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Jordan ocupará oficialmente un puesto en la inmortalidad baloncestística

Por Sam Smith | 6 de junio de 2009


Michael Jordan El Salón de la Fama del Baloncesto ha anunciado que Michael Jordan encabezará la quinta de 2009 para la inclusión en el Salón de la Fama, considerado generalmente el honor más alto del deporte. (Andrew D. Bernstein/NBAE/Getty Images)

El Salón de la Fama del Baloncesto tiene un problema. ¿Cómo honrar a alguien cuya trascendencia supera ya el deporte en sí?

El Salón de la Fama del Baloncesto ha anunciado que Michael Jordan encabezará la quinta de 2009 para la inclusión en el Salón de la Fama, considerado generalmente el honor más alto del deporte.

No es que Jordan no vaya a sentir aprecio y honra por ello. Estoy bastante seguro de que sí. Pero éste es más un momento para la historia del deporte.

El jugador más grande del baloncesto ingresando en el panteón. No debería ser demasiado distinto a cuando Babe Ruth fue investido miembro del Salón de la Fama del béisbol en 1936. Ruth era ya un icono americano. Las estatuas habían sido erigidas ya, como la que hay de Jordan anexa al United Center. Incluso su número ha sido retirado en pabellones de equipos a los que se enfrentó, como el de los Miami Heat.

Como Ruth en cierto sentido, Jordan ha llegado a ser más grande que el deporte. El juego siempre sobrevive. Pero por un momento en el tiempo, cuando aparece el más especial, el juego se convierte en una especie de soporte, apenas un escenario para el más eminente de todos ellos.

La investidura de Jordan será celebrada nuevamente en Springfield, Massachusetts, en septiembre, cuando ingrese la promoción al completo. Será uno de ésos momentos de ‘hay que estar allí’, similar a la investidura de Barack Obama.

Se trata del jugador más estimable ocupando oficialmente lugar entre la inmortalidad baloncestística.

Y anticipo que Jordan volverá a sentirse un poco avergonzado por todo ello.

Pienso que esa es la razón por la que le vemos tan poco últimamente.

Jordan siempre amó los focos, el gran escenario, aunque menos para el reconocimiento personal que por la capacidad que le ofrecía de demostrar todo lo que podía hacer.

Todos conocemos su legendaria competitividad y hemos visto los grandes momentos, los tiros que paralizaban y los movimientos sofocantes que crearon y realzaron la leyenda.

Aunque, sobretodo, Jordan estaba en ello por y para el juego.

Obvio, gozó de la fama y la riqueza y la celebridad que lo acompañaron. Y no era nada tímido cuando se trataba de afrontar un desafío. Pero tuvo que crecer como icono cultural, y ello comportó siempre un poquito más de esfuerzo del que él hubiera deseado. Así que no me sorprende que sea una de las figuras menos vistas e implicadas en el baloncesto.

No es tanto la atención que suele atraer su presencia -todavía la máxima, quizás con excepción de Obama- sino la naturaleza privada, en esencia, de la estrella más pública del deporte.

Siempre hubo indicios de ello cuando Jordan llegó a Chicago en 1984, y tuve la fortuna de estar allí y escribir sobre él desde el principio.

Escribía entonces para el Chicago Tribune, pero había conseguido un encargo ‘free-lance’ de US Magazine y fui a pasar una tarde con Jordan en la modesta casa que había comprado cerca de su nuevo compinche, Rod Higgins, en Deerfield. Cuando entré, Jordan estaba planchando una camisa. Le comenté que era algo que nunca conseguí aprender a hacer, y Jordan dijo que sabía que no tenía que hacerlo más con su entonces masivo sueldo de $900.000 anuales. Pero le relajaba. Jordan dijo que había tomado una clase de economía doméstica en Secundaria porque era tímido con las chicas y acomplejado sobre su aspecto, especialmente sus prominentes orejas. Explicó que los demás chicos se habían reído de él a menudo delante de las chicas y le tenían convencido de que seguiría soltero. Así que tenía que estar preparado. No siempre fue un ‘boy scout’, pero ganó medallas al mérito como ningún otro.

