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Red Kerr: Johnny, sé bueno

Por Brett Ballantini | 6 de junio de 2009


Johnny 'Red' Kerr

Alabamos el ballet clásico del baloncesto, el descenso y ascenso y remolino de movimiento constante que abarcan la máxima belleza deportiva.

Y aún así hay cierta virtud en el hecho de ser simplemente anunciado en la formación titular frente a una modesta muchedumbre de asiduos. Hay elegancia en la línea de montaje y producción de la pintura. Hubo una época en que las contusiones y los cortes y los huesos rotos incluso, fueron envueltos en cinta de esparadrapo. ¿La lista inactiva? No a menos que estuvieras muerto. Hubo, de hecho, la vieja escuela antes que los ‘afros’ sueltos y la dinastía de los Boston Celtics.

Éste es el mundo que dio luz a Johnny ‘Red’ Kerr. Dijo más de una vez que no sentía mayor emoción en su carrera que cuando, simplemente, era anunciado en el quinteto inicial antes de cada partido. No se puede ser más puro en el amor al juego que eso.

Una fotografía de Kerr, el jugador, no encaja en nuestra idea de belleza. Danny Biasone es más conocido por ser el inventor del reloj de los 24 segundos de tiro, que por ser la persona que cayó enamorada del gancho de Kerr en un partido de All Star en la universidad y lo convirtió en una elección de primera ronda del Draft para sus Nationals de Syracuse. Biasone eligió a Kerr, no por su estilo y elegancia, sino porque necesitaba desesperadamente a un pívot, y bien que podía Kerr clavar un gancho.

Kerr y Wayne Embry, otro pívot de la edad de oro no precisamente reputado por su vistoso juego de pies, atestiguan el hecho de que eran los terceros y cuarto mejores postes de la NBA. ‘Red’ y ‘The Wall’, por supuesto, andaban por detrás de Wilt Chamberlain y Bill Russell en el panteón de pívots de los años 60 y, según las propias palabras de Kerr, “quedaba bastante espacio” entre uno/dos y tres/cuatro.

¿Entonces porqué homenajear a ‘Red’ Kerr, un punto o una coma en una oración llena de puntos de exclamación? Enumeremos las razones:

Michael Jordan. Scottie Pippen. John Paxson. Bob Love. Dolph Schayes. Al Bianchi.

Oh, y por último, pero no menos importante, un aguerrido seguidor de los Bulls y jugador de baloncesto a tiempo parcial de cierta prominencia, el presidente Barack Obama.

El 10 de febrero, miembros del Salón de la Fama, de la realeza de los Bulls y, sí, el líder del mundo libre, rindieron tributo a un hombre cuya presencia aseguró el éxito de una franquicia que ahora está celebrando su 43 cumpleaños. Sin ‘Red’ Kerr, no habría banderas de campeonato colgando en Chicago. Sin ‘Red’ Kerr, Chicago todavía sería famoso por Al Capone, no ‘Air’ Jordan. Y sin ‘Red’ Kerr, habría mucha menos alegría en esta ciudad de anchas espaldas.

Fue su ex compañero de equipo, miembro del Salón de la Fama y mejor amigo, Dolph Schayes, quien inauguró con estilo el tributo a Kerr, al parecer, todavía sorprendido por la elegancia de un pívot tan “larguirucho” (en palabras del presidente Obama).

“De verdad, deberían haber visto jugar a Johnny”, dijo Schayes a la hinchada que llenó las butacas del United Center. “Era el pívot más pulido en el poste alto de la historia del baloncesto. Podía tirar, pasar el balón, y rebotear frente a los mejores, y Johnny colocaba los mejores bloqueos del mundo.”

Jerry Colangelo, que inició su carrera directiva con los Bulls al mismo tiempo que Kerr comenzó su carrera de entrenador en Chicago, presentó a Kerr el trofeo John W. Bunn 2009 del Salón de la Fama al reconocimiento a una carrera. Pero Colangelo, investido en 2004 al Salón de la Fama, expresa a menudo su sorpresa de que Kerr todavía no haya sido incluido correctamente en el Salón.

“Se pueden decir muchas cosas sobre Johnny Kerr, y todas ellas buenas”, dice Colangelo. “He pasado cuatro décadas en la NBA, y nunca he encontrado a una sola persona que haya tenido algo malo que decir sobre él. Era un verdadero embajador para nuestro deporte”.

El simpático escocés era demasiado modesto como para realzar su propio curriculum vitae, y no muchos de los que superen los dos metros de altura van a rogar por un puesto en el Salón de la Fama del Baloncesto. Pero con sus logros baloncestísticos preservados ya en ámbar, culmina el período para que los restantes reconozcamos a este fuera de serie pasado por alto de forma criminal.

‘Red’ Kerr ganó un título en su primer año como jugador de instituto, como universitario y como profesional. En el Tech Tilden de Chicago, ganó un título municipal en 1950, después de que su espectacular crecimiento incitara a un traslado del campo de fútbol a la cancha de baloncesto. En la universidad de Illinois, la prodigiosa anotación de Kerr llevó a los Illini a un título del Big Ten en 1951-52 e impulsó un carrerón a la Final Four de la NCAA, donde fueron eliminados por St. John’s.

