Bienvenidos a la sección de Blog Squad en Español, una colección de artículos de opinión, de periodistas, artistas y especialistas en básquetbol alrededor del mundo, quienes han querido compartir sus pensamientos acerca de la NBA. Aquí podrás consultar las columnas de opinión de cada uno de nuestros invitados especiales.

Los puntos de vista expresados en Blog Squad en Español representan únicamente la visión de quienes escriben en ella. No representan la posición de la NBA.com/español, de la NBA o de alguno de los equipos de la liga.

Alex Oller
ADN.ES
Trabajó en Barcelona como editor de NBA en el portal de www.basketv.com de 2000 a 2002. Ya en Estados Unidos, colaboró como free lance para periódicos españoles (AVUI, LA VANGUARDIA, El PERIÓDICO DE CATALUNYA) hasta 2004, cuando enroló en RUMBO de San Antonio para cubrir a los Spurs y empezó a colaborar con el diario EL MUNDO DEL SIGLO XXI, hasta 2007. Actualmente trabaja de redactor en la web del diario ADN de Barcelona, donde escribe el blog polideportivo Balón Lebowski.


Un aplauso para Sloan
Publicado por Publicado por Alex Oller. Julio 29 del 2008 a las 10:59 AM

NBAE/Getty Images
Sloan se ha ganado a pulso el respeto de sus discípulos, colegas de profesión y crítica especializada.
Cada verano me pasa lo mismo. Me digo a mí mismo: “este agosto voy a escribir algo sobre Jerry Sloan. Es un gran tipo y entrenador. Sin duda se merece un buen artículo”.

Y cada año me pasa lo mismo: por una cosa y u otra, lo dejo para el siguiente. Como las promesas de año nuevo, pero a 30 grados a la sombra.

¿Le pasará lo mismo a la NBA?

Cada nueva temporada, y ya van 29, Sloan consigue la proeza de que los Jazz, un equipo modesto de presupuesto y limitado de mercado, se clasifiquen para los Playoffs y pongan en aprietos a algún rival de solera. No es poca cosa.

Lleva media vida el hombre en Salt Lake City, pleno corazón mormón de Utah y, desde que él llegó, referencia leal al baloncesto de vieja escuela, de juego austero pero pulido y espíritu comprometido con la camiseta. Sloan, viejo perra de presa defensivo de los Chicago Bulls en la década de los 70, nunca abandonó su mentalidad de obrero del parqué, instaurando en el Delta Center todos los valores que le habilitaran algún día para ingresar en el Salón de la Fama.

Su legado, intuimos ya en su fase concluyente, que no decreciente, irá siempre unido al de otros dos grandes jugadores de este deporte, como son Karl Malone y John Stockton la pareja de base-pívot que perfeccionaron el pick’n`roll, esa jugada tan simple y, a la vez, tan mortífera cuando se ejecuta como mandan los cánones.

Podríamos también decir como manda Sloan, un manual andante de baloncesto que, sin embargo, nunca ha pecado de sobrecargar a sus jugadores con excesivas directrices. Sí ha exigido un compromiso con el juego colectivo y la máxima pureza en la ejecución de movimientos, aunque dejando al mismo tiempo rienda suelta a los verdaderos protagonistas sobre el parqué, como reconocería el propio Deron Williams, uno de los bases con mejor futuro de la liga, pero que tuvo sus más y sus menos con el maestro en su temporada de novato.

Sloan siempre ha defendido, por encima del talento bruto que puedan reunir hombres como Andrei Kirilenko, una manera de hacer las cosas, sobretodo a la hora de ganarse su confianza: antes de gozar de ciertos privilegios, el jugador debe padecer un periodo de aprendizaje, de asimilación de los fundamentos básicos que deben sacarle –a él y su equipo– de un aprieto en momentos de máxima zozobra. Con él en el banquillo, los minutos se pagan caros. Como debe ser en la NBA.

Algunos le reprocharan su excesivo celo, pero los resultados no engañan: con un balance general de 1086 victorias y 717 derrotas, y 16 presencias ininterrumpidas en los Playoffs con un equipo poco atractivo para los agentes libres por el particular estilo de vida en Salt Lake City, Sloan se ha ganado a pulso el respeto de sus discípulos, colegas de profesión y crítica especializada.

Pareció por momentos que fuera a dejarlo hace cuatro campañas, cuando el fallecimiento de su esposa tras una larga batalla contra el cáncer y la doble retirada de Malone y Stockton lastraron el ánimo de un equipo que acabó fuera de la postemporada por primera vez desde 1988 y tras dos presencias consecutivas en las Finales contra los Bulls de Michael Jordan, en 1997 y 1998.

Pero el veterano técnico aguantó el tipo hasta el final, aprovechando el mal balance global para seleccionar más tarde a Williams en el Draft de 2005, fichar al emergente Carlos Boozer y, con cuatro cañas más, montar de nuevo un equipo competitivo.

Ha sido ese siempre su sello de calidad: trabajo, compromiso y competitividad, y así debería reconocérselo algún día la NBA, que no ha hallado hasta la fecha una campaña para entregarle, de una vez por todas, el galardón a Mejor Técnico del Año. Sin duda se lo merece y, si no puede ser, que le den al menos una placa en reconocimiento a su carrera. Un aplauso, vamos.

Que de este año no pase.


Spurs, siempre Spurs
Publicado por Publicado por Alex Oller. Mayo 27 del 2008 a las 10:39 AM

NBAE/Getty Images
El duelo particular de Manu con un Kobe Bryant en la cima de su juego es de lo mejor que nos podían servir estos Playoffs.
Escribo esto cuando aún colea el último triunfo de los Spurs ante los Lakers en las Finales del Oeste, ahora 2-1 a favor de Los Angeles. Puede que mañana los Lakers ganen el cuarto y la serie se ponga en un peligroso 3-1 en contra para los del Alamo. O puede que no. Pero el caso es que ni aún así daría por muertos a los campeones.

No lo haría ni aunque estuvieran abajo 3-0, y vaya por delante que hay algo en el conjunto de Phil Jackson que me hace cosquillas este año; quizás ese inconfundible sello del Zenmaster, el de aquellos Bulls de segunda mitad de los 90. Pero el caso es que si algo aprendí durante mi etapa en San Antonio, es que los texanos no mueren fácil. Su tiempo pasa, como con todos. Pero no mueren como todos.

Los Spurs han ganado cuatro títulos de campeón desde 1999 por muchas cosas, pero desde luego no por casualidad. Como la característica principal de los equipos de Jackson es el desparpajo simpático, la vanidad intelectual, el trazo habitual de los de Popovich es el tesón, la confianza interior que lleva a tipos como Manu Ginóbili, Tim Duncan y Tony Parker a la calma absoluta en los momentos en que sus rivales empiezan a transpirar nerviosamente. Esa calidad también se llama colmillo.

Esta por ver si Los Angeles, un equipo que ha crecido notablemente en potencial anotador con la llegada de Pau Gasol lo tiene tan afilado como pareció en los dos primeros partidos, pero desde luego no se intuyó así en el tercero en el AT&T Center, donde los Spurs salieron del vestuario con el orgullo de campeón de coraza y la bandera negroplata a todo viento.

Portándola, previsiblemente, estaba Manu Ginóbili, el jugador que mejor representa el espíritu de los del Alamo. Más allá de la silenciosa competitividad y efectividad de Duncan o la contagiosa electricidad de Parker, está el instinto de supervivencia del argentino, al que su propio técnico define como “un jugador que sabe lo que hay que hacer para ganar un partido y lo hace, independientemente de si está consiguiendo buenos números o padeciendo una mala noche anotadora”.

Su duelo particular con un Kobe Bryant en la cima de su juego es de lo mejor que nos podían servir estos Playoffs, como la serie entre dos equipos de estilos y filosofías opuestas pero que comparten un hambre profunda por la victoria. Los Lakers han dado hasta ahora, como antes hicieran los Hornets de Chris Paul, muestras inconfundibles de que pueden plantar cara y, quizás desbancar al campeón. Pero los pocos que aventuraron una barrida tras los choques del Staples Center cometieron un grave error de juicio o padecieron un preocupante lapso de memoria.

El caso es que San Antonio ha edificado una dinastía a base de hacer lo que sus rivales muchas veces no han logrado con los propios Spurs: aniquilar al enemigo cuando está herido y resistir cuando es el enemigo el que te está pisando el cuello a ti. No hay duda de que los Lakers, con una muy meritoria demostración de fuerza en su casa, han logrado herir a los texanos. Pero es ahora cuando viene lo más difícil: el remate. En su primera ocasión en el AT&T el domingo, pifiaron el golpe y el caso es que, aunque aprovechen la segunda coyuntura para anotarse el 3-1, más les vale no demorarse en conseguir el cuarto triunfo, pues los negroplata no destacan precisamente por desaprovechar renovadas oportunidades.

Predijo hace dos años Phil Jackson, en una de sus frecuentes visitas a San Antonio, que los Spurs no lograrían el repeat, porque encadenar títulos era prácticamente imposible en la nueva era de la NBA. No quisiera contradecir a mi admirado Zenmaster, que acertó de pleno entonces, y más cuando tiene la posibilidad en mano de ratificar sus predicciones. Pero no apostaré nunca contra San Antonio y Ginóbili, un equipo y un hombre que, por muy heridos que anden, siempre se levantan. Siempre.


Vacío en Chicago
Publicado por Publicado por Alex Oller. Abril 29 del 2008 a las 11:57 AM

NBAE/Getty Images
Los Playoffs gozan de buena salud sí. Pero yo extraño a esos Bulls.
En el ecuador de esta primera ronda de Playoffs, me congratulo por la buena salud de la NBA y el buen juego desplegado en unos cruces que han excedido mis previsiones en cuanto a emoción y argumento narrativo. Disfruté como un loco en el primer partido entre Spurs y Suns, me satisface el lustro recuperado de Lakers y Celtics, como no. Y me sorprendió también gratamente la desfachatez de Philadelphia contra los Pistons, así como valoro la progresión estable de Utah. ¿Y de la explosión de los Hornets de Chris Paul, que me dicen?

Pero me falta un equipo.

Mi gran decepción de la temporada, como intuyo ha pasado con la mayoría, ha sido Chicago. El equipo que muchos pensamos era el favorito para llevarse la Conferencia Este ha protagonizado el descalabro más inesperado justo cuando más se intuía el gran salto hacia adelante.

A mi me resulta un poco inexplicable, por mucho que intente razonar una metamorfosis tan rocambolesca. Veamos...

Las razones para creer en los Bulls eran las siguientes: un equipo joven con estrellas emergentes del tipo Luol Deng, Ben Gordon y Kirk Hinrich, y promesas como Tyrus Thomas y Joakim Noah, apoyadas por un veterano gladiador en la pintura como Ben Wallace y dirigidas por un estratega de raza como Scott Skiles en el banquillo. Todos, desde el argentino Andrés Nocioni hasta el suizo Thabo Sefolosha, eran considerados jugadores de carácter: trabajadores, disciplinados e inteligentes. Eran.

Lo que debía en principio ser la temporada de su consolidación, la que devolviera a los Bulls a territorio elitista en la liga, la zona Jordan que dejaron a finales de los 90, descarriló pronto en un curso que ha acabado con suspenso notorio en todos los estamentos de la franquicia. Empezó mal la cosa al no llegar el general manager, John Paxson, a un acuerdo para la renovación de Gordon y Deng, impasse que derivó hacia un breve flirteó con Kobe Bryant que descentró a los jóvenes Bulls y lastró su juego a lo largo del año. Con los rumores de Pau Gasol antes del cierre invernal pasaría lo mismo.

Con Skiles intentando hallar soluciones para reagrupar a los suyos, los problemas se sucedieron por la falta de madurez de Thomas y el novato Noah, marcadamente, pero el mayor problema radicó en que ambos chicos no encontraron en el vestuario un tejido social lo suficientemente sólido como para enfocar mejor su dispersa energía. Allí es donde los dedos empezaron a apuntar a Wallace. Si la crisis de Chicago tiene cara, esa es sin duda la de un Big Ben que exigió desde su llegada trato de vedette ofreciendo a cambio prestaciones de secundario. Y con actitud cuestionable.