Jordan sólo intentaba adaptarse por aquel entonces y cuando vino a los Bulls, realmente.

Recuerdo al entonces técnico Kevin Loughery explicar cómo Jordan era bastante reservado, excepto con su juego. Los Bulls tenían un montón de selecciones altas de la lotería del Draft en aquella época y veteranos jóvenes, y había algunos celos. Quentin Dailey se quejó esa primera temporada de favoritismo del staff hacia Jordan.

Jordan odiaba ese tipo de cosas.

Nunca se consideró cercano a muchos compañeros de los Bulls. Higgins, al principio, y Higgins es ahora director general de Jordan en Charlotte. Charles Oakley. Tenía siempre un grupo pequeño. Entonces eran Fred Whitfield, que sigue con él también en Charlotte, y dos otros, Adolph Shiver, un tipo gracioso y bromista, y Fred Kearns, que creo fue un funerario. Todos chicos de la casa, de Carolina del Norte. Se reunirían con Jordan en el camino. Cuatro era un número importante para jugar a las cartas.

No se me daban demasiado bien las cartas o las apuestas, y no le podía aguantar el ritmo a Jordan, de todos modos. Mi colega del Suntimes, Lacy Banks, era mejor en esa materia, y él y Jordan tenían mantenían con regularidad un duelo de Tonk, un juego de cartas que nunca entendí del todo, y cuando Freds y Adolph no podían venir en (se pagaban sus propios vuelos) Jordan jugaría contra Lacy, o al ping-pong. Lacy era bueno al ping-pong y le ganaba a Jordan hasta que un día no consiguió batirle más. Ni una sola partida.

Recuerdo que Higgins tenía una mesa de billar en su casa y le ganaba a Jordan, y entonces Jordan consiguió una y practicó todo el tiempo, hasta que Higgins no pudo batirle más.

Es el tipo de cosas que amaba Jordan. Competir con los chicos, el vacile verbal, cosas de hombres. Jordan significaba siempre gran compañía para los chicos porque allí donde estuviera, siempre tenía que haber algún tipo de competencia. Convertía cualquier espera en algo divertido, porque te retaba a cualquier cosa.

Allí era cuando se sentía cómodo. Aunque creció como embajador mundial de forma apropiada a su estatus, ése nunca fue su hábitat natural.

Fui una vez a jugar al golf con él cuando todavía andaba aprendiendo el juego, y, como era natural en él, aspiraba a ser el mejor. Era otro rasgo que lo separó del resto, nunca tener miedo a perder. El temor, se dice, es el gran motivador. Casi todos nosotros intentamos evitarlo. Jordan lo abrazó y aspiró a vencerlo también.

Era un buen jugador, mejor que yo, y mientras yo golpeaba bolas para calentar él recibía lecciones y consejos de todos los profesionales en el campo. Le mencioné que a mi me gustaría eso. Nah, dijo. Esa era una de las partes más frustrantes. Allá donde iba, todo el mundo quería ayudarle, y él era realmente demasiado cortés como para decir que no. Y ello estaba fastidiando su swing.

Jamás dispuesto a decepcionar, Jordan entendió ciertamente su estatus y, aunque recibió críticas ocasionales por sus posturas apolíticas, entendió lo que significaba para el baloncesto.

Ya no se ve más con las superestrellas, pero recuerdo siempre los partidos de pretemporada en lugares como Lincoln, Nebraska y el Canadá pre-Raptors, donde no tenían NBA. Nadie deseaba jugar esos partidos, y me preguntaba a veces porqué Jordan jugaba tanto. El entrenador le diría que no tenía porqué hacerlo, y era tentador, pero terminaría eventualmente por encima de los 30, 35 minutos. Le preguntaría porqué después. “Es lo que espera la gente,” diría.

Además, le encantaba jugar, en cualquier circunstancia.

