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Sam Smith recuerda la temporada 1990-1991

Sam Smith reflects on the 1990-91 season

Por Sam Smith

Fue el primer campeonato para mí.

Ese título de los Bulls en 1991 fue un viaje impresionante y una de las temporadas deportivas más grandes y, realmente, inesperadas. A pesar de lo que estaban progresando los Bulls y la grandeza de Michael Jordan, no se preveía en Chicago. El Chicago Tribune, donde yo trabajaba entonces, apenas prestó atención. Era básicamente el único periodista que trabaja en la cobertura, aunque el extraordinario columnista, Bernie Lincicome, estaba enamorado de Jordan y el baloncesto, y venía a menudo.

Yo llevaba alrededor de los Bulls desde que Jordan llegó en 1984, incluso pasé un día junto a él durante su primera semana en Chicago para un artículo de la revista. Venía haciendo trabajo de relleno en la NBA, en primera instancia para el gran Bob Logan y, a continuación, Bob Sakamoto. Finalmente me hice cargo de la cobertura del equipo en la temporada 1987-88.

Sam Smith circa 1991

Entonces no había vuelos ‘charter’ para el equipo, y un ambiente familiar rodeaba la NBA. Jordan ganaba menos de un millón de dólares por temporada, lo que parecía mucho en esos tiempos. De hecho, aún lo parece.

La vida era informal en la NBA. Un periodista viajando con el equipo formaba parte del grupo. Te preparabas tu propio viaje, pero lo coordinabas con el calendario del equipo. Así que volabas en los mismos vuelos comerciales, permanecías en el mismo hotel, más Sheratons y Marriotts que los Four Seasons y Ritz Carltons de hoy. Te subías al autobús del equipo. De hecho, la liga te permitía en el bus de cualquier equipo. Como periodista acreditado, y los regulares no éramos muchos, podías subirte a cualquier autobús yendo desde o hacia un entrenamiento o un aeropuerto, ya que los equipos a veces coincidían en hoteles y ciudades.

La disposición de viaje eran 12 asientos de primera clase para los jugadores activos y el resto, atrás, en clase regular. Normalmente, me las apañaba para sentarme junto a Phil Jackson, Johnny Bach o Tex Winter, y allí es donde realmente aprendí de baloncesto. Tex llevaría el libro que escribió sobre la ‘ofensiva del triángulo’ y repasaría diagramas conmigo. Una vez me dejo un libro para que pudiera estudiármelo en casa. Cuando lo miré de cerca, me di cuenta de que era el que le había firmado a su madre.

Ese era el viejo Tex, sólo un buen tipo que amaba el baloncesto, como la mayoría por aquel entonces. Puedes sacar al chico de la pobreza, pero a veces no puedes sacar la pobreza del chico. La tarea de ojear era bastante informal por aquel entonces. El personal era mucho menor y los presupuestos, más ajustados. Normalmente, un asistente saldría con antelación para espiar el próximo rival. Recuerdo una vez que estuvimos en Nueva York, teníamos otro partido más adelante con los Nets, y el equipo quería que Tex fuera a Nueva Jersey para echar un vistazo a los Nets. Tex insistió para que el autobús del equipo le dejara en la terminal de la Autoridad Portuaria para tomar un autobús. No, no, insistió Phil. Por favor, pide un taxi. Tex se negó, dijo que era demasiado caro, incluso aunque pagara el equipo. Tex simplemente no podía justificar un taxi de 35 dólares cuando costaba 4 dólares ir en autobús.

Tex es un candidato al Salón de la Fama de esta temporada y espero que logre entrar. Sufrió un grave infarto unos años atrás y me gustaría mucho que lo viera.

Johnny, el gran narrador, resultaba apasionante con sus batallas de guerra, cuando luchó en el Pacífico Sur, y también jugando en la NBA en la década de 1940. Conocía a todo el mundo y cada una de las jugadas ejecutadas.