Su equivocado concepto del liderazgo derivó en escenas disparatadas, como cuando Paxson se vio forzado a destituir a un desquiciado Skiles o su relevo, el indefenso Jim Boylan, a alargar su castigo disciplinario a Noah tras un voto de los jugadores. Ahora, el ex Piston está gozando de los Playoffs en Cleveland mientras sus ex compañeros reflexionan sobre sus pecados en casa, Paxson dibuja un nuevo proyecto en su despacho, Skiles afronta renovados retos en Milwaukee y la afición de los Bulls se pregunta el porqué de todo ello.

Está claro que todos fallaron. Cuando un tipo como Paxson se siente obligado a cesar a un hombre de su estirpe como Skiles en Nochebuena, es que algo no va bien. Y lo mismo puede decirse al ver a Nocioni, gregario y compañero ejemplar, perder los nervios con su entrenador en plena cancha. Mal asunto.

Esperamos, para la salud de la sufrida y fiel afición de Chicago sobretodo, que el bache haya sido momentáneo y el grupo que enamoró a toda la liga hace dos años por su capacidad de superación se reencuentre pronto con la vía del éxito. Que no todo haya sido en vano y la experiencia adquirida por Noah y Sefolosha repercuta en esa subida de escalón que se intuía el pasado octubre.

Los Playoffs gozan de buena salud sí. Pero yo extraño a esos Bulls.


El sello Adelman
Publicado por Publicado por Alex Oller. Abril 3 del 2008 a las 11:30 AM

NBAE/Getty Images
Adelman ha significado una bocanada de aire fresco para los Rockets.
Miren por donde, allí tenemos a Houston, con un balance de 49 victorias y 25 derrotas, bien situado de cara a los Playoffs con su sexta posición en la Conferencia Oeste, a solo dos partidos de los líderes Hornets.

¿Quien lo hubiera dicho a principios de temporada? ¿O al menos cuando se lesionó para el resto de la campaña Yao Ming, ese maldito 24 de febrero ante Chicago? Yo no, desde luego.

Entonces con una marca de 35-20, el equipo de Rick Adelman no se antojaba un serio candidato el título; ni siquiera un aspirante a llegar lejos en Playoffs, o incluso clasificarse para la postemporada. Pero, 22 triunfos consecutivos más tarde, hay que tener en cuenta a estos Rockets. Quizás no se nos aparezca la estampa de Tracy McGrady levantando el trofeo Larry O’Brien, pero al menos el equipo de la ciudad espacial ha recobrado algo del prestigio perdido desde la retirada del legendario Hakeem Olajuwon

El pívot nigeriano, artífice de los dos campeonatos logrados a mediados de los 90, dejó algo huérfana la franquicia tras colgar las botas en 2002. El relevo generacional en el nuevo y lujoso Toyota Center no acabó de producirse y la llegada de Steve Francis, primero, y Tracy McGrady y Yao Ming, después, fracasó repetidamente en su intento por recuperar el baloncesto glorioso de la etapa de Rudy Tomjanovich.

El veterano entrenador, estampa inconfundible del equipo texano, tuvo que retirarse por problemas de salud tras enrolar en los Lakers y dejó paso antes a Jeff Van Gundy, un técnico sobrado de cualidades y currículum, pero que no se adecuaba precisamente a las necesidades del momento ni de su plantilla. A todas estas, este verano aterrizó Adelman.

Rebotado de Sacramento, donde forjó el jogo bonito de unos Kings que sólo habían conocido la mediocridad antes de su llegada en 1998, el californiano ha significado una bocanada de aire fresco para unos Rockets que andaban desquiciados por la etapa de su antecesor. Poco agradecidos estuvieron en Sacramento con un entrenador al que avalaban sus credenciales en Portland, con dos Finales alcanzadas ante Pistons y Bulls, y el buen trabajo realizado con Chris Webber, Vlade Divac, Peja Stojakovic y compañía. Tras la retirada de Michael Jordan, la NBA encontró en esos revitalizados y dinámicos Kings el baloncesto espectacular que tanto ansiaba promocionar de cara a las legiones de nuevos seguidores.

Aún no han llegado a ese punto los Rockets, ni de resultados ni de juego. Pero la buena noticia en Houston es que su equipo de baloncesto vuelve a hacer ruido e infundir respeto a sus rivales en el Oeste. Con fajadores natos como el argentino Luis Scola y jóvenes como Carl Landry o Luther Head junto con veteranos como Dikembe Mutombo portando la bandera que antes arrastraba solo McGrady, los Rockets empiezan a asemejarse en algunas cosas a esos Kings o aquellos Trail Blazers de Terry Porter, Clyde Drexler y Jerome Kersey.

El sello Adelman ya se nota en Texas, y ello es tanto motivo de celebración como esa racha de 22 triunfos seguidos.


Bien por Pau, bien por L.A.
Publicado por Publicado por Alex Oller. Marzo 6 del 2008 a las 11:52 AM

NBAE/Getty Images
Gasol, mentalmente agotado de su previa etapa, ha logrado rehacerse en Los Ángeles como jugador.
El reciente traspaso de Pau Gasol a los Lakers es una buena noticia para todos, y lo mismo no puede decirse del resto de canjes de alto perfil llevados a cabo antes del cierre fijado por el mercado. Ni Shaquille O'Neal ha supuesto una subida de nivel en Phoenix, ni Shawn Marion ha logrado evitar que Miami siga siendo el peor equipo de la NBA, ni Jason Kidd ha mejorado ostensiblemente las prestaciones de los Mavericks, ni el cambio de cromos entre Chicago y Cleveland ha resultado en progreso clasificatorio para Bulls y Cavaliers.

Ello no impidió que aficionados y prensa se ilusionaran sobremanera con el entretenido fervor mercantil pero, llegado ya el mes de marzo, cuando la competición entra realmente en su tramo definitorio, el único equipo que ha salido claramente fortalecido ha sido Los Angeles.

La llegada de Pau Gasol a Hollywood se ha confirmado como un acierto pleno para el jugador, desquiciado los últimos años en Memphis por la incapacidad de la franquicia de dar un salto de calidad significativo. Se equivocan los que le critican una supuesta falta de compromiso con los Grizzlies, pues el catalán lo dio todo durante siete duras temporadas a orillas del Mississippi; y se equivocan también los que señalan a su ex equipo como un lastre en su carrera deportiva. Gasol jugó y creció en los Grizzlies, que se atrevieron a elegirle número 3 del Draft de 2001, con menos de una temporada de experiencia en la ACB. Con su camiseta logró ser votado para el All Star de Houston en 2005; y ahora deberá ser él quien dé un paso adelante en su nuevo y glamouroso equipo, donde las exigencias doblan las de la ex franquicia canadiense.

Competitivo por naturaleza, el internacional español ha acogido con entusiasmo el cambio y se ha esmerado en su afán por convencer a sus nuevos compañeros, en especial dos leyendas vivas como Kobe Bryant y el entrenador, Phil Jackson. Y, superado el breve periodo de adaptación inicial, puede calificarse ya la operación como un éxito para ambas partes: desde que Gasol fuera presentado con la zamarra dorada en Nueva Jersey el pasado 1 de febrero, los Lakers han revalorizado sus acciones en la bolsa por el campeonato y el ala-pívot, mejorado sus estadísticas, que actualmente oscilan sobre los 19,4 puntos, 8,6 rebotes y 1,5 tapones de promedio por partido. Todo el mundo gana; incluso en la ciudad de Elvis pueden dedicarse plenamente ahora a la reconstrucción, algo de lo que también se está aprovechando Juan Carlos Navarro.

Gasol, mentalmente agotado de su previa etapa, ha logrado rehacerse en Los Ángeles como jugador, asemejándose al joven hambriento que ingresó en la liga hace ya más de un lustro. Y su incorporación ha significado un soplo de aire fresco para una franquicia que lo necesitaba. Y también su estrella. Con el fichaje del santboiano, los Lakers han logrado solventar de una tacada dos problemas, renovando el espíritu alicaído, no sólo del recién llegado, sino del frustrado Bryant. Kobe y Pau, juntos al fin, se entienden y se valoran. Con su unión, la histórica franquicia del showtime vuelve a aspirar al anillo; como hacen los Celtics en la Conferencia Este tras haber iniciado la revolución mercantil en verano, con la llegada de Kevin Garnett y Ray Allen. ¿Se imaginan otra mítica final Boston-L.A., como en la gloriosa década de los ochenta? Sin desmerecer al resto de equipos, yo sí. Y la liga, también.

Alegrémonos por la renovada posibilidad, al menos. Por Pau, por L.A. y por la NBA.

¡Olé Raptors!
Publicado por Publicado por Alex Oller. Enero 31 del 2008 a las 9:30 AM

NBAE/Getty Images
Calderón ha pasado de suplente a ser considerado para el All Star.
Se aproxima el partido de estrellas y, con él, las diversas polémicas mediáticas sobre la exclusión de tal o cual jugador... lo de cada año, vamos. En esta edición, una de las discusiones más acaloradas se ha producido entorno a la figura del base de los Raptors, José Manuel Calderón.

El español, a todas luces, merece estar en la gran cita por motivo de sus magnificas estadísticas este curso (12.3 puntos y 8.8 asistencias por partido, con un 53% de acierto en el tiro), pero más aún por el juego de su equipo. Toronto, que hace un par de años se hizo acreedor al número uno del Draft mediante su horrible balance de victorias y derrotas, goza esta campaña de una envidiable salud, como atestigua su actual récord de 25-20, segundo mejor de la División Atlántica y quinto mejor de la Conferencia Este. Van directos a los Playoffs de nuevo y el salto cualitativo de la franquicia a todos los niveles es apreciable; la mejor medida para calibrar la influencia de un playmaker como Calderón.

Pero el extremeño no es el único motivo del éxito, desde luego.

Calderón juega bien y deja jugar al resto. Y sus compañeros, liderados por un emergente Chris Bosh, han dado el paso que se antoja definitivo hacia el área que denominamos competitiva de la NBA. Ha sido un transito fulgurante desde la elección de Andrea Bargnani con el número uno de 2006; y con escasos altibajos. Lo sorprendente es que la metamorfosis ha llegado con el mismo entrenador, Sam Mitchell, que fuera duramente cuestionado en la época de vacas flacas, y sin que el jugador italiano haya acabado de explotar todavía en la liga. Lo que habla muy bien del trabajo realizado en los despachos.

Deprimidos con el actual discurrir de su desorientada franquicia de hockey hielo, los Maple Leafs, los aficionados de Toronto pueden permitirse el gusto de mirar al otro inquilino del Air Canada Centre. Estos Raptors hábilmente diseñados por el astuto general manager, Bryan Colangelo, y su mano derecha, el italiano Maurizio Gherardini, ofrecen un juego vistoso a la par que exitoso, muy similar al desplegado en la Conferencia Oeste por los Phoenix Suns, el anterior equipo de Colangelo. Y todo bajo el yugo de Mitchell, un entrenador no precisamente gustoso de las alegrías ofensivas.

Pero el tándem de gerencias decidió apostar el verano de su llegada por una completa transformación de la filosofía del club, virando hacia un tipo de juego más internacional, con mayor movimiento de balón y velocidad en las transiciones, pero también marcado por una agresiva defensa, lo que le daba al conjunto un equilibrio donde todos pudieran brillar en un momento u otro. No sólo el talentoso Bosh.

Y para sorpresa de la mayoría, el plan no sólo ha funcionado, sino que se ha plasmado en victorias con tremenda precocidad. Bosh ha florecido como jugador franquicia capaz de tirar del carro pero también delegar en cuanto sea necesario, Calderón ha pasado de suplente a ser considerado para el All Star, y Jason Kapono está validando su decisión de dejar a los desquiciados Miami Heat para mudarse al frío canadiense, donde el calor del Air Canada Centre le basta. Y no hay que olvidar las aportaciones de Anthony Parker, Carlos Delfino, Juan Dixon y Rasho Nesterovic, todos ellos reciclados de anteriores aventuras frustradas en otros equipos.

Mención aparte merece el descubrimiento del dinámico rookie Jamario Moon que, si no se ha revelado aún como un nombre a seguir en esta primera mitad de temporada, bien podría elevar su caché mediático en el propio concurso de mates en Nueva Orleans. Ojo con el novato Rudy Gay, Gerald Green y Dwight Howard...

Y tampoco conviene perder de vista que todo ello lo han logrado en Toronto sin la participación del anterior jugador-revelación, el combativo Jorge Garbajosa, y del dinámico TJ Ford, ambos lesionados. Y guardándose el as en la manga de Bargnani, que sigue, sin prisa pero sin pausa, con su particular progresión.

