión. Como debe ser.

No hay que olvidar que en la estelar noche de Kobe en Broadway, Pau colaboró con 31 tantos de su propia cosecha. Un total entre ambos de 92 de esos 126 de los Lakers en el choque. Un ‘K&P Special’ de rechupete, que lo llamarían en los restaurantes contiguos al Madison.

Pero no quedó allí la cosa, pues en el siguiente envite contra Toronto ambos sumaron fuerzas nuevamente para 67 puntos y lo más importante, la novena victoria angelina en los últimos 10 partidos. Quedaba el plato fuerte: la revalida, este pasado jueves, de las Finales 2008 contra los Celtics en Boston.

No falló Kobe, con un mal porcentaje pero 26 puntos anotados contra el quinteto que le mantuvo a raya el pasado junio; ni tampoco Pau, autor de 24 tantos, 14 rebotes y dos tapones clave para asegurarse ese notable triunfo a domicilio y los elogios de la crítica, que se ensañó con su pobre defensa en las Finales para justificar el derrumbe contra los de Massachussets.

Esta vez a los Celtics se les atragantó la pareja de mala manera, por mucho que el aficionado medio se congratule del combo. ¿’K&P Special’? Más, por favor.

Ground Zero en Memphis
Publicado por Publicado por Alex Oller. Enero 26 del 2009 a las 10:59 AM

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¿Seguirá los pasos de su hermano el joven Marc Gasol?

¿Qué pasa en la ciudad de Elvis Presley últimamente? Buen baloncesto no, desde luego.

Hace ya tiempo que los asiduos al FedEx Forum andan alicaídos de ánimo y escasos de motivos para animar a sus Grizzlies, una franquicia que parecía en auge hace no tanto y que estos días se revela incapaz de salir del barro a orillas del Mississippi.

La última víctima fue el simpático Marc Iavaroni el pasado 23 de enero, cuando la directiva optó por destituir al técnico para justificar y -esperemos- intentar rectificar ese sonrojante balance de 11 victorias y 32 derrotas en la presente temporada, en que el equipo parece destinado a acabar nuevamente en puestos de lotería del Draft. Y van tres seguidas.

Decía que no hacía tanto que los Grizzlies respiraban un aire mucho más saneado. Concretamente, tres años. Fue en Febrero de 2006 cuando acudí por primera vez a la ciudad del Rey, con motivo de la histórica selección de un español para el partido del All Star en Houston. El jugador era Pau Gasol, quien ostentaba al mismo tiempo status de hombre-franquicia y tenía al equipo bien encarado hacia su tercera presencia consecutiva en los Playoffs. La que debía significar el paso definitivo al frente.

Todos en la organización se deshicieron en elogios hacia el catalán, me hablaron maravillas del club y sus planes de mejora para la comunidad y me mostraron orgullosos las nuevas instalaciones que debían forjar a los Grizzlies del futuro, un valor en alza en la NBA.

35 meses más tarde, la directiva ha cambiado, los entrenadores han pasado y Pau viste de dorado en Hollywood tras ser despedido con abucheos del estado de Tennessee, donde muchos bromean que los Tigers universitarios son el mejor equipo de la ciudad.

El Gasol que luce el dorsal 33 es su hermano menor, Marc, y lo luce, como hiciera el primogénito de la familia en su temporada de novato en 2001, con orgullo pero también un enorme peso sobre sus espaldas: el de intentar relanzar a un equipo que ha vuelto al punto de partida. Ground Zero.

No está sólo en el propósito el ex jugador del Akasvayu Girona, pues dispone a su alrededor de dos de los mejores jóvenes anotadores de la liga en Rudy Gay y el también rookie OJ Mayo. Dos buenas razones para acudir al pabellón y animar a los Griz.

Pero el ambiente ha cambiado y no para bien, precisamente, en Memphis. Pienso en Andy Dolich, el exultante ex presidente de operaciones, quien me aseguró en 2006 que el objetivo de competir por la Conferencia Oeste estaba “al alcance de la mano”. También en Pau, que se hartó de vender optimismo pese a la escasez de refuerzos y el no superar nunca la primera ronda. Y en el bueno de Sam Zambelis, sonriente propietario del restaurante Bon Ton’s y fiel abonado al FedEx que posó, junto a su esposa, hijos, empleados y una portada del diario local para una instantánea que saldría publicada en un periódico al otro lado del Atlántico.

De regresar hoy a Memphis, es posible que escuchara un discurso parecido al de los buenos tiempos, pero algo me dice que esa foto, ese radiante retrato de familia, se quedaría en intento frustrado.

Rose no hay más que uno
Publicado por Publicado por Alex Oller. Enero 13 del 2009 a las 10:59 AM

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Derrick Rose

Su nombre es Derrick aunque algunos aún le llaman Pooh, el cariñoso apelativo de aquel osito goloso de la factoría Disney. El apodo viene de su adicción a los famosos caramelos de los Gummy Bears pero, como tantas otras cosas en los últimos meses, se le ha quedado pequeño al número uno del pasado Draft de la NBA.

Derrick Rose luce, como no, el número uno en el dorsal del equipo de su casa y los Bulls lo anuncian acordemente en el último lugar de la presentación de su equipo inicial en el United Center. Como hacían hace ya más de una década con un tal número 23.

¡De Chicagoooo...! ruge el speaker ante el delirio de los aficionados y, seguramente, el desespero de los seguidores de la universidad de Memphis, donde el base deslumbró al país entero tras dejar el instituto. La idea fue del propio Rose y el departamento de marketing de los Bulls previsiblemente se entregó en pleno a la promoción local de su nuevo jugador-franquicia. Por algo lo eligieron con el número uno.