Yo había conocido a Phil unos años antes de encargarme de la cobertura de los Bulls, cuando andaba realizando un reportaje sobre la CBA y él estaba en Albany. Había pasado un fin de semana con él y mantuve el contacto, ya que siempre tenía una manera de ver las cosas que nunca se me habría ocurrido, pero que solía tener sentido. Era realmente tímido, un trazo que muchos confundían con arrogancia, dada su naturaleza controvertida como ‘flower child’ de la década de 1970. Las conversaciones con él ejercían de laboratorio sobre comportamiento humano, y me hicieron pensar en escribir un libro sobre esa temporada.

Siempre pensé que el mejor libro de deportes que jamás leí fue ‘The Breaks of ‘he Game’, y el mejor escritor de deportes que jamás leí fue David Halberstam. Me preguntaba si podría hacer algo así, aunque sabía que nunca con la misma elegancia. Phil siempre me hablaba del talento que había en la liga, pero también siempre de muchas cosas más que formaban parte de un equipo, el bienestar del grupo, como le gustaba decir.

Cuando eras uno de los habituales que viajaba con el equipo entonces, eras, si no parte del grupo, un prominente apéndice. La vida en la carretera no era tan glamorosa y la pandilla de Jordan la formaban tres chicos: Fred Whitfield, que sigue con él en Charlotte, Fred Kearns y Adolph Shiver. Viajaban a algunos partidos, pero no podían permitirse el lujo todo el tiempo. Por lo tanto, Jordan nos invitaba a algunos a pasar el rato y jugar a las cartas. Mi compañero Lacy Banks, del Sun-Times, participó en algunas intensas partidas con Jordan, al que yo siempre le decía que no pensaba jugar con un tipo que gana un millón de dólares cuando a mí me estaban pagando 25.000 dólares. Una vez le dije que yo pondría mi salario como porcentaje de sus apuestas. Entonces gruñiría, me llamaría cosas feas, y él y Lacy se lanzarían a por otra tanda. No, yo no era el tipo de competidor que fue Jordan.

Sé que cuando escribí ‘The Jordan Rules’ algunos sintieron que era demasiado duro con Jordan. Pero yo no lo vi así. Lo vi como un chico entrañable, el clásico hombre de hombres, con el que te gustaba pasar el rato pero que también te podría frustrar con su poderosa personalidad. Siempre aprecié lo bueno de él y disfruté de su padre, James, quien ejercía de sabio apoyo y efecto tranquilizador cuando Michael se frustraba.

“Dadle tiempo, estará bien”, aconsejaba James a quienes rodeaban el equipo cuando aparecía la ansiedad.

Sólo puedo imaginar cuánto le echa aún de menos.

A Michael nunca le gustó demasiado enseñarle a nadie ese lado más blando. Pensaba que, si mostrabas debilidad, tu rival en algún momento lo utilizaría contra ti. Era parte del desafío constante a sus compañeros de equipo. Aunque fue duro con ellos a menudo, también fue un líder verdaderamente notable, y los líderes no suelen ser tipos agradables. Sabemos donde acaban esos chicos majos.

Cuando llegó por primera vez a los Bulls, proveniente de ese sistema de deferencia a los ‘seniors’ en Carolina del Norte, llegó preparado para deferir y nunca dijo demasiado, un tanto aislado y quedándose con un amigo o dos. En primer lugar, Rod Higgins y, a continuación, Charles Oakley. Finalmente, quedó claro que los Bulls tendrían que construir alrededor suyo y tanto su talento como él saldrían a relucir.

Recuerdo como decía a menudo que el temprano éxito le dio confianza. Miren, fue un anotador de 17 puntos en la universidad. No sabía.

Jordan y Magic

Pero se hizo famoso rápidamente. Y a pesar de que me había dicho en esa primera entrevista de 1984 que tomó clases de economía doméstica porque siempre se sintió muy feo como para atraer a una mujer –de verdad– , se acabó convirtiendo un ídolo nacional. Los equipos de la NBA hacen mucho trabajo con instituciones de beneficencia y Michael estaba pasando a ser uno de los favoritos del programa ‘Make a Wish Foundation’, donde niños con enfermedades vienen de visita.

Puedo recordar varios casos de aquellas niñas que llegaban, miedosas y ansiosas; como se acercaban, nerviosas, hacia él. Entonces se agacharía, les daría un abrazo, hablaría con ellas como si compartieran la misma edad, firmaría un par de cosas, posaría para una foto. Grandioso. Entonces se giraría hacia alguien, a veces intentando ocultar una lágrima, y le preguntaría cómo podía jugar partido tras ver a un niño así.

