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Norm Van Lier: Siempre Tormentoso

Por Sam Smith | 6 de junio de 2009
Norm Van Lier

Norman Allen Van Lier III nunca se sintió apreciado a pesar de su deseo de dar siempre todo lo que llevaba dentro.

Fue un verdadero ‘Chicago original’, que casualmente llegó de las montañas del Oeste de Pennsylvania. Locutó con más fuerza de la que muchos empleaban jugando, y nunca se cortó a la hora de hacérselo saber. Siempre defendió a los pequeñitos, y lo amamos por ello.

Norm estaba solo cuando murió, apenas unas horas antes de que otro ‘original’ de Chicago, Johnny ‘Red’ Kerr, falleciera tras una batalla con el cáncer de próstata. Chicago rindió homenaje a la vida de Kerr en un tributo conmovedor en el United Center a principios de febrero, pero aún en esa magnífica ocasión, Norm se sintió menospreciado; fue un caso clásico de ‘Norm haciendo de Norm’. Sin percatarse, no le pidieron que se sentara entre una larga lista de dignatarios de los Bulls, que sí incluía a algunos de sus ex compañeros de equipo, en el círculo central. Norm se sintió profundamente herido por la exclusión, y no pecó de tímido esa misma tarde en la televisión a la hora de sincerarse con la gente. Me sentí triste por él esa noche, pero admito que sonreí, también. ¿Por qué? Porque Norm andaba siempre en busca de ese pedacito adicional de reconocimiento, siempre procurando resarcirse de una cierta injusticia, verdadera o imaginada, prevista o involuntaria.

Norm no había sido llamado a convertirse en una superestrella mundial del baloncesto. No tenía ninguna gran habilidad particular, con excepción de su actitud de currante y, como solemos decir, de su corazón. Nadie ha determinado todavía los motivos de su muerte, aunque asumo que fue ese gran y maravilloso corazón suyo, que permitió que hiciera amigos fácilmente, el que dijo basta. Norm, simplemente, se empeñó en ser tres veces All Star de la NBA y lo consiguió a base de trabajo y tenacidad. Porque pese a lo amistoso y sociable que se mostraba fuera de la cancha y de las cámaras, cuando los focos estaban encendidos, Norm actuaba como si todos fueran a por su puesto de trabajo, y estaba decidido a luchar por él; a base de esfuerzo o con los puños apretados.

Si Norm hubiera tenido las habilidades y el tamaño de algunos de los chicos con los que jugó, habría sido uno de los mejores jugadores de la historia. Si no hubiera poseído esa voluntad inquebrantable, sólo habría sido otro chico trabajando en las minas de carbón de Pennsylvania. En cambio, fue un imponente ‘seis pies’ que vivía en tierra de gigantes. Nunca les contempló con inferioridad, sino que más bien miró a todo el mundo a los ojos.

Salen grandes jugadores de fútbol americano en Pennsylvania; alias, país de Ditka. ‘Iron’ Mike ciertamente podría identificarse con alguien como Norm Van Lier. Y pese a ello, Norm nunca fue realmente célebre como Ditka.

De nuevo, el menosprecio.

Phil Jackson jugó en esos grandes equipos de los Knicks de los tempranos años 70 que eran el modelo del baloncesto de equipo, con Walt ‘Clyde’ Frazier y Earl ‘The Pearl’ Monroe aportando estilo, y Dave DeBusschere y Willis Reed poniendo agallas. Jackson dijo que no eran los Lakers de Chamberlain o Milwaukee, con Kareem Abdul-Jabbar, a quien Nueva York odiaba enfrentarse. Era el cuarteto de contusión del Chicago de Van Lier y Sloan, Walker y Love. Según Jackson, ningún otro equipo en la liga jugaba con mayor entrega que esos duros Bulls. Todo ello era debido a Van Lier, cuyo apodo, ‘Stormin Norman’ , significaba bastante más que una rima ingeniosa.

Juntos hicimos un show radiofónico en los tempranos años 90. Había estado pensando en probar como tertuliano, como muchos de mis colegas de la prensa deportiva por aquel entonces. Quedé con uno de los ejecutivos de radio la emisora local y me dijo que, de hecho, buscaban a alguien para formar equipo con Norm en su franja horaria de las 11:00 P.M. a 2:00 A.M.

“Hey, me acuesto tarde”, dije.

Me emplearon rápidamente, pero no resultó tanto que la emisora anduviera enamorada de mis talentos oratorios. Deseaban a alguien que, bueno, pudiera mantener tranquilo a Norm. Parece ser que cuando ‘Tormentoso’ trabajaba a solas, a menudo despotricaba. Y bueno, todos hemos oído las broncas de Norm, y bien que podía animarse entrada la madrugada, especialmente si no tenía a nadie alrededor que lo calmara un poco.

De todas formas, me uní a Norm en las ondas durante casi seis meses, y juntos nos lo pasamos bomba. Atenderíamos algunas llamadas telefónicas y, de repente, explotaría. A veces yo ofrecería una contra opinión sólo para buscarle las cosquillas y Norm saltaría literalmente sobre su silla, golpeando su escritorio y descolocándose los auriculares. Discutiríamos, pero nunca –ni una sola vez que- la cosa se puso fea u hostil. Era feroz, pero era también muy divertido. Jamás tuvimos ningún problema, ni él incumplió nunca a la hora de invitarme a probar un bocado después de acabar el programa.

Saben, la noche sólo acababa de empezar para Norm a las dos mañana.

Amó la vida y la inhaló profundamente.

Pasear a través de la avenida Michigan junto a Norm Van Lier era como vivir el saludo de aquella serie de Cheers. De todas direcciones, oiríamos a alguien gritar, ‘¡Norm!’. Todo el mundo se sentía como si le conociera, y él parecía detectar también esa conexión. El Norm genuino estaba interesado en la gente y lo que tenía que decir. Nunca se sintió especial. Se identificaba al máximo con el chico que se partía el lomo en el trabajo y aún así era maltratado por sus jefes.

Norm también amó la música, especialmente Boz Scaggs y, previsiblemente, los Rolling Stones. Amaba su pasión.

Chicago entendía claramente a Norm porque es el ‘Second City’. Norm sentía que no podía alcanzar el estrellato o codearse con los peces grandes. Pero nunca aceptó ser menos que ellos y metía siempre el pie en la puerta a modo de recordatorio que no iba a desaparecer. Norm era como nosotros. Nos amaba porque entendía, si bien no aceptaba, el rechazo.

Como Norm, Johnny ‘Red’ Kerr fue también un chico de Chicago, pero de manera distinta. Al contrario que Norm, Johnny nació y fue educado aquí. Pero, también como Norm, abrazó la ciudad en un achuchón compartido, revelador de su afecto y comprensión. Johnny sonreía constantemente; Norm sonrió mucho también, pero al igual frunció el ceño ocasionalmente. Ambos eran hombres amables.

Y Johnny, aunque menos categórico, no fue ni más ni menos. Estaba claramente cerca de la muerte cuando reunió toda su fuerza para esa noche final en el United Center. Uno se reía con Johnny, y también se enfadaba junto a Norm.

Ahora somos nosotros los que nos dolemos. Tristemente, los Bulls han perdido a dos gloriosos miembros de su familia baloncestística. Y, a la vez, nosotros hemos perdido a dos de nuestros mejores y más estimados amigos.