Con los Syracuse Nationals en 1954-55, ‘Red’ jugó cada partido, logrando un promedio de 10.5 puntos y de 6.6 rebotes en apenas 21.2 minutos, y contribuyendo generosamente al único título que celebrarían los Nats en toda su historia. Kerr promediaría a partir de allí un doble-doble en ocho temporadas consecutivas y acabaría su carrera con un promedio de 13.8 puntos y 11.2 rebotes.

El aspecto más notable de la trabajada carrera de Kerr no fue otro que la consecución del más currado de los récords, el de partidos consecutivos jugados. En 11 campañas seguidas, Kerr jugó en cada uno de los partidos. Tampoco faltó nunca a un choque de Playoffs, aunque esos no sumaron en su cuenta oficial de ‘ironman’. En su temporada final, a la edad de 33 –viejo, según los antiguos estándares de la NBA- ‘Red’ finalmente faltó a su cita con el parqué, rompiendo una racha de 844 partidos jugados de forma consecutiva. La marca de 844 encuentros fue aún más notable por el hecho de que se jugara en una época en que las resacas frecuentaban a menudo los saltos iníciales y los tobillos torcidos se helaban en nieve.

Ahora, muchos recuerdan que Kerr poseyó la racha de partidos consecutivos de la NBA durante 17 años, pero pocos conocen la historia verdadera de su quiebra. De hecho, más notable que la duración fue la manera en que terminó, sin razón alguna de peso. Durante la última campaña de Kerr con los Baltimore Bullets, fue entrenado por su ex compañero de equipo en los campeones Nats, Paul Seymour. Seymour decidió por cuenta propia que la racha de partidos consecutivos de ‘Red’ era una distracción para el equipo (3-7 por entonces y destinado ser barrido en la primera ronda de los Playoffs), así que le dejó en el banquillo por una noche. Así pues, en verdad no había razón por la que Kerr no habría podido iniciar en el quinteto ese 5 de noviembre de 1965, en el partido contra los Boston Celtics en el que sumó su primer DNP-CD. La marca no tenía porqué terminar, y habría podido estirarse de forma legítima hasta los 914 partidos de temporada regular. En símil beisbolístico, ‘Red’ Kerr hubiera podido terminar su carrera lanzando un juego perfecto, jugando en cada partido de sus doce temporadas.

Kerr alegó que no tenía ningún remordimiento sobre la racha, diciendo sólo que “odiaba haberla roto esa manera”. De hecho fue su encantadora esposa, Betsy, quien había cuidado las numerosas roturas, contusiones y morados de ‘Red’, quien más se enfureció. “Betsy quería golpear a Seymour en la nariz”, dijo Kerr de su fallecida esposa.

Puesto que parecía inconcebible que una piedra angular del baloncesto como Chicago no tuviera un equipo de la NBA, los Bulls fueron entregados a Chicago en 1966 incluso después de la desaparición de los Stags en 1950 y la mudanza de los Packers/Zephyrs a Baltimore en 1963. Astutamente, la primera cosa que hizo la franquicia fue elegir a Kerr en el Draft de expansión de la liga y designarle como su primer entrenador.

Johnny empleó el humor y la astucia para dirigir a una modesta plantilla limitada en talento a 33 triunfos y la clasificación para los Playoffs, todavía el único equipo de la historia moderna del deporte capaz de alcanzar la postemporada en su primer año. Mientras que Kerr soñaba con echar raíces permanentemente en su ciudad natal, el dueño del equipo, Dick Klein, a menudo discutía con él y prescindió de Kerr tras su segunda temporada (en que los Bulls comenzaron 1-15, acabando con solamente 29 triunfos pero alcanzando nuevamente la segunda fase; sí, la NBA de la era de expansión andaba un tanto descompuesta).

Colangelo también había dejado los Bulls para asumir el control de un nuevo equipo de expansión, los Phoenix Suns, y contrató a Kerr como entrenador. Juntos, los dos nativos de Chicago recibieron la primera noticia devastadora de la historia de los Suns, acababan de perder el lanzamiento a cara o cruz por los servicios del pívot-franquicia Lew Alcindor (conocido más adelante como Kareem Abdul-Jabbar) frente a otro equipo de la expansión, los Bucks de Milwaukee. Entre tantos de sus aforismos, Kerr dijo de la dramática elección de moneda de Phoenix, “si escuchas a los seguidores, acabaras sentado junto a ellos”.

A principios de los años 70, Kerr se enroló en los Virginia Squires de la ABA como director general. Lo ‘único’ que hizo al frente del club fue elegir a futuros integrantes del Salón de la Fama (Del Top-50, de hecho) en años consecutivos.

Primero vino Julius ‘Dr. J’ Erving, quien captó la atención del baloncesto profesional como novato de los Squires en 1971-72. El curso siguiente, Kerr contrató a George ‘Iceman’ Gervin, dando a Virginia el club joven más prometedor de todo el baloncesto.