Ante semejante panorama, sólo queda comprarse un abono o el paquete televisivo de los Raptors 2007-2008 y encomendarse a un grito, muy ad hoc con el baloncesto que nos regalan: ¡Olé Raptors!

La perla se llama Ricky
Publicado por Publicado por Alex Oller. Enero 10 del 2008 a las 4:37 PM

DKV Joventut de Badalona
A las puertas de los Juegos Olímpicos de Pekín, puedo confirmar que el fenómeno de Rubio es ya una pletórica y feliz realidad..
Hay que ver como juega este chico. Con la furia de un torbellino, la pausa de un amanecer y la belleza de una puesta de sol, encandila una y otra vez a los privilegiados aficionados de Badalona que acuden religiosamente al Olímpic para gozar de su singular espectáculo junto a otro crack, Rudy Fernández. Pero a este ya le conocíamos desde hace tiempo.

Tampoco es que nuestro sujeto nos haya pillado totalmente por sorpresa. La primera vez que oí hablar de Ricky Rubio fue en el All Star de Houston de 2006, cuando algunos periodistas españoles glosaban a los europeos las proezas del base junior. Para entonces, el enorme potencial del melenudo Ricky era ya un secreto a voces entre los entendidos.... “¡Ese sí que es bueno!”, se repetían unos y otros.

Y apenas dos años después, a las puertas de los Juegos Olímpicos de Pekín, puedo confirmar que el fenómeno de Rubio es ya una pletórica y feliz realidad. Si los ojeadores de la NBA hasta ahora tenían puestas sus miras más sobre Rudy que sobre Ricky, bien harían en ampliar su campo de visión al dorsal 9 de la Penya. Sí es que no lo han hecho ya.

El juego del joven internacional, que el seleccionador Pepu Hernández se ha aprestado a apuntar en la lista para la próxima cita olímpica, es sencillamente deslumbrante. Tras contemplar algunos de sus partidos por televisión anteriormente, he tenido la ocasión este año de verle jugar en directo y, si ya entonces quedé prendado de su facilidad para anotar, asistir y defender, debo reconocer que la experiencia in situ no hizo más que enfatizar la ascendencia del masnouense sobre el juego de su equipo. Y sólo cuenta 17 años desde octubre.

Sus envidiables estadísticas de 12.8 puntos, 3.6 asistencias, 3.1 rebotes y máxima de 2.4 robos por partido en la Liga ACB hablan por sí solas, pero en este caso son lo de menos. Cuando contemplas a Ricky desenvolverse sobre el parqué ves algo único: un base con facultades para jugar de escolta o incluso de alero, pero con ese instinto intrínseco de la posición que ostenta. Distribuidor por naturaleza, con unos fundamentos asimilados en la fértil escuela badalonense, logra que el balón llegué casi siempre al compañero mejor ubicado para anotar; pero también él tiene capacidad para asumir esa tarea. Cuando Rudy se ha perdido algún partido por lesión esta campaña, Aíto García Reneses ha encontrado en la perla verdinegra al jugador capaz de asumir sus funciones sin que le temblara el pulso o se le calentara la cabeza. Y lo mismo ha demostrado con la selección junior repetidamente, jugándose –y anotando– los tiros decisivos cuando ha sido necesario dar un paso al frente. La verdadera medida de un deportista de equipo se calibra en su capacidad para hacer mejores a sus compañeros, y a fe que este emulador de Pete Maravich y Magic Johnson lo consigue con extraordinaria naturalidad. Sea con una canasta, un robo, una asistencia o un rebote, colabora al éxito del colectivo con esa intuición y seguridad innata de los grandes ganadores.

Sorprende tanto su capacidad de asimilar conceptos sin perder la compostura, parecida a la soltura desplegada por el futbolista Cesc Fábregas en el Arsenal, como su facilidad para robar balones ante rivales de todas las edades y tamaños. Hasta hace poco, esa inusual habilidad de alterar el ritmo de un partido con su frenesí defensivo era lo más destacado de su amplio repertorio pero, afortunadamente para los buenos aficionados, el arsenal completo está siendo desplegado, ahora, ante los ojos del mundo.

Y es que es ahora cuando hay que aprovechar para ver a Ricky. Habrá ocasión de gozarlo más aún cuando explote en Pekín. O cuando dé el inevitable salto, pronto, a la NBA. Pero existen pocos placeres en el mundo del deporte como admirar en directo el florecimiento de un superdotado. Observar detalladamente el pulimento del diamante. Estoy seguro de que la joven figura catalana seguirá brillando por muchos años, y seguramente con más intensidad. Será cuestión de los general managers de la mejor liga del mundo le echen el lazo sin más demora. Entonces, dentro de un par de décadas, cuando repasemos su legado, recordaremos con fulgor en los ojos aquella vez que vimos jugar al joven Ricky, la perla de Badalona.

Los ojos sobre Manu
Publicado por Alex Oller. Junio 5 del 2007 a las 3:55 PM

Grandes como son, las Finales de la NBA presentan en su actual edición a dos equipos a la vez tan parecidos como dispares; lo previsible y la sorpresa se miran a los ojos y se reconocen, marcando al mismo tiempo un duelo de lo más dispar.

Wallace
El argentino, oro olímpico y subcampeón del Mundo con la albiceleste, posee ya dos anillos de la NBA y va por el tercero con la misma hambre de siempre, sino más.
NBAE/Getty Images
Cleveland, a quien nadie esperaba estar viendo en televisión a estas alturas de la temporada ha llegado a la gran cita de la mano, y nunca mejor dicho, de una de las máximas estrellas de la liga, LeBron James. San Antonio, conjunto al que igualmente siempre nos empeñamos en buscarle las arrugas, vuelve a comparecer como ese huésped no invitado que nunca falla a la gran fiesta: poco agraciado, en ocasiones maleducado y firme creyente del lema que dice que es mejor pedir perdón que permiso... los Spurs siguen empecinados en agrandar su historia, en establecerse como una dinastía, sino glamorosa, sí aplastante.

El aguerrido cuadro de Popovich, labrado a base de trabajo y astucia desde los despachos del viejo Alamodome a finales de los 90, se ha mantenido fiel a los mismos principios que le han valido tres títulos de campeón desde 1999. Los negroplatas quizás no jueguen un baloncesto tan atractivo como el de los Suns, o exhiban una superestrella ofensiva con el caché de Dirk Nowitzki, pero siguen contando en sus filas con el mejor jugador interior de la última década en Tim Duncan, un acusado sentido del juego colectivo a ambos lados de la cancha, y ese colmillo afilado de veterano equipo campeón, muy similar a la Francia de Zinedine Zidane, Thierry Henry y Liliam Thuram que llegó a la final del pasado Mundial de fútbol de Alemania. ¿Se acuerdan de cómo aleccionaron a la joven España? ¿Y de cómo borraron del mapa al festivalero combinado brasileño?

Tras despojarse con más maña que estilo de Nuggets, Suns y Jazz, San Antonio mira a Cleveland y seguramente ve a un rival menor, porque los Cavaliers lo son, sin duda. No importa. Den por seguro que el viejo zorro de Popovich no dará tregua a los suyos hasta que hayan pasado como un rodillo por encima de su inexperto oponente, dejándole bien tatuado en la piel el bravucón eslogan del estado de la estrella solitaria: Don’t Mess with Texas!

Den también por seguro que las señales repartidas por la I-35 no intimidaran a James. Pese a que el autodenominado ‘Rey’ sigue aún sin corona, no es valor lo que le falta, como ya demostró en las Finales de Conferencia ante Detroit, en que lideró a sus compañeros a la ya épica remontada de un 2-0 adverso en la serie, evocando de paso pasadas gestas de otro singular número ‘23’ cuando el actual apenas distinguía un balón de baloncesto de una calabaza. A muchos nos sorprendió del despliegue de recursos de James, no porqué no se los intuyéramos, sino porque hasta la fecha no había recurrido a ellos como nos hubiera gustado. Parece que, por fin, el Elegido de la NBA se ha decidido a agarrar el trono sin más, como bien predicaba el otro día Michael Jordan, el verdadero baremo al que aspira LeBron.

Y pese a que la trayectoria de la mediática estrella nos atrae la mirada, no deja de aburrirnos sobremanera el anodino juego de los Cavaliers. Maniatados por un Mike Brown carente de imaginación ofensiva, los de Ohio parecen apostar por una estrategia ultradefensiva de ritmo lento que no hace justicia al inagotable talento de su jugador franquicia. Sí, puede resultar divertido observar el dinamismo con el que se mueve el simpático Anderson Varejao, los detalles técnicos del novato Daniel Gibson, o los movimientos de Zydrunas Ilgauskas en la pintura... pero, ¿digno de unas Finales de la NBA? No precisamente.

Se parecen ambos rivales en ese estilo de juego ralentizado, donde la defensa impone su ley sobre el ataque. Pero, puestos a admirar, prefiero la sinfonía colectiva de San Antonio al sólo de guitarra de James, por virtuoso que este sea. Los Spurs son, sencillamente, un producto mejor acabado donde todas las partes asumen su rol y se complementan. Y nadie define mejor ese espíritu que Manu Ginóbili, quizás la estrella menos valorada de la liga en su propio territorio. El argentino, oro olímpico y subcampeón del Mundo con la albiceleste, posee ya dos anillos de la NBA y va por el tercero con la misma hambre de siempre, sino más.

A los que estas Finales les pillen con desgana, olvídense de las malas artes de los Spurs en las rondas previas, ignoren la inferioridad de la Conferencia Este respecto al Oeste. El baloncesto, en todas sus formas, ofrece cosas dignas de gozar como ver jugar a El Colisión en el máximo escenario. Manu se lo ha ganado con sangre sudor y lágrimas tras una temporada difícil en que las lesiones no le permitieron ser el mismo que sometió a los Pistons hace dos años. ¿Se acuerdan? Ahora luce menos melena pero más cicatrices y rabia; la que le consume por dentro después de que un error suyo permitiera a Nowitzki y los Mavericks robarle la oportunidad de defender el título en 2006. Poco importó que el propio escolta fuera el artífice que permitió a los Spurs llegar con opciones a la recta final.

Manu tiene más hambre que nunca y las Finales ya están servidas. Yo, por lo menos, no me lo pienso perder.

Toros en estampida
Publicado por Alex Oller. Mayo 10 del 2007 a las 11:30 AM

Dicen que una flor no hace primavera, y con razón; y también es cierto que el hecho de que los Bulls hayan ganado una serie de Playoffs no les convierte automáticamente en el equipo a batir en esta postemporada. Un súbito aterrizaje en los dos primeros dos partidos de su cruce ante los Pistons se ha encargado de rebajar considerablemente la euforia en Chicago.

Wallace
Los Bulls se han sentido reforzados este año con la llegada del baluarte defensivo Ben Wallace. NBAE/Getty Images
Pero no es menos evidente que la Ciudad del Viento disfruta merecidamente de sus primeras semifinales de conferencia desde que un tal número 23 colgara las zapatillas, allá en un lejano 1998. Y tampoco que los eliminados –perdón, barridos– Heat siguen ejerciendo de vigentes campeones. Les duele a Shaquille O’Neal y Dwyane Wade verse fuera de competición a las primeras de cambio y sin haber ganado un solo encuentro, como es lógico. Pero tampoco debería atormentarles más de la cuenta el adiós prematuro, pues la claudicación del rey ha sido a manos de un súbdito más que digno. Chicago es, pese su actual panorama adverso de 2-0 favorable a los Pistons, el mejor equipo del Este.

Los resultados me quitarán la razón si la lógica estadística se impone finalmente y Detroit se convierte en el enésimo equipo de la historia en rentabilizar esa cómoda renta. Pero por ahora prefiero confiar más en la intuición baloncestística; la misma que, hace dos temporadas, me impidió ver clasificados a los Bulls frente a los Wizards con esa misma ventaja. Aún verdes en demasiados aspectos y con las bajas de Luol Deng y Eddy Curry, los de Skiles acabarían cediendo los cuatro siguientes envites ante Washington, exhibiendo una frustrante tibieza física ante la desbordada agresividad de sus rivales.

Y, pese al poco tiempo transcurrido, mucho ha cambiado desde entonces.

Podría decirse que a los Bulls se les han afilado los cuernos.