Eran realmente niños por todas partes.

Seguía siendo una clase de niños en su mayoría, como muchos equipos, y recuerdo cómo Phil los trataba a veces como una congregación, ya que sus padres eran pastores y él, un sabio de la vida. Todo el mundo volaba entre ciudades de corta distancia como Houston y San Antonio y Seattle y Portland. Pero nosotros viajábamos en autobús. Phil siempre quería que vieran cosas, que tuvieran preguntas sobre el mundo.

Todavía recuerdo vivamente cuando se declaró la primera Guerra del Golfo durante la primera temporada de campeonato, en enero de 1991. Estábamos en Atlanta y todos nos preguntábamos, mientras pasábamos la casi nula seguridad del aeropuerto, qué sucedería. ¿Estábamos en guerra? ¿Podrían llegan aquí? Nah, en absoluto vendrían a Atlanta.

No llegué a sentarme en las reuniones de equipo, aunque vi entrenamientos cuando el equipo utilizaba el club deportivo Multiplex en Deerfield. Phil odiaba ver a alguien en la cancha de entrenamiento, porque era tierra sagrada para él, así que lo miraba desde fuera. No había cortina alguna y la sala de pesas era para los miembros. Era todo muy igualitario.

Cuando quedó evidente que Estados Unidos había repelido a Saddam, el argumento era si entrar o no en Bagdad. A Phil le gustaba introducir acontecimientos actuales en el vestuario, y les preguntó a los jugadores que es lo que pensaban. Los niños – Jordan, Pippen, Grant– querían bombardear, arrasarlos.

Phil formuló preguntas. ¿Qué sucede si lo hacemos y, a continuación, los niños de esas personas crecen y un día plantan una bomba en el túnel Lincoln? Que premonitorio fue aunque, en aquel entonces, todos pensábamos que tal cosa era imposible.

Pero estaba el baloncesto y la vida y Phil sentía una responsabilidad con respecto a su rebaño para prepararlos para los grandes partidos y más allá. Pensé en escribir un libro sobre él. Carajo, nadie estaba realmente interesado en Jordan.

Aunque parezca sorprendente ahora, cuando decidí que este grupo de personalidades era demasiado intrigante como para reducirlo a artículos de periódico, encontré a una agente, una excelente editora especializada en deportes, Shari Wenk, y escribí un capítulo de muestra. Lo llevó a varios editores de Nueva York y fue sumariamente rechazada. Varios preguntaron sobre quién era yo, y lo entendí.

Otros dijeron que Jordan era tan sólo un anotador de baloncesto del Medio Oeste. ¿A alguien le importaba de verdad? Sí, sigo teniendo esas cartas. Por último, una editorial, Simon y Shuster, dijo que podrían apostar por un libro regional. Por supuesto, al final todos tuvimos suerte. Los Bulls ganaron y Jordan, en lugar de romperse un tobillo, se ganaría el respeto deportivo de América.

El libro fue un gran éxito. Todavía me siento orgulloso de haberlo escrito y no cambiaría nada, excepto para añadir un agradecimiento a Jerry Krause, al que dejé fuera porque entonces no estábamos en buenos términos. Pero, al contener pasajes sobre las imperfecciones de Jordan, algo no aceptado en ese momento, se convirtió en fuente de controversia; y mi persona, en parte de la historia. Justo lo que un reportero nunca quiere ser. Mi antiguo colega del Sun-Times, Jay Mariotti, escribió una serie de columnas declarando que el libro iba a destrozar el equipo y nunca más volverían a ganar. Estaba resultando algo impopular, aunque los Bulls y Jordan lo hicieron bastante bien después de la publicación en octubre de 1991 y quedé liberado.

Decidí escribir el libro porque quería contar sus historias. Me encantaban esos chicos y su búsqueda, y cuando ganaron ese campeonato debí sentirme feliz, que no incluido en la celebración.