Me encantaba en sus inicios, cuando Loughery solía explicar que pondría a Jordan con el primer equipo y ganaría. Y entonces lo pondría con el segundo equipo y ganaría. Y entonces mezclaría equipos ofensivos contra equipos defensivos y no importaría, ganaría siempre el equipo de Jordan. Loughery disfrutaría entonces diciéndole al director general, Rod Thorn, “finalmente no marraste un Draft”.

Así que tampoco sorprendió el supuesto complot infame a Jordan en el partido del All Star de 1985. Convirtió dos de nueve para siete puntos. Pero era un novato. Se supone que se le notaba, al lucir prendas de Nike en lugar de la vestimenta del All Star. Pero Jordan se molestó especialmente porque aspiraba a encajar bien con las estrellas. No se sentía superior. Admiraba a esos tipos. Aunque tampoco pensaba que no pudiera competir con ellos.

Pero así se hacían las cosas entonces.

Es fácil olvidarlo, dada la brillantez individual, pero Jordan vino de una familia sólida y asentada, con hermanos contra los que competía. Creció en la universidad, no para ser una estrella -aunque su talento era innegable- sino para formar parte del sistema de Carolina del Norte.

Liderar a base de ejemplo.

Si Jordan sobresalió, fue mostrando a la gente lo que hacía. No contándoselo.

Oh, él les explicaría el cómo. Una vacilada bien pudiera haber sido sus primeras palabras. Pero también mostraba deferencia hacia la antigüedad, o los veteranos.

Pero eso tenía que cambiar para la otra parte de la ecuación. Jordan necesitaba ganar, y no iba a conseguirlo a menos que comenzara a imponerse de forma más verbal. Ello no siempre agradó a sus compañeros de equipo, y las historias se convirtieron en leyenda, y también las exigencias y su creciente y frustrada competitividad mientras los Bulls perdían cada año y Magic Johnson y Larry Bird eran considerados los ganadores y Jordan, la celebridad.

Así que Jordan se desquitaría a menudo con sus compañeros de equipo, y no siempre fue agradable. Recuerdo épocas en las que estaba tan frustrado por las continuas eliminaciones en Playoffs que dejaría de hablar a cualquiera que estuviera relacionado con el equipo, compañeros y técnicos incluidos.

Recuerdo cariñosamente a su padre, James, más amigo que padre, ejerciendo de intermediario. Intentaría siempre suavizar las cosas. Se pararía junto a los periodistas y explicaría, “Michael no está enojado con vosotros. No os preocupéis. Apenas anda trastornado por la manera en que han ido los partidos. Estará bien”.

Lo estuvo siempre, y entonces cuando los Bulls comenzaron a ganar y básicamente nunca pararon mientras él anduvo con ellos, la leyenda creció tanto que Jordan ya no podía formar parte del tejido de la comunidad.

Ya no quedaba nadie a quien mostrar deferencia.

Tuve mis problemas con Jordan cuando escribí las ‘Jordan Rules’ en 1991, el diario de esa temporada campeona de 1990-91. Y entendí siempre el por qué. Jordan pensó que le había traicionado ya que siempre me había llevado bien con él y era uno de los pocos que viajaban con él en aquellos años en que incluso los medios locales le veían más como una atracción que un Santo Grial.

Relaté algunas de aquellas historias sobre sus conflictos con los compañeros de equipo, y Jordan temía que la supuesta mala publicidad perjudicaría su valorada imagen. Yo sabía que no había nada en ese libro capaz de ello y, aunque nuestra relación nunca fue plenamente reparada, Jordan siempre me trató con respeto y dignidad mientras evolucionó su carrera y finalmente recaló en Washington. Alguien menos hombre me habría aislado o avergonzado frente a mis colegas o el mundo entero y ¿quién iba a posicionarse con un reportero frente a Michael Jordan? Pero Jordan siempre fue profesional.

Fue su faceta de jugador de baloncesto profesional lo que verdaderamente diferenció a Jordan y la razón por la que le honra ahora el Salón de la Fama.