Deng no sólo está presente en estos Playoffs, sino que se ha convertido en el principal dolor de cabeza de los técnicos rivales en su tercera temporada como profesional, la misma que le ha consolidado, mediante la mejora de sus números año a año, entre la elite de la liga. Así lo reconoció Pat Riley, declarado admirador del sudanés, al mantener que ninguno de sus aleros había sido capaz de contener el creciente despliegue ofensivo del ex jugador de Duke, ya suficientemente macerado a estas alturas como para lanzarle más de una miradita desafiante a Wade. Pero no sólo de Deng viven los Bulls de hoy en día; muy a semejanza de los poderosos Pistons, presentan un equipo equilibrado en todas su líneas, sin una estrella sobresaliente pero sobradas dosis de solidaridad y dinamismo a ambos lados de la cancha, ideas claras desde el banquillo y los despachos, y –eso sí– piernas más jóvenes que las del plantel de la Motown.

Luol Deng
Deng se ha convertido en el principal dolor de cabeza de sus rivales. NBAE/Getty Images
Su base titular, Kirk Hinrich, formó parte del combinado nacional estadounidense en el Mundial de Japón, aunque sin desempeñar un rol protagonista –algo que el actual seleccionador Mike Krzyzewski, sin duda debería replantearse de cara a futuras citas–, y ha validado holgadamente las comparaciones con el ex All Star, Jerry Sloan, gracias en parte a sus excelentes prestaciones defensivas. A su lado, Ben Gordon sigue ejerciendo de fascinante dinamo ofensiva, con sus singulares dotes para anotar desde cualquier posición, pese a su reducido tamaño. Junto con Deng, ambos son actualmente los Bulls más codiciados en la bolsa baloncestística.

El tridente, que sufrió en sus carnes la remontada de Washington en 2004-2005, se ha sentido reforzado este año con la llegada del baluarte defensivo Ben Wallace y el veterano PJ Brown en la pintura, además del enérgico novato, Tyrus Thomas, que ya fue un factor decisivo en la serie contra Miami. La producción inmediata de la ex estrella de LSU, junto con las contribuciones del suizo Thabo Sefolosha, son la última prueba del gran ojo avizor del general manager, John Paxson, que, junto con Skiles, ha sabido volver a labrar una cultura competitiva a orillas del Lago Michigan. Pese al fervor general por fichar a Pau Gasol en el mercado invernal, fue una buena señal que el ex escudero de Michael Jordan no cediera a la presión, rechazando el canje por dos de los integrantes del tridente.

Suya fue también la idea de contratar al argentino Andrés Nocioni como agente libre hace dos años, y El Chapu ha respondido con creces a las expectativas. Aunque no parte en el quinteto inicial, el ex alero del Tau Vitoria es uno de los jugadores más imprescindibles del equipo por su garra, y quizás personifique como ningún otro el espíritu de los nuevos Bulls: bregador, descarado, talentoso, inteligente y comprometido... Nocioni juega sin contemplaciones ni freno de mano, como un toro en estampida que no ve más allá del presente.

Si Chicago quiere saborear el mañana y convertirse en el decimotercer equipo en superar una desventaja de 2-0 en una serie al mejor de siete, bien haría de tirar del Chapu y sus tres mosqueteros; pero, sobretodo, del espíritu que le ha llevado hasta aquí. Quizás no les baste a los Bulls ante el crecido plantel de Detroit, pero que no se duerman los Pistons: en temporada regular cometieron ese pecado y perdieron tres de cuatro ante Skiles y compañía. La clave para estos es la de siempre: morir matando en el ruedo... y quizás así, vivir un día más.

El ídolo sin aire

Michael Jordan
Michael Jordan.
Andrew D. Bernstein/NBAE/Getty Images
Con el regreso de Michael Jordan a la NBA, esta vez en calidad de co-propietario, la mejor liga del mundo gana en imagen y prestigio, pero el ex astro de los Chicago Bulls, bañado en ambas esencias durante su exitosa carrera, ansia algo aún menos tangible: dar sentido a una existencia carente de motivaciones extrafamiliares tras colgar las zapatillas.

Michael Jordan vuelve, pero no como jugador ni general manager, sino como socio directivo y supervisor deportivo. Y no a Chicago o siquiera Washington, el otro equipo al que representó en sus 15 gloriosos años de carrera, sino en Charlotte, tranquila ciudad del estado algodonero de Carolina del Norte; el mismo donde el ídolo apodado Air, empezó a forjar su leyenda como mejor baloncestista de todos los tiempos, al anotar su primer tiro ganador en 1983, en la final del campeonato universitario.

Atraído por la posibilidad de jugar un rol prominente en la joven franquicia de los Bobcats, Jordan claudicó el pasado verano a la insistencia del propietario del equipo, Bob Johnson, que desde antes de su fundación en 2004 le estaba echando cantos de sirena al jugador que probablemente más haya aportado –dentro y fuera del pabellón– a la NBA. Logrado el fichaje, Johnson espera ahora que la casi-impoluta imagen del ex miembro del Dream Team e hijo prodigo de Carolina del Norte –a pesar de haber nacido en Brooklyn– sirvan de revulsivo para una franquicia a la que le está costando despegar en la liga. Gran reducto del baloncesto universitario estadounidense, el estado se ensimisma anualmente con la gran rivalidad entre los Tar Heels de UNC –el alma mater de Jordan– y los Blue Devils de Duke. La escasa asistencia de público a los encuentros de su equipo profesional fue una de las principales razones por las que los anteriores inquilinos, los Hornets, acabaron mudándose a Nueva Orleans, pero el nuevo propietario espera que la llegada del hombre milagro y héroe local, trabuque la tendencia. Amigos desde 1989, cuando el magnate de la cadena de televisión afroamericana BET atendió un partido de los Bulls, Jordan confía en que el nuevo jefe no le apuñale por la espalda esta vez, como ocurrió en su anterior aventura en Washington, cuando el presidente, Abe Pollin, le echó de patitas en la calle después de que dejara los despachos para defender, sobre el parqué y a sus 38 años, la camisera de los Wizards.

Ansiaba Air, destronado por primera vez en 13 años como atleta más popular de Estados Unidos en beneficio Tiger Woods, algo con que llenar el vacío competitivo que le atormenta tras dejar el baloncesto en activo en 2003. La falta del ruido, sobretodo: el del balón botando, el de la goma de las zapatillas sobre la madera pulida, de la bocina del tiempo muerto, y de los gritos de los aficionados. Y también el silencio: el de esos mismos aficionados cuando, con un golpe de cadera, elevación de piernas y torcedura de muñeca provocaba el pasmo y la adulación, tanto de rivales como admiradores. Es otro tipo de silencio, de tiempo muerto, el que le consume ahora, cuando el único ruido que rompe su rutina es el de las risas, lloros o quejas de sus tres hijos o los reclamos de su esposa, Juanita, para que recoja su ropa. Él, que sólo tenía que dejar caer una toalla en el vestuario para ver como, veloces, acudían cuatro recogepelotas a retirarla...

Intentó llenar ese vacío, primero, con la adquisición de una escudería de motocicletas apoyándose en Suzuki, pero el pasatiempo le duró poco, y el golf y el rodaje de algún que otro spot publicitario no bastaban para tanto tedio. Volvió, como siempre, al juego y a las cartas, una pasión que le ha reportado gran placer y mayores deudas; aunque el dinero nunca ha sido un problema para el icono que, prácticamente, inventó el marketing deportivo en los ochenta. Algunos le pudieron ver, en el pasado All Star de Houston, acompañado de su inseparable compañero de batallas, el también ex Bull Charles Oakley, cerrando restaurantes para disfrutar de partidas exclusivas; hasta que aparecía Juanita, claro.

Pero, como en esas timbas nocturnas, Jordan tampoco quiere arriesgar su fortuna en el ruedo de la NBA, como meditó al tantear la adquisición de los Milwaukee Bucks en 2003. Prefiere prestar su imagen a beneficio de la empresa sin comprometerse en exceso –su participación le ha costado apenas 15 millones de dólares– y gozar, al mismo tiempo, de influencia en lo deportivo; y eso es precisamente lo que le ofrecen los Bobcats, cuyo presidente de operaciones dimitió hace tres meses para, precisamente, abrirle un hueco al ‘salvador’.

El problema es que Jordan pocas veces ha demostrado fuera de la cancha la disciplina y espíritu de sacrifico que magnificaron su inigualable talento sobre la pista. Confiando excesivamente en su instinto y mucho menos en los informes técnicos, malgastó la primera elección del Draft de 2001 en un jugador secundario como Kwame Brown, y acabó desmantelando a unos Wizards prometedores antes de enfundarse su camiseta. Ahora, tras enrolar –“sólo en los despachos”, se ha apresurado a aclarar Johnson–, en el equipo que algunos apodan ya los ‘Mikecats’, ha reconocido que intentará operar a distancia, desde su residencia en las afueras de Chicago, y probablemente no acuda a todos los partidos. “Me gustaría, pero no puedo prometerlo, aunque voy a estar al tanto de todo, de eso estén seguros”, dijo a la prensa local.

Más de un murmullo se ha oído ya por los pasillos del Bobcats Arena, que apenas se llenó siete veces la pasada campaña, a pesar de la modernidad de sus instalaciones. Pero nadie se queja todavía. Charlotte no alberga un equipo glamouroso como Los Angeles a los Lakers o Nueva York a los Knicks, pero al menos ya cuenta con el brillo de seis anillos de campeón y el reflejo de la calva más admirada de la historia del deporte. Jordan, en tanto, ansia lo que siempre había tenido: aire. ¿Y dónde mejor inhalar que allí dónde empezó todo?

Publicado por Alex Oller el 10 de Octubre del 2006 a las 5:33 pm

Un adiós suave como el rosa

Toni Kukoc
Toni Kukoc.
NBAE/Getty Images
Como decía Jorge Valdano de O Baixinho, “Romário es un jugador de dibujos animados”, y razón no le faltaba pues el genial brasileño era –perdón, es– el que más furor causa en la grada con su frialdad sobre la hierba.

El baloncesto no tiene, seguramente, un reflejo de Romário en el parqué, pero si a algún jugador le cabe como anillo al dedo la descripción valdanista, ese no es otro que Toni Kukoc.

Apodado La Pantera Rosa desde sus inicios en la ya desaparecida Jugoplastika Split de Bozidar Maljkovic, Kukoc fue, tras el desaparecido Drazen Petrovic, el estandarte de una generación balcánica que dominaría durante años el continente europeo. Tras él aparecerían los Sasha Djordjevic, Sasha Danilovic y Predrag Stojakovic. Pero más que eso, Kukoc fue un pionero del baloncesto europeo en Estados Unidos, al lograr establecerse desde su ingreso en la NBA como jugador relevante, y en el equipo más elitista de la época, quizás de la historia.

Con 2,11 metros de estatura y unos escuálidos 90 kilos, La Pantera se presentó en 1993 con los Chicago Bulls de Michael Jordan, Scottie Pippen y Phil Jackson, recién coronados tricampeones de la NBA. Algo así como si un joven y semidesconocido baterista de una remota región ingresara en los Rolling Stones en su época dorada. Claro que daba la coincidencia de que Mick Jagger no estaba en el grupo por entonces: Michael Jordan acababa de anunciar su primera retirada, aniquilándole al croata el sueño de jugar junto a su ídolo de infancia, y el equipo quedaba en manos de Pippen, el escudero resentido por el lujoso contrato ofrecido al intrigante novato.

Poco a poco, a base de trabajo en el gimnasio y dosis de calidad sobre la cancha, Kukoc se fue ganando el respeto tanto de rivales como sus compañeros de vestuario. Jordan volvió, Pippen lo aceptó y Jackson le dio el margen creativo que requería para exhibir su mejor baloncesto. Verle jugar era una delicia para los aficionados amantes del juego vistoso a la vez que sabio, aunque los puristas se empeñaran en resaltar sus deficiencias defensivas. Prejuicios que La Pantera no tardaría en romper.

Claros los trazos de la escuela balcánica –excelentes fundamentos en el manejo, infalible mecánica de tiro, y privilegiada visión de la jugada– , Kukoc fascinaba, como Romário, por su frialdad y saber estar en los momentos de mayor tensión. Punzante como siempre lejos de los focos, Jordan le espetó una vez que necesitaba “comer más carne cruda”, irritado Air por lo que entendía como falta de amor propio de su introvertido compañero.