¿Cosa del destino? Chicago sólo tenía mínimas opciones de llevarse la primera elección cuando participó en la lotería de Nueva Jersey, y la suerte quiso que el chaval criado en el conflictivo South Side acabara recalando en el equipo de sus sueños. Muchos fueron los que entonces advirtieron sobre la conveniencia de tomarse la nueva etapa con calma, no fuera a ser que el joven Pooh, de apenas 20 años, sucumbiera a las numerosas tentaciones de la Windy City o a la presión de desmedidas expectativas.

Olvídense de todo eso.

Han pasado 212 días desde que Rose se enfundara la gorra de los Bulls y recibiera un afectuoso apretón de manos del comisionado David Stern en el Madison Square Garden, y sólo 106 desde que disputara su primer partido oficial en la NBA, en pretemporada.

Ha disputado 38 en total esta campaña con Chicago, que actualmente presenta un balance de 16 victorias y 22 derrotas y, si algo ha quedado meridianamente claro durante este tramo inicial de su prometedora carrera es que Rose no sólo se va a llevar el galardón de Mejor Novato del Año al final del curso, sino que merece incluso consideración al All Star de febrero; más allá del partido de rookies contra sophomores.

Es muy posible que se pierda el choque de los grandes, el domingo, y en mi opinión injustamente; pero el joven playmaker dirá que no le importa, que lo verdaderamente trascendente es que su equipo mejore su balance y participe en los Playoffs tras una temporada 2007-2008 más que decepcionante.

Y tampoco debería importarnos demasiado a nosotros, pues la verdadera evidencia la tenemos delante de nuestras narices: ha nacido una estrella, y para largo. No son sólo las espectaculares estadísticas de 16.7 puntos, 6.2 asistencias, 3.6 rebotes y de 46% en el tiro las que han sobrepasado la altas expectativas depositadas sobre el ex Tiger. Es su saber estar, su silencioso y letal instinto ganador el que marca la diferencia. Ese plus de competitividad sin estridencias que le empuja a arrancarle el corazón al rival; sin un mal gesto pero toda la intención. Ese plus que sólo los verdaderamente grandes tienen. Los número uno.

Y de Derrick Rose, definitivamente, no hay más que uno.

Suerte, Rudy
Publicado por Publicado por Alex Oller. Octubre 29 del 2008 a las 10:59 AM

NBAE/Getty Images
Rudy Fernandez

Cuando escribo estas líneas, Rudy Fernández aún no se ha estrenado con la camiseta de Portland TrailBlazers pero, cuando ustedes las lean, seguramente el crack español ya habrá deleitado con alguna joya que otra vestido de negro, blanco y rojo.

Fernández, al que ya todos los acérrimos de Oregon conocen cariñosamente por su nombre de pila, no tardó nada, al fin y al cabo, en ganare el afecto de su nueva afición nada más pisar suelo estadounidense.

De la mano de su madre y junto al general manager, Kevin Prittchard, el joven escolta se emocionó al oír los cánticos de “¡Rudy! ¡Rudy!” de los fieles que fueron a recibirle y, aunque se trate de un fenómeno poco habitual, sus razones había: Rudy Fernández es un baloncestista muy, muy poco habitual.

Formado en la cantera del Joventut de Badalona como la perla que viene, Ricky Rubio, el jugador mallorquín ha exhibido, en sus cinco temporadas en la ACB, un talento innato para desbordar defensores y un instinto agudo para captar la trascendencia del momento. Y conquistarlo sin complejos.

Estamos hablando de un jugador de raza no siempre disciplinado, no siempre sereno, no siempre calculador. Pero siempre decisivo. Este nuevo Blazer, que dará que hablar más pronto que tarde, promete espectáculo y emoción con sustancia. Competitivo por naturaleza y ganador por convicción, ninguna de las virguerías de su amplio repertorio baloncestístico obedece a lo frívolo. Todo lo que hace Rudy sobre el parqué tiene un fin: la victoria. En eso se parece a Magic Johnson, aunque sobre la cancha pocas veces sonría. En eso se asimila más a Michael Jordan.

Pero no nos lancemos a la piscina todavía. Por ahora el ex jugador del Joventut no es más que un rookie y deberá ganarse el respeto en partidos de pretemporada como los que ahora nos ocupan. En su propio equipo tiene aún por delante a estrellas como Brandon Roy y deberá, al menos principio, amoldarse al rol de sexto hombre que parece tenerle reservado su entrenador, Nate McMillan. "Voy a hacerle jugar tanto como necesite. Si consigue el nivel del que es capaz, tendrá muchos minutos", aventuró al poco de su llegada el técnico, tipo tradicionalmente poco dado a predicciones temerarias pero que ve en su nuevo recluta un jugador con capacidad para ejercer a la perfección el papel de revulsivo desde el banquillo.

Ganador de la Copa del Rey y la Copa ULEB en su última temporada de verdinegro, el mallorquín probablemente luchará al principio con sus ansias de protagonismo y el reducido rol, aunque está sobradamente capacitado para efectuar la transición sin problemas. La clave, en este caso, será el propio nivel exhibido por su equipo y la confianza de Prittchard, que parece un niño con zapatos nuevos desde que se hizo con sus servicios. “Es exactamente lo que queremos de un jugador: juega en equipo, es un buen chaval y creo que hará mejores a sus compañeros, y eso es lo que más me excita de su llegada", declaró el general manager tras la presentación.

A su lado, asentía Rudy, sonriente y confiado, con ese punto de malicia de los que se sienten capacitados para, no sólo asumir cualquier reto, sino exceder las expectativas creadas.

Suerte, crack.