Excepcional ‘Vintage Air ’

Todo el mundo tiene un momento preferido, o época, o partido o jugada.

El mío fue ese tiro contra Cleveland en 1989.

Pensé que eso lo empezó todo, al batir a un equipo mejor como Cleveland y finalmente comenzar a convertirse en el equipo que sería legendario.

La mayoría recuerda el último tiro posado de las Finales de 1998.

Era clásico de Jordan, el saber, seguro, que la iba a meter.

También falló lo suyo, aunque lo qué distingue a los grandes es el deseo de intentarlo, sabiendo que no siempre serás el héroe y que toca recibir cuando la culpa es tuya. Pocos recuerdan que fue el partido previo al tiro ganador de 1989 cuando Jordan falló algunos tiros libres claves al final y marró el cuarto partido en Chicago. Para mí, eso fue aún más significativo que meter el tiro. Cuando Jordan fallaba, lo único que quería hacer era intentarlo otra vez. Nunca consideraba la posibilidad de no triunfar.

¿Era Babe Ruth el más rápido o el más fuerte o el más hábil? Estoy seguro de que no se le acercaba a Willie Mays. Pero nadie dominó el béisbol y la conciencia pública en su época como Ruth. Y nadie dominó el baloncesto y la conciencia pública en su época como Jordan.

Me encantaba entonces el hecho de que el asistente de los Bulls, Tex Winter, insistiera en que Jordan no era lo suficientemente hábil y que necesitaba enseñarle mejor a Michael el pase de pecho. Estoy seguro de que Jordan habría podido dominarlo.

Los elementos de la verdadera excelencia deportiva son esas cosas intangibles, como la competitividad obsesiva, la suprema confianza, el rechazo a la hora de admitir la derrota o ser vencido. Otros podían tirar mejor, ser más rápidos y, sí, saltar más alto que Jordan. Pero él combinó esas singulares capacidades atléticas con la mente y el corazón de un competidor insaciable, y ésa es una fórmula que no puede ser duplicada.

Era un maestro del contraataque, y nadie podía competir con él tampoco en cuanto a conversación. Cuando Scottie Pippen bromeaba sobre Carolina del Norte y decía que Arkansas era la tierra de Dios, Jordania le espetaría sin vacilar: “Arkansas es la tierra del cerdo”.

La única lesión que tuvo Jordan, un pie roto en su segunda temporada, provocó en él tanta determinación a la hora de eliminar los murmullos sobre una posible pérdida de su capacidad acrobática, que le metió 63 puntos en un partido de Playoffs a Boston, quizás el mejor equipo de la historia. Eso fue una obra maestra. Las ‘Jordan Rules’ de los Pistons. Se basaban en el atasco del carril central, el doble o triple marcaje y el juego sucio y barriobajero.

Mi favorito, con la excepción de cuando Jordan provocó la antideportiva retirada de los Pistons en 1991 al comentar tras el tercer partido que eran indignos campeones porque hicieron trampas –sabía como buscarle las cosquillas a cualquiera- fue el duelo anotador que mantuvo con Isiah Thomas en un partido con prórroga en 1987.

Thomas estuvo impresionante con 31 puntos y 18 asistencias y un triple que hubiera forzado una segunda prórroga. Los 61 de Jordan decidieron el choque. Los duelos eran algo para recordar. Libró algunos estupendos con Dominique Wilkins. Recuerdo a Wilkins llegar al pabellón en aquella primera temporada de 50 triunfos en 1987-88, en el que fue el primer partido que agotó las entradas desde la llegada de Jordan. Sí, créanlo o no, pero se tardó más de tres años. Chicago no se entrega fácilmente. Wilkins anotó 36 y Jordan 33, pero los Bulls ganaron. Quizás fue más famoso el partido del final de la campaña anterior en que Jordan se fue con 61, pero los Bulls perdieron en casa ante los 34 de Wilkins.

Sí, se tardó un tiempo en querer ser como Mike.

Debían de ser las zapatillas.

Realmente lo cambió todo.