Andaba equivocada Su Majestad entonces, pues si algo no se le puede discutir al croata, es ese fuego interno tan latente en los deportistas balcánicos y, sino, allí están tres Copas de Europa y tres anillos de la NBA en su palmarés como prueba. Ganó también el premio al Mejor Sexto Hombre en esos históricos Bulls de 1996, pero la aportación de Kukoc al deporte de la canasta siempre fue más allá de números y reconocimientos individuales. Sencillamente, el hombre sabía jugar y disfrutaba haciéndolo; un concepto muy en desuso hoy en día, cuando un balón botado incansablemente entre las piernas parece valer más que los dos puntos de rigor. Como Magic Johnson, el crack al que lo comparaban antes de dar el salto, hacía fácil lo difícil y, a la vez vistoso. El estilo azucarado de ambos no debería confundirse nunca con las florituras inocuas de otros, pues tanto La Pantera Rosa como Magic tenían solo un objetivo en mente en cada posesión: lograr una canasta más para ganar el partido. “Cuando anoto dos puntos soy feliz, pero si doy un pase para que anote un compañero, ya somos dos felices”, solía decir el croata, en una declaración de principios que debería memorizar cualquier joven aspirante a playmaker.

Y es que eso era Kukoc, en sus diversas mutaciones –como Magic– de base, escolta, alero o pívot: un jugador que hacía jugar a los demás por encima de cualquier otra cosa. Y hablamos en pasado porque, tristemente, la carrera de este singular baloncestista parece estar a punto de llegar a su fin. Tras 13 temporadas en la NBA y a sus 38 años, La Pantera ya anda cansada de divagar por la selva del baloncesto profesional y anunció la pasada semana que sólo contemplaría ofertas de dos equipos por proximidad geográfica a su residencia: los Bulls y los Bucks. “Parece que se acabó”, reconoció. “Hay equipos interesados, pero no quiero jugar lejos de mi casa. El baloncesto me lo ha dado casi todo, pero ya no estoy dispuesto a tanto sacrificio”.

Todo indica que ni Chicago ni Milwaukee están por la labor, a pesar de su buen papel con los Bucks la pasada campaña, con lo que las exquisiteces de Kukoc sobre los parqués podrían ser ya cosa de la videoteca. Una lástima, porque estoy convencido de que le quedan aún un par de años para demostrar a los jóvenes un par de trucos más y, en el camino, decidir un puñado de choques con uno de sus característicos buzzer-beaters.

Pero ya saben: todo lo bueno se acaba algún día y ¡que bueno fue lo que nos dio La Pantera! Hasta su despedida, como una de sus maravillosas asistencias: pausada, medida, la mirada perdida en el infinito, y suave... Suave como el rosa.

Publicado por Alex Oller el 20 de Septiembre del 2006 a las 9:51 am

Campeón se escribe con 'Ñ'

Cerrada ya la primera fase del Mundial de baloncesto en Japón, todo parece ir según lo previsto inicialmente, con Argentina mostrándose sólida, Alemania competente, España brillante y Estados Unidos, sedienta de venganza tras su fracaso en anteriores citas mundialistas.

Pocas sorpresas han habido hasta la fecha, quizás con Grecia destacando en condición de equipo invicto y campeón del grupo C, pero tampoco debería calificarse la actuación helena como de gran sobresalto, pues cuentan con un equipo de calidad y compenetrado y un entrenador contrastado en la figura de Panagiotis Yannakis.

Sin grandes sobresaltos, los estadounidenses se han establecido como el combinado intocable de la ronda inicial, con una ofensiva demoledora que ha promediado 115.3 puntos por partido -10 más que el segundo equipo más anotador, Argentina- y un margen de victoria de casi 30. Establecida la capitanía en las figuras de LeBron James, Dwyane Wade y Carmelo Anthony, el equipo se ha mostrado sólido también en defensa, una de las asignaturas pendientes del plantel que fracasó lamentablemente en los Juegos Olímpicos de Atenas. El único susto para los de Mike Krzyzewski llegó frente a Italia, uno de los equipos más atractivos del torneo, que finalmente sucumbió, 94-85.

Sin embargo, hay dos datos reveladores en lo estadístico: Argentina es el equipo que mejor reparte el balón, con 21.8 asistencias distribuidas en cada encuentro, y su defensa permite tan sólo 67.8 puntos por partido al rival. A pesar de la alta anotación de EEUU, que cede una media de 85.6 a sus oponentes, el albiceleste es probablemente el equipo mejor balanceado. El que, como su líder, Manu Ginóbili, parece haber rendido al máximo con el menos ruido posible. La estrella de los Spurs exhibe unas estadísticas modestas hasta ahora, con 14.3 puntos anotados y 2.4 asistencias por choque, pero su selección ha logrado el objetivo de plantarse invicta en segunda ronda, donde superó en octavos a la débil Nueva Zelanda. Al menos, EEUU parece consciente esta vez de que no cabe el relajo de ningún modo ante los rivales que restan. "Ahora llega la ronda de las medallas y todos los rivales son buenos", advirtió Wade antes de barrer a la Australia de Andrew Bogut.

Pero, pese a la aplastante autoridad del equipo de Krzyzewski, no hay debate sobre el combinado que mejor baloncesto ha exhibido hasta ahora en Japón: España.

Muy a la par de su selección de fútbol en el pasado Mundial de Alemania, los chicos de Pepu Hernández han deleitado a la afición con un juego tan efectivo como vistoso. Queda por ver ahora si, con el mismo patrón de un equipo talentoso y joven tienen suficiente avidez como para arrollar a la competencia cuando las cosas se pongan serias. A tenor de lo visto en octavos ante la ex campeona Serbia y Montenegro, parece que los españoles sí van en serio.

Dolidos aún por la decepción de Atenas 2004, donde tuvieron la mala suerte de chocar con EEUU en la ronda del K.O. pese a su excelente juego en la primera fase, los más veteranos han transmitido pundonor y la legendaria 'furia', además de talento. Tanto el líder indiscutible, Pau Gasol, como los nuevos 'NBA' como Sergio Rodríguez, José Calderón y Jorge Garbajosa se han puesto las pilas desde un buen principio, marcando el nivel a seguir por los más jóvenes, como el hábil pero bisoño Rudy Fernández.. Un posible cruce con Argentina sería un gran regalo para los buenos aficionados, pues España parece tenerle tomada la medida a la campeona olímpica, y el ganador probablemente enfrentaría a EEUU en la final.

Bautizados como los 'ÑBA', los españoles se antojan un rey más que digno, aunque para ello deban tumbar antes a las dos 'bestias' del torneo. Al fin y al cabo, ya finiquitaron al monarca anterior, y sin recurrir a su mejor baloncesto.

Publicado por Alex Oller el 28 de Agosto del 2006 a las 4:37 pm

¿Los mejores de la historia?

Cada año, la NBA invierte una gran cantidad de dinero en mercadear y promocionar su producto, especialmente cuando se acercan los Playoffs.

En la postemporada actual, apenas lo ha necesitado, pues los partidos disputados se han vendido solos. Ha sido tal la competitividad y paridad entre los equipos participantes que no ha habido casi tiempo para el respiro: a una actuación grandilocuente ha seguido otra, ya fuera protagonizada por un jugador, de forma individual, o por dos equipos que se retaran hasta las últimas consecuencias.

Quizá la NBA esté llegando a ese punto de equilibrio de la NFL, en que casi todos los equipos tienen cada año la posibilidad de llegar al Superbowl. Nadie duda del éxito de la liga de fútbol americano con el aficionado medio estadounidense, y el mismo modelo aplica a la NBA ahora: cuanta más paridad, más emoción y, al contrario de la época de dinastía de los Bulls de Chicago en los años 90 o el duelo repetitivo entre Celtics y Lakers en los años 80, la actual liga presenta posibilidades más abiertas para todos, con sorpresas a cada vuelta de la esquina.

El equipo campeón, San Antonio, ya fue eliminado por Dallas en segunda ronda, y el subcampeón de 2005, Detroit, cayó en finales de conferencia ante Miami, que antes había sudado para deshacerse de los Bulls en primera ronda. Y eso que los Spurs a punto estuvieron de lograr una espectacular remontada antes de caer ante Dallas. Con la serie en contra, 3-1, ganaron dos partidos seguidos y no perdieron el séptimo en San Antonio hasta claudicar en el tiempo extra, tras remontar unos 20 puntos de desventaja en el tiempo regular. Un choque que el comisionado, David Stern, no se quiso perder en directo, por cierto.

Ese partido y esa serie, que contó hasta con declaraciones peyorativas del excentrico dueño de los Mavericks, Mark Cuban, a la ciudad de San Antonio, fueron un fiel microcosmos de unos Playoffs que han exhibido grandes emociones tanto sobre el parqué como fuera del pabellón.

Para los archivos queda el codazo de Kobe Bryant a Raja Bell y la réplica del segundo en la vibrante serie entre Lakers y Suns, remontada por Phoenix tras un déficit de 3-1. Luego el equipo de Steve Nash ganaría, también en siete emocionantes juegos, a los vecinos Clippers, en otra serie marcada por un trepidante quinto juego a doble prórroga.

Ha habido actuaciones individuales impresionantes, como los 45 puntos de Lebron James en el quinto partido de Cleveland ante los Wizards, con canasta decisiva sobre la bocina del tiempo extra incluida. O los 50 de Bryant en ese sexto encuentro ante Phoenix -sin el suspendido Bell defendiéndole- que ganaron en la prórroga los Suns tras un triple salvador del 'olvidado' Tim Thomas.

No es ninguna sorpresa pues, que las actuales Finales sean protagonizadas por dos equipos debutantes como el Heat y los Mavericks. Ambos sufrieron de lo lindo hasta ganarse su presencia en el máximo escenario, como debe ser, y la coronación de uno será la confirmación de que los tiempos están cambiando, con la posibilidad de formar una dinastía cada vez más remota en el actual panorama baloncestístico.

Quizá se recuerden mejores épocas de la NBA, con un juego más refinado y enfático en lo colectivo. Pero si el actual baremo es el espectáculo, no se puede negar que los actuales Playoffs, muy a la par del último campeonato universitario de la NCAA, son una auténtica delicia para el aficionado. ¡Que siga el show!

Publicado por Alex Oller el 6 de Junio del 2006 a las 9:57 am

Respuesta equivocada

En un loable gesto de agradecimiento a sus aficionados, la NBA promovió hace algunas campañas la jornada llamada Fran Appreciation Night que, anualmente, se van permutando diferentes franquicias en su último partido casero de la temporada regular.

En esta ocasión, Filadelfia y Dallas, entre otros, asumieron el ‘honor’ y, lamentablemente, no todos los participantes estuvieron a la altura. La tarea era relativamente sencilla: presentarse en el pabellón, dirigirse a los aficionados y agradecerles su apoyo durante los 81 anteriores encuentros disputados, e intentar premiar su fidelidad con un notable esfuerzo sobre el parqué y, si posible, la victoria.

Si preguntáramos a un niño de seis años cual de las cinco fases es la más primordial y asequible, casi con toda seguridad afirmaría que la primera. Pues bien, al parecer, un par de multimillonarios treintañeros no lo tenían tan claro. Ni Chris Webber ni Allen Iverson hallaron modo, el pasado 18 de abril, de personarse en el Wachovia Center antes de la hora de partido y homenajear a los sufridos aficionados de los 76ers que, dicho sea de paso, acabaron la temporada con una pésima racha de 13 derrotas en sus últimos 20 partidos disputados, perdiendo así de forma lamentable la octava plaza que les garantizaba su presencia en los Playoffs.

El detalle, que para algunos puede resultar insignificante, fue muy mal recibido por el presidente del equipo Billy King que, visiblemente irritado tras el encuentro, criticó duramente a ambos jugadores por su falta de compromiso con la entidad y de respeto a los espectadores que, comprando su entrada, les pagan el sueldo a ambas superesterellas.

Aunque, tras el lamentable episodio, otro más para la galería de los horrores de Filadelfia, lo de ‘superestrellas’ es más que discutible. Con la edad de oro del marketing deportivo y la superexposición mediática, parece que algunos de los antiguos valores que se les suponía a los mal llamados ‘jugadores franquicia’ se han perdido en el camino, como son el honor, el respeto y el fair play. No todo es anotar puntos y aparecer en los resúmenes deportivos con jugadas espectaculares. Hoy en día, y en realidad siempre, el porte fuera del pabellón importa tanto como sobre el parqué, y eso es algo que tanto Iverson como Webber deben meterse en la cabeza de una vez. Aunque, siendo honestos, probablemente sea ya demasiado tarde.