Entre las muchas historias legendarias que Kerr solía contar estaba la de la firma de Erving, quien primero había visitado las instalaciones de los new York Nets pero se le había escapado de entre los dedos a Lou Carneseca. Por supuesto, el modesto Kerr argumentaría luego que la contratación de Erving fue más una decisión obligada que un golpe de genio, carcajeándose al mismo tiempo del recuerdo de un frustrado Earl Foreman, dueño de Virgina, al llegar al campus de entrenamiento de los Squires y quedarse sin poder siquiera ver a Erving, pues Kerr le había enviado a casa, por miedo a que su superestrella se lesionara entrenando contra reservas.

“Johnny demostró mucha fe en mí, en cierto modo más de la que yo tenía en mi mismo”, dice Erving, quien había sido un jugador un tanto anónimo de la Universidad de Massachusetts en la conferencia Yankee. “Sabía que tenía las habilidades para jugar en la ABA, pero Johnny enseguida supo entender cómo de determinantes iban a resultar mis habilidades en la liga”.

La adquisición de Gervin es una historia aún más increíble. El hombre que se convertiría luego en ‘Iceman’ había salido de Eastern Michigan bajo una oscura nube y estaba completamente fuera del baloncesto competitivo cuando Kerr, que había tomado nota de Gervin unos años antes mientras entrenaba a los Bulls, se lo trajo a Virginia para probar por el equipo. Kerr terminó contratando a ‘Ice’ sin haberle visto jamás jugar un partido competitivo. A Johnny le encantaba contar la historia sobre la primera visita de Gervin a Virginia: los dos se sentaron juntos en las gradas mirando el partido, y Gervin preguntó luego porqué los Squires no tiraron más lanzamientos de tres puntos. Después de que Kerr le explicara a Gervin que el triple era un tiro de bajo porcentaje, el ‘Iceman’ caminó sobre la cancha, luces tenues, y en sus zapatillas de deporte y pantalones vaqueros empezó a lanzar desde la línea de tres. Convirtió 18 de 20. ¿La respuesta de Kerr? “George, vamos a cerciorarnos de que la tinta esté seca en tu contrato”.

“Aún puedo cerrar mis ojos y ver ese gimnasio, y la sensación que me dio el empezar una carrera profesional”, dice hoy Gervin. “Hubo una época en que pensé que no conseguiría tener esa ocasión jamás, pero Johnny Fue quién me la dio. Le debo a Johnny Kerr mi carrera”.

Kerr finalmente regresaría a Chicago como locutor, el puesto en el cual la mayoría de los aficionados están acostumbrados a verle. Pero Kerr era mucho más que un incondicional declarado de los Bulls; el receptor de las duchas de polvo de talco de MJ en la tabla de anotadores previo al salto inicial; el maestro de ceremonias en cualquiera de los tributos pre-partido, al descanso o en Grant Park; un hombre que en cuatro décadas de difusión de los Bulls creció como decano del baloncesto de Chicago, y el príncipe de la franquicia.

A pesar de ser un locutor y no realmente parte del equipo, ‘Red’ Kerr cruzó regularmente la línea de miembro de los medios de comunicación a mentor de vestuario. Scottie Pippen, jugador que tardó en entrar en calor con Chicago y las presiones del superestrellato, reconoció a Johnny como su guía crucial con los Bulls.

“Johnny me acogió bajo su manto protector”, dice Pippen. “No tuvo porque hacerlo, pero lo hizo. Me apadrinó a mí y a tantos otros chicos que han pasado por el vestuario de los Bulls. Nunca olvidaré su paciencia y generosidad. Su forma de ser me ayudó a moldearme en el jugador y la persona soy hoy en día”.

El socio de fechorías de Pippen en los gloriosos años 90 de los Bulls, Michael Jordan, también reconoce la figura que siempre planeó, imponente, sobre la franquicia.

“Johnny fue siempre la cara de los Bulls”, dice Jordan, admitiendo que sintió que Kerr, y no él, debería haber tenido la primera estatua de tributo erigida en el United Center. “Podrías decir Michael Jordan, podrías decir Jerry Sloan, y podrías decir mucha más gente. Pero para mi, ha sido Johnny ‘Red’ Kerr”.

Agreguen a la rica carrera como jugador de ‘Red’ el hecho de haber visto, salvo un puñado, casi todos los partidos de las 43 temporadas de Chicago, incluyendo cada uno de los majestuosos esfuerzos de Jordan, y tienen a un verdadero icono. No sólo un icono de Chicago o un icono de la NBA, sino un verdadero icono del baloncesto.

Para una figura de la magnitud de ‘Red’ Kerr, una estatua en el United Center es lo adecuado, pero en ningún caso suficiente. Con el nombre de este veterano del baloncesto en la lista de finalistas para el Salón de la Fama de 2009, es hora de conseguir que ‘Big Red’ sea completamente, oficialmente y tardíamente consagrado en bronce en Springfield, Massachusetts.



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