Los pantalones largos, el look pelado, las zapatillas, sí, las zapatillas. Recuerdo la historia que contaba Bill Walton sobre como, al ganar un campeonato en Portland, el hogar de aquella pequeña compañía de zapatillas, Nike, el dueño Phil Knight le propuso una zapatilla de Walton. Nadie va a comprar una zapatilla porque sobre ella esté el nombre de un jugador, razonó Walton. Walton declinó ir 50-50 con Knight en Nike. ¿Apócrifo? Tremenda historia pese a todo, y le saca unas buenas risas a Walton.

Jordan puso de moda la moda deportiva.

Hizo que todo fuera posible para todo el mundo, las películas y las canciones de rap, aunque nunca cantó. No nadó, tampoco. Decía que le daba miedo el agua y se mantenía lejos del océano. ¿Quién no deseaba ser como Mike? Yo permanecería fuera del océano también. ¿Qué sentido tiene?

Siempre quedaba Cleveland como objetivo de tormento, y esa gran bandeja a cambio de mano en las Finales de 1991. Ése era mi equipo preferido. El primero después de una travesía tan larga parecía tener un mayor significado. Jordan lloró dos veces. Esa vez y cuando los Bulls ganaron en el Día del Padre después de que hubieran asesinado a su querido padre, James.

¿Qué tal justo antes del tiro ganador de 1998? Birlarle la bola a Karl Malone justo cuando Malone parecía listo para forzar un séptimo partido en casa. Su recuperación febril un año antes en Salt Lake City para clavar 38.

También hubo aquella media docena de triples y encogimiento de hombros para abrir los Playoffs de 1992 cuando todos apuntaban a Clyde Drexler como MVP. Oh sí.

La temprana primavera de 1995 en que todo el mundo andaba hipnotizado sobre lo que haría y cuando volvería. Bastaron dos palabras. Y luego 55 en el Madison Square Garden un poco después a modo de declaración oficial.

Había tantos más. Pequeños momentos que uno recuerda, como cuando un tipo de nombre LaBradford Smith anotó 37 para batir los Bulls al final de la campaña 1992-93 y Jordan se enfureció al jactarse el chaval. Gracias a un capricho del calendario, el equipo volvía a jugar la noche siguiente en Washington. Jordan les dijo a sus compañeros que sumaría 37 sobre Smith antes del descanso. Una cosa es hacerlo. Otra cosa decirlo y después hacerlo. Jordania vio como el aro escupía su último lanzamiento antes del descanso, dejándole con 36 puntos en la primera mitad. Punto pelota.

Sólo quedaba sonreír y sacudir la cabeza ante ese tipo de cosas. ¡Nadie las hacía!

Aunque lo que más me gustó fueron los años de penuria de mediados a finales de los 80, cuando todo el mundo ganaba a los Bulls y Jordan casi no lograba contenerse en ocasiones. Frustrado, atacaría a sus compañeros, a la directiva. Pero siempre se mantuvo firme en sus ideas. No iba a ningún otro lugar ni a tomar ningún atajo. Firmó para realizar un trabajo, resucitar una franquicia y ganar un campeonato cuando nadie antes que él lo había logrado.

Así que Jordan dijo que no se iría de Chicago y que iba a ganar en Chicago, y eso no podía llegar lo suficientemente rápido, no iba a dimitir y nunca pararía hasta alcanzar su objetivo.

Eso es de lo que se trata, además de las ‘highlights’, el compromiso con un proyecto y un ideal, una determinación para esforzarse y conseguir hacer el trabajo. Es una de las razones por la que, a pesar de su condición de realeza deportiva, Jordan también encariñó a Chicago. No era ‘cuello azul’ obrero. Era sangre azul baloncestística. Pero la filosofía era la misma. Trabajar sin escaquearse, ganarse el sueldo y esforzarse al máximo. Jordan lo hizo a diario mientras estuvo sobre una cancha de baloncesto.

No hay otro como él, y convertirá el Salón de la Fama del Baloncesto en un lugar mejor.



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