Mientras el dueño de los Mavericks, el controvertido pero comprometido Mark Cuban, obsequiaba a los 20,315 espectadores del American Airlines Center con 20,315 billetes de avión gratis a pesar de la derrota de su equipo, la directiva de los 76ers se daba cabezazos contra la pared pensando en como arreglar la babosada de sus dos jugadores más emblemáticos. El bueno de Maurice Cheeks, que nunca añoró tanto los buenos y viejos tiempos junto a Moses Malone y Doctor J en los 80, intentó salvar la cara prometiendo que actitudes tan nocivas no serían toleradas en el futuro pero, con todos los respetos para el técnico, sus palabras carecen del peso necesario para que los fans de Filadelfia puedan dormir tranquilos.

Visiblemente alterado, King no escatimó críticas y, tras la afrenta, un posible cierre de la Era Iverson en la Ciudad del Amor Hermano parece cada vez más probable. Aunque, en caso de no producirse, la única respuesta adecuada debe llegar de los mismos damnificados. No es cuestión de sobredramatizar la situación pero, cuando lo dos máximos representantes de un equipo optan por obviar el más mínimo esfuerzo a la hora de recompensar a aquellos que les pagan el sueldo, lo más sano es devolverles el favor con la misma moneda: la indiferencia. Si no son lo suficiente sensatos como para apreciar el valor de sus seguidores, o dignos como para evitar forzar un adiós esperpéntico, más les vale tragar con una buena dosis de su amarga medicina, y no sólo en Filadelfia, sino allá donde vayan. ¿Se imaginan, con ese irritante pasotismo ante los ojos de todos, como deben reaccionar habitualmente cuando un chaval les pide un autógrafo a las puertas del autocar?

Claro que esas son perspectivas irreales en el actual panorama de la NBA, donde siguen premiando demasiadas veces las individualidades sobre el equipo. Y por equipo entendemos plantilla, dirección técnica, gerencia y afición. Seguramente tanto Webber como The Answer serán bien recibidos el próximo noviembre, donde sea que decidan seguir su aventura profesional, y lo más frustrante es que, con mayor probabilidad todavía, no habrán captado para nada el mensaje de King.

Algún día, cuando dejen de jugar y se sienten en un sillón en sus lujosas mansiones sin rival al que enfrentarse, lo primero que echaran de menos serán esos gritos de aliento que despreciaron sin remordimiento hace dos semanas. Iverson lo negará, seguro; pero, una vez más, The Answer habrá dado la respuesta equivocada.

Publicado por Alex Oller el 5 de Mayo del 2006 a las 2:44 pm

El enigma Kwame

Ahora resulta que, cuando ya más o menos nos habíamos hecho a la idea de que Kwame Brown iba a pasar a la historia como un fiasco en la NBA, el chico sabe jugar.

Tras cuatro temporadas plagadas de mediocridad sobre el parqué e inmadurez fuera, el destino de la ex primera selección del Draft 2001, parecía escrito: un ‘bluf’, o lo que los norteamericanos llaman comúnmente bust.

¿Recuerdan ese Draft, el que trajo a Pau Gasol con el número tres pero también a Tyson Chandler y Eddy Curry con el dos y el cuatro? Sólo el español ha cumplido con las expectativas desde entonces, incluso superando las de muchos escépticos del baloncesto europeo. ¿Acaso alguien dudaba entonces que este prodigio de la naturaleza, alto, robusto y ágil, iba a ser menos que el delgado alero del Barcelona con cara de niño?

Pintaba para crack pero hizo catacrack en cuanto Michael Jordan, general manager entonces de los Wizards y el responsable de su elección, decidió que iba a endurecer al chaval de la única manera que ‘Air’ jamás conoció: a base de retar su psicología. Pero más que endurecerle, lo que hizo el látigo de Jordan fue desarmar la frágil moral de Brown que, habiendo llegado directamente del instituto, no sufrió nunca un rapapolvo por parte de un técnico universitario ni, mucho menos, de un manager de la NBA que, resulta, es también el mejor jugador de todos los tiempos. Y, al fin y al cabo, ¿que joven hubiera soportado ser humillado, en una pachanga de uno contra uno, por el mismo directivo que lo seleccionó? Definitivamente, Brown no estaba acostumbrado al abuso de autoridad.

Y ese handicap de salida jamás se corrigió en Washington, donde fue precisamente un nuevo encontronazo con el entrenador Eddie Jordan en el momento menos oportuno –en plena primera ronda de Playoffs contra los Bulls– el que dictó su marcha de la franquicia tras cuatro frustrantes e improductivas temporadas.

Los Lakers, en pleno proceso de reconstrucción y buscando desesperadamente algo de altura en la pintura, optaron por darle una nueva oportunidad y canjearon a Caron Butler por sus servicios el pasado verano. Se esperaba que, con la alargada sombra de Bryant acaparando atención y bajo el tutelaje de Phil Jackson, el precoz ala-pívot experimentara una significante metamorfosis si no quería ser catalogado definitivamente como fracasado sin remedio.

Pero la primera mitad de la temporada pasó nuevamente sin pena ni gloria para un jugador que, en plena contrarreloj, no podía permitirse semejante lujo. Siempre suplente, jugaba una media de 20 minutos por partido, y casi nunca los últimos de un choque ajustado. Ese espacio de primetime era reservado a Bryant y jugadores más capaces de rendir a la hora de la verdad.

Y entonces, cuando ya todos casi nos habíamos resignado a su mediocridad, Brown empezó a encadenar actuaciones notables, poco a poco, pero con constancia. Una jugada defensiva aquí, unos rebotes allá y, ¡sorpresa! Hasta más de 15 puntos en alguna ocasión.

Tuvo, quizás, la mejor actuación de su carrera recientemente en el partido en que más lo necesitaba su equipo, colaborando en la victoria de los Lakers sobre Sacramento con 21 puntos, 12 rebotes y tres asistencias, y revirtiendo así un tanto su mal comportamiento en Washington. El triunfo permitió por fin a Los Angeles superar a los Kinas en la tabla y el rendimiento del ex jugador de los Wizards le supuso la felicitación del mismismo Bryant. “Kwame ha estado defendiendo muy bien todo el año y trabajando muy duro en los entrenamientos, pero a veces la gente quiere más. Y hoy les dio más. Estoy muy orgulloso de él.”, declaró el astro tras el choque.

Ya empezaba influir en los partidos antes de que se lesionara el pívot titular, Chris Mihm, requiriendo del ex número uno algo más que defensa y rebotes. “Con Chris estando fuera, no quería decepcionar a mis compañeros. Sé que mi rol ha cambiado un poco y ahora, además de correr, defender y capturar rebotes, el equipo necesita que anote puntos para ayudar a Kobe, y eso es lo que intento hacer”, explicó el ala-pívot, en una de sus mejores declaraciones hasta la fecha, revalidada por el hecho de haber superado la treintena de minutos en los últimos 12 encuentros, y dos veces la cuarentena.

Ahora la pregunta es si, después de cuatro años y medio de sequía, la reciente aparición de Brown, que sigue promediando sólo 6.9 puntos y 6.4 rebotes por partido, no es más que un espejismo o más bien una señal de que, como muchos otros jugadores interiores, su florecimiento como relevante factor ofensivo ha sido más lento de lo esperado en un principio. Lo cierto es que cuesta ver a Brown moverse, con esa agilidad y rapidez impropias de una percha tan imponente y musculosa, y no preguntarse el porqué de tanto talento desperdiciado.

Y, pese a los últimos datos de interés, el enigma permanece sin repuesta por ahora, hasta que Kwame nos demuestre lo contrario.

Publicado por Alex Oller el 11 de Abril del 2006 a las 11:14 pm

Manzana podrida

Hay pocas ciudades, por no decir ninguna, que vibren tanto con el baloncesto como Nueva York, una urbe que respira el deporte de la canasta por todos sus poros. Desde las canchas de asfalto de Harlem al legendario Madison Square Garden en el corazón de Manhattan, sus residentes ven, comentan, juegan y sueñan con el balón anaranjado.

Curiosamente, donde menos parecen disfrutar últimamente con el baloncesto es sobre el parqué del Garden, donde juega el único equipo profesional de la ciudad.

O mejor dicho, intenta jugar…, no… mejor, simula intentar jugar. Y lo de ‘profesional’, mejor lo entrecomillamos.

Y es que lo que están haciendo los Knicks esta temporada en la NBA ni siquiera puede catalogarse de intento de jugar o considerarse digno de un a franquicia profesional. Tan lamentable es su juego, tan mínimo su esfuerzo y tan despreocupada su actitud que cabe preguntarse, lícitamente, si no están compitiendo para ganarse el ‘honor’ de ser considerados el peor equipo de toda la historia.

Y no estamos hablando sólo de lo acontecido sobre el parqué, un inacabable amalgama de errores y sinfonía del desconcierto capaz de sonrojar al más fiel aficionado, incluso el director de cine Spike Lee. Bien quisieran los Knicks, con el actual peor récord de la liga, que su actual crisis se limitara a un mal momento de juego. El cataclismo, porque así debe definirse lo que está azotando a la histórica franquicia neoyorquina, alcanza todos los estamentos del club. Desde los jugadores al cuadro técnico, pasando por la gerencia y el despacho del propietario, James Dolan.

En el ojo del huracán está el General Manager Isiah Thomas que, tras una exitosa carrera como ‘Bad Boy’ en los Detroit Pistons, parece haberse convertido en un ‘terremoto boy’ que, a la semejanza de muchos infantes hiperactivos, rompe todo que toca.

Ninguna de sus aventuras tras colgar las zapatillas ha ido bien hasta ahora: se fue en globo de Toronto tras errar demasiadas selecciones del Draft en su estreno como GM, se fugó de la CBA tras presidir y dejar a la histórica liga en bancarrota, y tampoco acabó felizmente su andadura en Indiana, donde se ‘casó’ con determinados jugadores, fracasando como entrenador.

Su llegada a Nueva York le ofrecía nuevamente la oportunidad de redimirse sobre un gran escenario y rearmar su ego, pero lo cierto es que la elección de un equipo en plena crisis de identidad en una ciudad de tan poca tolerancia se antojaba tan ambiciosa como imprudente.

Pronto empezó a evidenciarse que ‘Zeke’ no estaba a la altura de semejante empresa. Con una plantilla tan descompensada como desproporcionadamente cara, lejos de realizar los ajustes necesarios para enderezar la situación, fue añadiendo peso a un barco que se hundía, desquitándose de una leyenda de los banquillos como Lenny Wilkens para apostar por otra, más costosa y propensa al disparate, como es Larry Brown.

Stephon Marbury y Jamal Crawford son dos buenos jugadores, pero un pésimo tandem de perímetro, y lo mismo puede decirse de los recién incorporados Jalen Rose y Steve Francis, más jugadores exteriores que requieren del balón para ser efectivos. Las quinielas sobre cuando iban a empezar a tirarse trastos a la cabeza Brown y Marbury empezaron en el mismo acto de presentación del técnico en julio, y finalmente hallaron su respuesta con la fea guerra de declaraciones desatada la semana pasada.

La lista sigue y sigue, plagada de despropósitos ante la masiva mirada de Dolan, cuyas ganancias derivadas de su rentable conglomerado mediático parecen haberle rendido insensible al dolor de los aficionados. Lo peor es que el panorama se intuye menos alentador todavía, con la posibilidad de fichajes maniatada por el desbordado límite salarial y su próxima selección del Draft –posiblemente el número uno global, dado el actual ritmo de derrotas– en manos de los Bulls por el traspaso –otro para el museo de los horrores– que trajo a Nueva York al decepcionante Eddy Curry.

Así las cosas, a nadie debe extrañar el pésimo ambiente en el Madi son, donde el escaso público que aún asiste a la tragicomedia empieza a mostrar síntomas de indiferencia; sin duda, el peor de los pecados para una franquicia neoyorquina. Menos dinero cuesta y más entretenimiento proporciona cualquier partido jugado en el asfalto de Brooklyn, donde próximamente se mudaran los Nets de Nueva Jersey.

Bien haría Dolan en espabilar pronto, y eso trató de recordarle el comisionado, David Stern, en el pasado All Star de Houston, si no quiere ver a los Knickerbockers sobrepasados en el orden de preferencias dentro de unos años. Malacostumbrados a monopolizar las simpatías de los neoyorquinos con los Nets en la vecina Nueva Jersey, los Knicks están abusando de la paciencia de una ciudad que carece, precisamente, de la misma.