Aunque la esposa de Phil, June, una de mis favoritas, me dio un abrazo en el vestuario, ya que a los familiares se les permitía entrar por entonces. Krause me dio un abrazo, también. Y se lo devolví. Fue ese tipo de momento. Recuerdo como Krause contaba los partidos de 15 hasta un campeonato y, tras cada victoria, buscaba a Craig Hodges, lo abrazaba y decía cuántos quedaban, como: "¡10, ‘Hodgy’!"

Miren, no hay nada como esa primea vez en la vida, la primera cita, el primer coche, el primer beso, el primer campeonato. Ese fue el mejor. Estaba allí para todos, por todos los partidos y las celebraciones y nunca se repitió la alegría de aquella primera vez . Hemos visto muchas veces las imágenes del vestuario y Jordan, en lágrimas.

También significa mucho más cuando es inesperado. Los Bulls no debían ganar antes del inicio de la temporada o antes de la final.

Nadie realmente habló mucho de un campeonato esa temporada. Siempre fue Detroit, Detroit, Detroit. Era casi como si no hubiera ninguna final. Además, no era la hora de los Bulls, de todas formas.

La ruta general entonces en la NBA pasaba por llegar a la final y perder, una manera de pagar tus cuotas y obtener experiencia y, luego, poder dar el salto. Nadie llegaba a la final por primera vez y ganaba. Y Portland estaba siguiendo el camino correcto. Perdió en la final frente a los Pistons en 1990 y, acto seguido, comenzó la temporada arrasando, abriendo con un balance de 19-1 en la temporada 1990-91.

Recuerdo hablar con el directivo asociado de los Bulls, Jerry Reinsdorf, al principio de esa temporada y, como he constatado en la mayoría de directores generales y propietarios, generalmente piensan que va a pasar lo peor con sus equipos. La mayoría ya se han sentido decepcionados anteriormente, así que les viene de forma natural. Así que estábamos hablando de la temporada y el campeonato y, como todos alrededor de los Bulls, Reinsdorf dijo que no le preocupaba ningún título. “Portland va a ganar de todas formas”, dijo. Todo el mundo lo sabía.

Pippen y Kerr

Para mí, también era el mejor y más talentoso de los seis equipos campeones. Sí, ganaron más partidos en 1996, y el equipo se posicionó entre los mejores de todos los tiempos. Pero, para mí, el más talentoso fue el equipo de 1991. Sólo que nunca se dieron cuenta de lo talentoso que eran hasta que lo estaban haciendo. A menudo, cuando estás en medio de la historia, nunca crees que es tan especial porque estabas allí.

Jordan y Pippen estaban atléticamente en su cima, lo que no puede decirse acerca de cualquiera de los equipos del segundo ‘Threepeat’. De 1996 a 1998, eran más inteligentes y más experimentados, pero no se acercaban en talento. Dennis Rodman estaba a años luz del atleta o jugador ofensivo que fue Horace Grant.

Además, en 1991 estaban unos saludables Bill Cartwright y John Paxson, antes de que empezaran a romperse con lesiones. Si algún equipo de los Bulls podía competir con ellos fue el del año siguiente, aunque me quedo con la desesperación del equipo de 1991.

Y nunca fue fácil esa temporada: comenzando 0-3 de entre todas las cosas, dos de esas derrotas en casa, perdiendo feo en Detroit justo antes de Navidad en la primera revancha del séptimo partido de las Finales de Conferencia, otro frágil 4-3 en el ‘viaje del circo’. Pero, cuando lograron acoplarse tras la pausa del All-Star, empezaron a arrasar la liga: 12 victorias en sus últimos 16 partidos fuera de casa, rachas de 11 y nueve victorias al hilo, 20 de 21 en un momento dado. Jordan anotó al menos 40 puntos en tres de los últimos cinco últimos encuentros de la temporada.

¿Y qué tal abrir los Playoffs con una victoria de 41 puntos? ¿Barrer las primeras y terceros rondas y ganando 4-1 en las Semifinales de Conferencia y Finales de la NBA? Acabando 15-2 en los Playoffs, mientras que el equipo de 1992 tuvo siete derrotas de Playoffs y apenas sobrevivió un toma y daca de siete partidos con los Knicks en las Semifinales de Conferencia. Ningún equipo de Playoffs de los Bulls fue tan dominante frente a la competencia de nivel superior.

Esto era Magic y los legendarios Lakers.