En Nueva York no hay mayor crimen que la pasividad, y menos con su equipo de baloncesto. En su mayor plaza, a cuatro bloques de su cuartel general, la NBA está viendo como se pudre una gran manzana. Y si Dolan y compañía no son capaces de arreglar el desaguisado, quizás debería tomar cartas en el asunto el comisionado y encontrar a alguien más capaz e interesado.

Ni la liga, ni la ciudad, ni los fieles aficionados de los Knicks merecen seguir soportando semejante farsa de equipo.

Publicado por Alex Oller el 20 de Marzo del 2006 a las 3:57 pm

El traje no hace al hombre

¿Quién hubiera dicho que el nuevo código de vestimenta impuesto esta temporada por la NBA hubiera causado tanto revuelo entre jugadores, entrenadores, aficionados y dirigentes?

Al fin y al cabo, cuando el comisionado David Stern optó por exigir un mejor hábito de sus jugadores a la hora de presentarse a los partidos, tampoco era como si pidiera que se vistieran de etiqueta. Según la nueva normativa, los jugadores que acudan a un partido oficial deberán lucir zapatos, chaqueta y camisa por dentro del pantalón y dejar en casa los auriculares y las gafas de sol; y eso parece no haber agradado a muchos, que critican a la liga por lo que consideran una intromisión a su privacidad y violación a sus derechos fundamentales y libertad de expresión.

¿Libertad de expresión?
Resulta irónico que algunos de los que se quejan de falta de libertad de expresión sean los mismos que niegan luego la oportunidad de ‘expresarse’ libremente ante la prensa antes y después de los partidos. Pero tampoco se trata de villanizar a los protagonistas. Al fin y al cabo, desde que se instauró la normativa, la gran mayoría ha cumplido sin demasiado rechiste, y también hay que reconocer que muchos ya vestían con sumo gusto antes del mandato de Stern.

El problema radica, dicen, en el fondo sociocultural del asunto, pues las críticas más ácidas se centran en que la normativa es de tintes claramente racistas y va encarada a un etnia muy concreta: la afroamericana.

No es la primera vez que se acusa de ello al comisionado y yo mismo debo sumarme a anteriores discrepancias, como la que establece el nuevo mínimo de 19 años para ingresar en la liga. La visión simplista es que los jóvenes atletas afroamericanos juegan y viven bajo una filosofía más individualista que el resto, por historia familiar, entorno social y a menudo falta de preparación deportiva, alegan.

Generalizar es una aberración, pero la teoría pega con muchos, que vieron en la lamentable tangana de Auburn Hills del año pasado como la joven generación de jugadores quedaba mal retratada.

Cerrar la puerta a jóvenes menores de 19 años no procede, en mi opinión, a intereses deportivos pues, aunque es cierto que últimamente abunda la presencia de baloncestistas poco preparados en la NBA, también es verdad que aparecen de vez en cuando talentos únicos como Kobe Bryant, LeBron James, o el último en llegar, Dwight Howard, que alzan el nivel de juego y dan colorido a la competición. Y tampoco hay que ser hipócritas: el mismo Stern que criticó la tendencia a ingresar promesas de instituto es el mismo que no dudó a la hora de sacar tajada mercantil a LeBron James, incluso antes de que disputara un solo minuto como profesional.

¿Los mismos que pueden votar en las elecciones presidenciales o ser reclutados por las fuerzas armadas no pueden ganarse la vida jugando a baloncesto? Eso no suena bien.

Pero volviendo al tema que nos ocupa, pedir a unos profesionales que ganan millones de dólares que guarden los juguetes y la ropa deportiva para su tiempo libre no debería medirse en los mismos términos. Cabe recordar que la normativa aplica únicamente a su jornada laboral que, dicho sea de paso, tampoco es tan extensa. Quizás sea mi condición de europeo, acostumbrado a ver como mis equipos profesionales se desplazan uniformados de traje y corbata, la que me ciega a la hora de evaluar semejante pisoteo de los derechos más fundamentales.

Soy el primero en abogar por la libertad de expresión y el derecho de todo el mundo a vestir como le parezca, y cualquiera que me haya visto, dentro o fuera de la oficina, seguramente alegara que tengo muchas facetas estilísticas por mejorar. Pero creo que sé diferenciar medianamente cuando toca hacer un pequeño esfuerzo por aparentar cierta elegancia, sin que ello tenga que herir susceptibilidades socioculturales de ningún tipo.

Lo triste es que demasiados jugadores profesionales no pueden decir lo mismo, habiendo abusado hasta la saciedad de la paciencia y las ‘sensibilidades’, que también las tienen, de los aficionados. El problema no es cultural, es de pudor: aunque yo no opte por los pantalones anchos o bandanas en la cabeza, respeto el gusto de los demás por lucirlos; lo que molesta, como seguidor, es la ostentación de aparatosos medallones de oro, camisetas retro de cientos de dólares o abrigos de pieles de jóvenes millonarios. Y más, si no están justificando su contrato sobre la cancha. ¿Están expresando un arraigo cultural o exhibiendo un estatus económico?

Dicen que “el traje no hace al hombre, sino el hombre al traje”, y eso es tan cierto mirado del lado de la normativa como de los que han provocado, con su actitud desentendida, que paguen justos por pecadores.

Se me ocurren mil millones de razones para que acaten la nueva norma sin queja alguna y, en caso contrario, también mil millones de voluntarios interesados en intercambiarles el puesto.

Publicado por Alex Oller el 30 de Noviembre del 2005 a las 10:43 AM

Cuestión de corazón

No hay cosa que le duela más a un deportista que le cuestionen el corazón y este ha sido el caso figurado y, para desconsuelo de todos, literal del nuevo pívot de los Knicks, Eddy Curry.

En un incidente que ha captado similar atención de los aficionados al baloncesto y desentendidos de la NBA, Curry, los Knicks, y los Chicago Bulls –el equipo que lo eligió originalmente en el Draft de 2001– se han visto envueltos en una desagradable polémica de repercusiones mucho más vastas de lo que puede acaparar una cancha de baloncesto.

Todo empezó cuando los Bulls, tras siete duros años de reconstrucción post-Michael Jordan, se encaminaban la pasada campaña a sus primeros Playoffs tras la conquista de su último campeonato en 1998. Con un aguerrido grupo de jóvenes jugadores y el técnico Scott Skiles a la cabeza, Chicago se apoyaba en una extrema competitividad y la presencia de un jugador de características únicas en la NBA: Curry, un pívot de 2,11 metros y unos 130 kgs. inusualmente ágil y con una capacidad innata para anotar cerca del aro.

Pero en pleno sprint final de temporada, el tren descarriló al diagnosticársele a Curry una anomalía cardiaca que, aún hoy, ofrece más dudas que certezas sobre su capacidad para desarrollar una vida deportiva ‘normal’ en el futuro.

La mala noticia no podía llegar en un peor momento para Curry y las decenas de equipos interesados en hacerse con los servicios de un joven de sus características. De indudable talento, su afable carácter había sido el principal punto contencioso en Chicago a la hora de evaluar su progresión y medir su potencial. Harto de las constantes críticas y visiblemente molesto por la negativa del club a ofrecerle una extensión de contrato, el pívot se dispuso a demostrar su valía ante de convertirse en agente libre restringido este verano, y postuló su mejor campaña en cuatro años de carrera, convirtiéndose en el máximo anotador del equipo, con una media de 16.1 puntos por partido que propulsó a los Bulls a la postemporada.

Y fue entonces cuando le falló el corazón.
Alarmados por los informes médicos que alertaban del peligro de poner a Curry sobre la cancha, los Bulls mostraron cautela desde el principio y decidieron apartarle del equipo, sabiendo que su ausencia les privaba de su mayor arma ofensiva en el tramo decisivo del campeonato. Debilitados en la pintura, acabaron cediendo en primera ronda de Playoffs ante Washington, pero al menos la conciencia de su general manager, John Paxson, estaba tranquila, pues había hecho todo lo posible por salvaguardar la salud de su joven jugador.

Poco imaginaba que los problemas acababan de empezar.
Curry es una excelente y agradable persona, aseguran los que le conocen; muy querida dentro y fuera del vestuario pero, si algo ha caracterizado hasta ahora su andadura en la NBA, es una alarmante falta de madurez, tanto deportiva como personal. Las cuestiones sobre su corazón previas al incidente de abril aducían sólo entonces a su escasa motivación por elevar su nivel de juego. Mal asesorado desde que aterrizó en la liga directo desde el instituto, el nativo de Chicago pareció preocuparse siempre más de hacer realidad su sueño fuera de la cancha –rentabilizar su segundo contrato como profesional–, que de maximizar al máximo su talento para convertirse en el jugador más dominante en su puesto.

Con su renovación pendiente y la agencia libre sin restricciones esperándole en 2006, Curry y los Bulls vieron como, durante todo el verano, los especialistas no se ponían de acuerdo a la hora de evaluar su enfermedad, que varios calificaron de potencialmente mortal, como había ocurrido anteriormente con otros jugadores como Reggie Lewis o Hank Gathers. En lo único que coincidían era en la escasa conveniencia de que se vestirá de corto antes de llegar a un consenso, y fue entonces cuando Paxson –asesorado por uno de los mayores especialistas en la matería– ofreció la posibilidad a su jugador de someterse a un test de DNA para determinar si existía en su organismo una mayor predisposición a un ataque cardiaco.

Escaldado por el impacto que los crecientes rumores tenían sobre su cotización en el mercado, Curry declinó, hasta el punto de llegar a un impas que no beneficiaba a nadie, pues Paxson aseguró que no jugaría en Chicago sin haber agotado todas las vías para determinar al máximo el riesgo de su enfermedad.

Las cosas se pusieron feas pronto con la renovación de por medio, y allí entraron de lleno los Knicks y su general manager, Isiah Thomas, que se prestaron de inmediato a contratar al pívot sin requerir el polémico test de DNA. Visiblemente contrariado y, ante un poco atractivo panomara de por medio, Paxson optó finalmente por lavarse las manos en el asunto y acceder a un intercambio poco ventajoso sobre el papel, pero que daba a Curry la libertad que exigía para anteponer su intimidad a su seguridad y, no lo olvidemos, el contrato que ansiaba.

Curry es libre de elegir su destino, y bien que lo ha hecho al final, esperemos que sabiamente; pero hay que cuestionarse sobre la posible negligencia de los Knicks en el asunto. Thomas asegura estar tranquilo con la información médica recibida sobre el estado de su nueva adquisición pero, ¿puede afirmar honestamente que hizo todo lo posible por proteger a Curry de un posible episodio cardiaco? ¿Podría ser que Thomas, un redomado competidor al que no le ha ido demasiado bien en su etapa post-jugador, antepusiera sus intereses deportivos a la salud de un joven talento?

No soy quién para juzgar sí exigir una prueba de DNA a un empleado es ético o, siquiera, legal. Para eso están las cortes. Lo que sí puedo afirmar con toda certeza es que nadie, en toda la NBA, se preocupó más de Curry a nivel humano que Paxson y los Bulls. Ellos lo eligieron en el Draft y lo mimaron, deportiva y personalmente, durante cuatro largos años en la ciudad que le vio nacer. ¿Qué sentido tendría para ellos traspasarlo a justo ahora, cuando empiezan a recoger los frutos de una costosa inversión? ¿Si no les importará la persona, no habrían echado mano del jugador durante los Playoffs? ¿No le ofrecieron, tras su episodio, un contrato casi vitalicio que hubiera asegurado su bienestar, aun en el caso de no recibir nunca el alta médica?

Curry optó por hacer oídos sordos a las recomendaciones médicas, demonizar a su ex equipo, y asegurarse el futuro financiero con una franquicia puede vanagloriarse de generosidad económica y de respeto a la intimidad del individuo, pero no de responsabilidad por el ser humano.

Los Bulls no le ofrecieron una extensión de contrato sin ‘violar’ su derechos, se queja amargamente el jugador. ¿Algún otro equipo, aparte de Nueva York, lo hizo?

Esperemos, por el bien de Curry, que los médicos que le consideran apto para la práctica del baloncesto no hayan errado en su diagnóstico, y el joven pívot pueda tener una larga, fructífera y feliz carrera en la NBA, llegando quizás algún día a reflexionar sobre todo lo que pasó durante estos frustrantes tres meses.

De lo poco claro hasta ahora es que a Eddy le ha fallado el corazón, y en todos los sentidos.

Publicado por Alex Oller el 20 de Octubre del 2005 - 9:41 AM

¿Más es mejor?

Con su segundo campeonato de la NBA en los últimos tres años, quizás algunos pensarían que los San Antonio Spurs, habiendo aparentemente hallado la fórmula del éxito, se relajarían un poco.

Nada de eso, al menos en los despachos, donde el general manager RC Buford dio, no uno, sino dos golpes de efecto este pasado verano al hacerse con los servicios de dos de los agentes libres más cotizados del mercado. Aunque Joe Johnson era el mejor jugador disponible, los Spurs no iban a ganarle el pulso a Atlanta en cuanto a la oferta económica, y decidieron –siempre prácticos ellos– apuntar al siguiente nivel, reclutando al veterano escolta Michael Finley y el base Nick Van Exel.

No se trata, para nada, de nombres del montón, sino todo lo contrario, y los Spurs bien lo saben. Se han enfrentado al hábil y pundonoroso Finley en multitud de ocasiones cuando el nativo de Chicago defendía la camiseta de los Mavericks y luego al descarado Van Exel cuando se le unió en Dallas. Cuando el entrenador, Gregg Popovich inquirió a su estrella, Tim Duncan, sobre la posibilidad de fichar a ambos, el ala-pívot no cabía en sí de gozo, más que nada por que así no tendría que sufrirlos más como enemigos.

Evidentemente, ambos veteranos llegan a San Antonio lejos de su mejor forma, pero aún con plena capacidad para aportar cosas, y más a un equipo campeón. El hecho de haber recibido legítimo interés de otros equipos así lo confirma, especialmente Finley, del que se esperaba firmara con Phoenix, la franquicia que le eligió en el Draft hace 10 años. Pero el dos veces All Star optó por la ciudad del Álamo, una muestra evidente de que su hambre por ganar un título no ha disminuido.

El caso de Van Exel es parecido, aunque su caché no se acerca al de Finley por cuestiones, básicamente, de carácter. Más volátil que su compañero, ha cometido errores en el pasado, marcadamente en cuanto actitud, pero los Spurs no dudaron en darle un telefonazo, y mucho menos él a la hora de aceptar su oferta.

Y así, en menos de una semana de diferencia, San Antonio realizaba toda una declaración de intenciones, dejando claro que van a por el cuarto campeonato de su historia. Con dos jugadores de la experiencia y categoría de los dos ex Mavericks y el fichaje del argentino Fabricio Oberto –el verdadero ‘tapado’ del trío, tienen con qué atemorizar a la NBA, especialmente sus rivales de la Conferencia Oeste que, lejos de rearmarse, aparecen mucho más debilitados.

El problema, puestos a buscar inconvenientes, puede ser la falta de oportunidades para cada uno de los componentes de una superplantilla. Suponiendo que tanto Finley como Van Exel y Oberto acepten un rol menor que el que han asumido a lo largo de su carrera, en estos momentos San Antonio cuenta todavía con hombres como Beno Udrih, Brent Barry, Glenn Robinson y Rasho Neterovic que ansían jugar más que el año pasado.

¿Cómo resolverá Popovich, un hombre poco dado a la diplomacia y que ya redujo considerablemente su rotación durante los Playoffs, la papeleta de mantener a todos contentos y seguir plantando un equipo competitivo?

No hay duda de que los Spurs han ganado hasta ahora a base de mentalidad colectiva, exhibiendo una envidiable aptitud para orientar invidualidades por un bien común, pero hay que preguntarse si, esta vez, a Buford y Popovich no se les ha ido la mano con las agresivas contrataciones. En un año crucial para Tony Parker, en que debe dar un paso adelante si quiere ser considerado a nivel All Star, la llegada de Van Exel debería servir para apretar al francés, aunque es un riesgo cara al final de temporada, donde Popovich tendrá poco margen de maniobra para repartir minutos.

Como ya demostraron en las pasadas Finales, nunca hay que menospreciar a los Spurs pero, precisamente abandonando la fórmula que tanto éxito les ha reportado en el pasado, ellos mismos parecen poner en cuestión la validez de la estrategia que les llevó a la conquista de sus tres campeonatos anteriores.

Antes de entrar, hay que dejar salir, resume el dicho; y los Spurs no lo han hecho en este caso. Esperemos, por su bien, que más sí sea mejor para el reto que se les avecina y que, para sumar, no sea necesario restar.

Publicado por Alex Oller el 28 de Septiembre del 2005 - 11:21 AM

Enloquece el mercado

Estos son días de espera para los aficionados de la NBA, pues aún faltan dos meses para el inicio de la temporada. Días, horas y minutos que muchos intentan llenar con la rumorología propia del mercado veraniego; esa que sirve de muchas veces de esperanza, otras, de desquite.

Se llenan páginas de periódicos y minutos de televisión y radio con los últimos cuchicheos, demasiadas veces montando un teatro pasado de rosca que, pese a la escasa credibilidad de sus actores, nos sigue entreteniendo año tras año: allí están como ejemplo la renovación de Shaquille O’Neal por Miami o el fichaje de Larry Brownpor los Knicks. La televisión es la gran benefactora, habiéndose aficionado -y nunca mejor dicho- al gran despliegue mediático, con desfile de corresponsales, analistas y protagonistas que añaden sal y pimienta a los bulos menos verosímiles.

Donde ya nos pierden a la mayoría es cuando el mercado adquiere tintes tragicómicos, como está pasando ahora con la famosa nueva cláusula de amnistía aplicada por la NBA tras el nuevo convenio salarial. Con la ‘atractiva’ posibilidad de desprenderse de un jugador considerado ‘caro’ según las nuevas fluctuaciones, mediante el pago unilateral del contrato restante establecido, los equipos tienen la posibilidad de ahorrarse la temida ‘tasa de lujo’ aplicada por la liga.

¿Lo han entendido?

Yo tampoco. Intentémoslo de nuevo

Básicamente, resulta que una franquicia que considera tener demasiado dinero invertido en un jugador puede resolver el dilema pagándole para que se vaya a otra parte. El protagonista se embolsa el cien por cien del contrato y así el equipo no tiene que pagar, además, a la liga. La opción, esta pensada para alivianar a esos equipos que consideran haber realizado una mala inversión o, sencillamente, que un jugador rentable hace unos años les reporta más problemas que soluciones al rebasar el temido límite salarial, que obliga a abonar, dólar por dólar, el montante superado.

Lo que en principio debería contemplarse como un sencillo caso de apuesta/recompensa se complica a ojos de los aficionados más sensibles, que no pueden alcanzar a entender como, por ejemplo, los Mavericks vayan a apoquinar $51.8 millones a Michael Finley (por las tres temporadas que le restan de contrato), para que el talentoso escolta refuerce a los Suns, los Heat o hasta los Spurs. En caso de mudare a Miami, Finley supuestamente se embolsaría otros $5 millones más este año y, en caso de optar por la ciudad del Álamo, ‘sólo’ unos $2.5 millones.

¿Pero que son unos cuantos dólares menos cuando hay la posibilidad de jugar con Tim Duncan y ganar un campeonato como suplente de Manu Ginóbili?

Con todos los respetos para Finley, un excelente profesional y genial jugador a los largo de su carrera, semejantes cifras marean e indignan a cualquiera. Y más a un seguidor de los Mavs, que tendría –supongo– más de una objeción a una operación que raya en lo cínico.

Pero más vale que se acostumbre rápido, pues las nuevas reglas están ya en vigor y este es el panorama que se vislumbra, no sólo en el caso de los Mavs y Finley, sino en muchos más jugadores y equipos.

¿Para esto el tembleque de amenaza de huelga de los últimos meses? Puede que los propietarios y jugadores hayan alcanzado un nivel de convivencia necesario para todos y que las diferencias resueltas ensombrezcan las latentes. Pero para los no involucrados –salvo sentimentalmente– medidas como esta desconciertan; entre otras cosas porque, en un mundo lógico, Michael Finley seguiría felizmente con los Mavericks y ellos con él.

Locuras del mercado…

Publicado por Alex Oller el 23 de Agosto del 2005

Ya falta menos

El verano, con todo su esplendor y tiempo libre (para los más afortunados, claro) tiene su encanto y para muchos es la temporada más esperada del año.

Pero para los buenos aficionados al baloncesto, es un tiempo un tanto contradictorio, pues a la posibilidad de descansar los parpados y la mente durante unos tres meses se une una exasperante sequía del deporte que tanto amamos, a menos de que hayan Juegos Olímpicos o Mundiales de por medio.

Sí, el Draft de la NBA siempre es un buen aperitivo para los seguidores, que se paran ante el televisor como pocos para averiguar quien será el próximo referente de su equipo, pero lo que más nos gusta ver a todos son partidos de verdad, ¿o no?

Ante una espera que se hace eterna, la llegada del próximo calendario de partidos de la mejor liga del mundo el pasado lunes sirvió de excelente aperitivo para los fanáticos puesto que, a falta de juegos reales, nos podemos entretener un rato en vislumbrar el futuro de nuestras escuadras respectivas.

Soñar es gratis, amigos… Y al fin y al cabo, estos son tiempos de esperanza hasta para los menos afortunados. ¿Por qué los Bobcats, por ejemplo, no pueden empezar la temporada 2005-2006 con cinco victorias seguidas que convulsionen la liga? De eso se trata del deporte, ¿no? De sorprender con lo menos usual en el momento más inesperado.

Así las cosas, hay que ir abriendo boca, subrayando acaso los partidos más interesantes del año. Lo inesperado está bien, sí; pero tampoco a costa de que nos perdamos las citas obligadas.

La más esperada, una vez más, seguramente estará en Miami el 25 de diciembre, cuando los Lakers de Phil Jackson y Kobe Bryant se enfrenten a sus dos ‘ex’, Shaquille O’Neal y el gerente Pat Riley, en el American Airlines Arena. ¿Había acaso un mejor regalo de Navidad para los más morbosos? Y en la misma fecha que el año pasado… ni en Hollywood escriben guiones así.

La cosa no se queda allí, pues la jornada navideña ofrece un ‘doubleheader’ espectacular, con el consiguiente choque entre los Pistons y los campeones Spurs. Los dos finalistas del 2005 apenas tendrán tiempo de desenvolver los regalos de Santa Claus antes de retarse en la cancha y, si el partido resulta tan reñido como en las pasadas Finales, tardarán un buen rato en poder disfrutarlos.

Claro que para los cínicos, no debe haber nada mejor que el Knicks-Pistons del Palace de Auburn Hills el 2 de ese mismo mes. Retorna entonces Larry Brown a Detroit bajo la sombra de su gerente, Isiah Thomas, que a su vez se enfrenta a su homónimo y ex compañero en los ‘Bad Boys’, Joe Dumars. ¿Cómo recibirán al técnico los voraces seguidores de la Motown?

Probablemente mejor que a los Pacers de Indiana y Ron Artest, que volverá al pabellón en que jugó por última vez el 23 de febrero, exactamente 430 días después de la lamentable trifulca que provocó su suspensión la temporada pasada.

Los equipos más televisados a nivel nacional serán precisamente los Heat y los Lakers, con 24 retransmisiones cada uno, aunque habrá otras historias dignas de atención, como la progresión de equipos jóvenes como los Bulls o los Magic en el Este, la revolución en torno a LeBron James en Cleveland o la reacción de unos Pacers que no contarán con Reggie Miller en el plantel por primera vez en 18 años.

Con impredecibles movimientos en el mercado aún pendientes, en el Oeste no habrá que perder de vista la evolución de unos remodelados Suns sin Quentin Richardson y Joe Johnson, en el que Steve Nash querrá demostrar que su condición de MVP en 2004-2005 no fue casualidad y Amare Stoudemire, que su excelente rendimiento en Playoffs es sólo la punta del iceberg. Dirk Nowitzki tendrá por delante un gran reto en Dallas sin Michael Finley a su lado, y ojo con los renovados Grizzlies en la misma división, con un Pau Gasol físicamente entero y la dirección del siempre innovador Mike Fratello desde la jornada inaugural.

Muchas historias, muchos partidos y muchas fechas, pero sólo una que realmente nos importe en estos momentos: precisamente la de ese 1 de noviembre. El pistoletazo de salida que nos despertará del largo sueño para recaer en ese insomnio baloncestístico que tanto nos apasiona: la temporada regular de la NBA.

Publicado por Alex Oller el 20 de Agosto del 2005