Los Playoffs se desenfocan para todos. Pero, llegados los Playoffs, el equipo consiguió un avión charter y tuve que espabilar, persiguiéndoles a todas partes. Para ofrecer algo de perspectiva de lo poco que los medios de comunicación creían en los Bulls, sólo Bernie Lincicome y yo estábamos viajando durante los Playoffs. En 1998, el Tribune había asignado 16 periodistas. Claro que los periódicos nunca intuyeron demasiado bien el futuro.

El resto de la nación tampoco consideraba gran cosa a los Bulls.

Nosotros sabíamos, y empezamos a creer; al menos los pocos que cubríamos al equipo regularmente en Chicago. Un sentimiento de confianza fue creciendo como nunca habíamos visto antes y la mayoría estábamos seguros de que el equipo le ganaría a los Pistons, incluso aunque todo el mundo se preguntara si algo acabaría pasando, como pasaba siempre.

Obviamente, cuando los Bulls se pusieron arriba por 3-0, la serie estaba finiquitada. Fue Jordan quien provocó la salida antes de tiempo de los Pistons con su increíble sesión ante la prensa después del entrenamiento, el día de descanso entre los partidos 3 y 4. Había sido golpeado y golpeado tanto por los entonces ‘Bad Boys’ que aún le hervía la sangre, a pesar de que la serie estaba decidida. Michael era un provocador verbal de clase mundial, como ya sabemos, y ese fue probablemente su mejor día.

Por lo general, decía lo políticamente correcto a la prensa, pero poco le importaba ya a esas alturas. Se lanzó con ese notable soliloquio sobre los Pistons y lo indignos que eran como campeones debido a su forma de jugar y cómo habían llevado la falta de respeto al baloncesto. Fue inaudito, una rajada increíble, y los periódicos de Detroit llenaron sus páginas con ello al día siguiente. Sabía que los Pistons iban a hacer algo, aunque nunca esperé eso.

Y así como nos estábamos preparando para las Finales miré de arriba abajo los emparejamientos para los partidos que hacen todos los periódicos y comencé a darme cuenta de que de ningún modo los Lakers podrían ganar, que los Bulls eran demasiado atléticos.

Esas selecciones de los reporteros son por pura diversión y debate, pero la prensa de L.A. tiende a considerarse a sí misma un poco demasiado en serio, un rollo presumido típico de L.A., si se quiere. Si ves los premios de la Academia, lo entiendes. Elegí a los Bulls en cinco, dándoles ventaja, según recuerdo, únicamente en el emparejamiento entre Magic y Paxson.

Los medios de comunicación de L.A. estaban furiosos. Les gustaba referirse a nosotros en Chicago como Mayberry.

Y así, cuando Perkins clavó aquel triple para ganar el primer partido, yo estaba trabajando en la cabina de prensa de hockey, donde nos sentamos en el antiguo estadio de Chicago. Brian McIntyre, el entonces relaciones públicas de los Bulls que luego se convirtió en legendario jefe de medios de la liga, se dirigió hacia mí, riéndose acerca de mi selección.

"Todo según lo previsto”, soltó con una carcajada.

Tengo que admitir que vacilé un poco en ese momento.

Pero entonces los Bulls arrasaron absolutamente a los Lakers en el segundo partido. Y cuando Jordan envió ese tercer choque al tiempo extra y los Bulls ganaron, sabíamos que ya estaba. Imagínense: los Bulls ganando el campeonato de la NBA.

Debía limitarme a observar y escribir, pero esa escena de vestuario fue más para mí como ver que algo maravilloso le pasa a tu familia tras mucho sufrimiento. Hubo tanta alegría y alivio y amor. Me mantuve de pie, observando la escena a mí alrededor, los abrazos y risas y sonrisas. Fue probablemente el último momento inocente para ese equipo, con las presiones, el escrutinio y la vorágine constantemente en torno a Jordan, y la interacción entre la directiva, el equipo, y la prensa.

Ese fue sólo sobre baloncesto y competencia y lo que era lo mejor para el deporte. No se habían vuelto iconos y celebridades mundiales todavía. Eran sólo un grupo de chicos disfrutando de un juego.

Fue un año maravilloso.



1990-91 Bulls